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19 de marzo de 2012

Ramón Solís en las Cortes de Cádiz

El diputado José Mejía Lequerica.
El gaditano Ramón Solís Llorente (1923-1978) dedicó al Cádiz de las Cortes de 1812 la novela de corte realista Un siglo llama a la puerta (1962), en la que puso sus conocimientos eruditos sobre el Cádiz de la época al  servicio de una narración tradicional concebida como un Episodio Nacional con ecos de saga familiar al estilo de Guerra y Paz (1865) de Tolstói, Los Buddenbrook (1901) de Thomas Mann, etc.

Solís estructura su novela alrededor de la familia del comerciante D. Sebastián Fernández Ederra, su esposa Dª. Catalina y sus hijos Manolo, Catalina y Chano. El verdadero protagonista del relato es el menor de los hermanos, Chano Ederra, quien se niega a aceptar continuar con el negocio familiar y, contra la voluntad de sus padres, ingresa en el Colegio de Médicos gaditano. El joven Ederra, además, se empeña alo largo de toda la novela en un amor imposible con Isabel Grove, quien pese a corresponder a este afecto desde la infancia se sacrifica y se somete a la voluntad paterna, casándose con el valiente y noble militar Javier Bengoa.

Las Cortes de Cádiz en 1810 por Casado del Alisal.
La evolución de estos amores imposibles y la voluble dedicación de Chano Ederra a su vocación médica constituyen el eje principal de Un siglo llama a la puerta. Sin ceder en su enamoramiento de juventud, Chano tiene otras relaciones amorosas de distinta naturaleza: una de ellas tormentosa y trágica con Remedios la ventera, otra familiar y hogareña con María…

Alrededor del eje Chano-Isabel que articula la novela, se desarrollan las historias personales de los otros hermanos Ederra: el desgraciado matrimonio de Manolo con una aristócrata madrileña, la oposición familiar a la unión entre Catalina y Cayetano, prestigioso doctor de orígenes humildes.

La evolución de estos amores se extiende notablemente a lo largo de las páginas de la novela, creando la sensación de que el argumento avanza más por enredos sentimentales que por circunstancias históricas.

En realidad, el título de la novela alude a la conclusión que extrae Chano de la imposibilidad de que su padre acceda al matrimonio de su hermana con Cayetano:

“-Él pertenece a otro siglo. Es como otro mundo distinto el que él vive. En sus tiempos se casaban los novios sin conocerse. Acataban las órdenes de los padres como leyes inexorables. No admitirá nunca que Catalina elija un marido por ella misma y, menos aún, que se marche de casa para contraer matrimonio sin su permiso”.

En otro punto de la novela, Chano reflexiona de la siguiente guisa:

“Él pertenecía a una generación nueva que tenía que modificar muchas cosas ¿Por qué los padres habían de buscar y designar el que había de ser el marido de sus hijas?¿Es que un hombre y una mujer no conocen pos sí mismos la llamada del amor? Chano vislumbraba la importancia de aquellos años que le habían tocado vivir. La vida imponía unos nuevos derroteros. Se transformarían las costumbres como ya lo había hecho la moda, como se trastocaba la manera de gobernarse los pueblos”.

La promulgación de la Constitución de 1812 por Viniegra.
La tesis central de la novela alude, por lo tanto, a un cambio en las costumbres conyugales, ilustrado en tres historias paralelas, dedicándose escasa atención en Un siglo llama a la puerta  a las novedades políticas y sociales aportadas por el Cádiz de las Cortes.

El lenguaje de Ramón Solís es llano y directo, con abundantes diálogos en lenguaje sencillo y actual, sin ningún intento de reconstruir el habla popular gaditana. Las descripciones resultan previsibles en su adjetivación: “….septiembre dulcificaba ya el verano con sus atardeceres breves, sus ponientes fríos y sus puestas de sol lánguidas y brumosas”.

Sin embargo, pese a estas limitaciones en su diseño y en su lenguaje, Ramón Solís articula una potente historia humana en una palpitante recreación del Cádiz de la época, en la que la acción se sitúa en los más variados ambientes de la vida gaditana del momento: teatros, tertulias, prensa, comercio, lazaretos, academias, cafés, ventas, aguaduchos, etc.

Asimismo, lo diversos sucesos históricos se hilvanan de forma natural en el relato central de la novela: la batalla de Trafalgar, las fortificaciones del sitio de Cádiz, el bombardeo de la ciudad, las deliberaciones de las Cortes, las epidemias de peste, etc.

Junto a estas brillantes estampas históricas, circulan personajes históricos del Cádiz de la época como la tertuliana Margarita de Morla, el magistral Cabrera, etc. No faltan en la nómina de personajes secundarios conocidos diputados como el asturiano Agustín Argüelles, el ecuatoriano José Mejía Lequerica, etc.  

Igualmente, figuran en la novela representantes de una joven generación literaria como José Joaquín de Mora, Antonio Alcalá Galiano, Francisco Martínez de la Rosa, Bartolomé José Gallardo, el futuro Duque de Rivas, etc.

Fuera de los protagonistas y del extenso catálogo de figuras históricas, uno de los principales alicientes de la novela es la riqueza de personajes que pueblan sus páginas: las figuras contrapuestas Juan Grove y Rafael Núñez de la Vega (un hijo de afrancesado que expía las culpas de su padre, un hijo de marqués en tratos de contrabando con los franceses), los escasamente desarrollados Pepe Méndez y Fernando Tejada, el guerrillero moribundo “el Tábiro”, el curandero “el Cosquillas”, etc.

A veces, estos personajes secundarios protagonizan alguna  de las estampas que componen el libro, conformando así un breve relato interpolado en la narración principal. Éste es el caso del diputado D. Cipriano Pradilla y la hilarante historia del brillante discurso en las Cortes que estaba preparando y que, cuando llegó la ocasión de pronunciarlo, nadie tuvo en cuenta por estar el asunto visto ya para votación.

Otra divertida estampa la protagoniza el gobernador de Cádiz, D. Cayetano Valdés, admirado ante el espejo por el flamante uniforme que se dispone a lucir en la ceremonia de promulgación de la Constitución de 1812. Su esposa le recrimina: “Jamás me has comprado a mí un traje que valiera la mitad de tu uniforme”. El día de la proclamación de la Pepa llovió copiosamente en Cádiz y el traje del gobernador se estropeó con el agua, a lo que su esposa observó:

“-Tu uniforme no ha durado más que un día; esperemos que dure más la Constitución”. D. Cayetano aquella noche “se durmió pensando en lo efímeras que son las empresa humanas”.

20 de enero de 2012

Las Historietas nacionales de Pedro A. de Alarcón

Pedro A. de Alarcón por Suárez Llanos.
Figura injustamente olvidada de la prosa decimonónica, el granadino Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) fue brillante pionero de la espléndida serie de narradores surgida en nuestras letras en la segunda mitad del siglo XIX.

Floreció nuestro autor en el período de interregno entre la decadencia del romanticismo y la vigencia plena de la novela realista a partir de la publicación de la primera novela de Galdós, La fontana de oro (1870).

Pedro A. de Alarcón actualizó la narrativa de su época al situar argumentos y personajes típicamente románticos en una época contemporánea al autor o en un pasado concreto y reciente en la historia española. 

Esta innovadora ambientación de relatos en un contexto realista contribuyó a superar las limitaciones de la prosa romántica, centrada excesivamente en la novela histórica y costumbrista y por completo desinteresada de las agitadas circunstancias de su época.

Pedro Antonio de Alarcón en 1881.
Por supuesto, tal renovación de la prosa en su camino hacia la gran novela realista fue protagonizada no sólo por Alarcón sino también por otros narradores como la suizo-española Fernán Caballero (1796-1877), el vizcaíno Antonio Trueba (1819-1889), el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), etc.

Alarcón produjo su obra narrativa en los primeros años de la segunda mitad del XIX en un breve período de tres décadas, comprendido entre su primer relato extenso, El final de Norma (1855), y su última novela, La pródiga (1882).

Además del género narrativo, Alarcón, significativamente, cultivó también la literatura de viajes y el reporterismo bélico con su Diario de un testigo de la guerra de África (1859). Publicó, asimismo, algún tomo de poesía donde incluyó su conocido poema “Al recibir mi retrato”, en referencia al que le dedicó su amigo el pintor Ignacio Suárez Llanos.

Pedro A. de Alarcón.
Alarcón fue un maestro de dinámico y chispeante a la vez que elegante y mesurado estilo. Fue, asimismo, un absoluto genio en la seducción del interés del lector mediante una calculadísima construcción de los argumentos de sus historias.

Su obra más conocida, El sombrero de tres picos (1874), es un deslumbrante ejemplo de su absoluto dominio del ritmo en el relato breve. El sombrero de tres picos es un ingenioso juguete cómico en el que una trama de celos conyugales se desarrolla con la impecable precisión de un mecanismo de relojería.

Resulta significativo que el planteamiento de Alarcón en esta obra sea, básicamente, adaptar el relato popular de “El corregidor y la molinera” de forma decorosa y creíble, ambientándolo para ello en un año indeterminado entre 1804 y 1808. No en vano, la obra se subtitula “Historia verdadera de un sucedido que anda en romances, escrita ahora tal y como pasó”.

P. A. de Alarcón por Contreras.
La descripción del antiguo régimen imperante en la España de Carlos IV, donde se sitúa la acción de esta historia, se presenta con amable ironía e ingeniosa retórica:

“…nuestros mayores seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus Frailes (…) y pagando diezmos, alcabalas, primicias, subsidios, mandas y limosnas forzadas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos-civiles, y hasta cincuenta tributos más, cuya nomenclatura no viene a cuento ahora”.

Alarcón emplaza, así, su relato en una época histórica humorísticamente presentada como arcádica y feliz:

“¡Dichosísimo tiempo aquel, en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por el tiempo!”

En la caracterización del molinero del relato, el tío Lucas, como hombre honrado, práctico y atrevido, recurre Alarcón a presentarlo como soldado voluntario en la Guerra hispano-francesa del Rosellón  o Guerra de los Pirineos (1793-1795):

“…el tío Lucas (…) ahorcó los hábitos (…) y sentó plaza de soldado, más ganoso de ver mundo y correr aventuras que de decir misa o de moler trigo. En 1793 hizo la campaña de los Pirineos Occidentales, como ordenanza del valiente general don Ventura Caro; asistió al asalto del Castillo Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provincias del Norte, donde tomó la licencia absoluta”.

P. A. de Alarcón en 1859.
Llevado por este empeño en contextualizar la historia y otorgarle, así, aire de verosimilitud a un enredo propio de comedia del Siglo de Oro, Alarcón se cuida de exponer en la conclusión de su relato cuál fue la suerte de sus personajes en los trascendentales acontecimientos históricos posteriores a la peripecia novelesca.

De esta guisa, Alarcón nos informa de que un buen número de personajes secundarios murieron a lo largo de la Guerra de la Independencia “por no poder sufrir la vista de los franceses”, Garduña  se hizo afrancesado, el alcalde Juan López fue guerrillero y murió en la batalla de Baza “después de haber matado muchísimos franceses”, etc.

Del tío Lucas y su esposa, la Señá Frasquita, se nos dice que continuaron felizmente enamorados y que vivieron hasta avanzada edad:

“…viendo desaparecer el Absolutismo en 1812 y 1820, y reaparecer en 1814 y 1823, hasta que, por último, se estableció de veras el sistema Constitucional a la muerte del Rey Absoluto, y ellos pasaron a mejor vida (precisamente al estallarla Guerra Civil de los Siete Años)…”.

Alarcón podría haber cambiado fechas, nombres de reyes y de batallas perfectamente en El sombrero de tres picos sin que la esencia del relato experimentase una alteración sustancial y, sin embargo, eligió enmarcar los hechos narrados en el marco histórico de su propio siglo para darles, así, más veracidad y proximidad al lector.

La acción de otra de sus aclamadas novelas, El capitán Veneno (1881), se sitúa en los motines callejeros madrileños de marzo de 1848, a los que se refirió, también, Galdós en su episodio nacional Las tormentas del 48 (1901).

Estos sucesos de 1848 fueron el reflejo español de las revoluciones europeas de aquel año, enérgicamente sofocado por el gobierno moderado de Narváez:

“La tarde de 26 de marzo de 1848 hubo tiros y cuchilladas en Madrid entre un puñado de paisanos que, al expirar, lanzaban el hasta entonces extranjero grito de ¡Viva la República!, y el ejército de la Monarquía española (…), de que a la sazón era jefe visible, en nombre de doña Isabel II, el presidente del Consejo de Ministros y ministro de la guerra, don Ramón María Narváez”.

Tras esta prometedora introducción, el autor se apresura a aclarar cuáles son sus verdaderas intenciones narrativas:

“Y basta con esto de historia y de política, y pasemos a hablar de cosas sabidas y más amenas, a que dieron origen o coyuntura aquellos lamentables acontecimientos”.

Tal es el provecho que Alarcón extrae de la Historia contemporánea española, un marco donde, evitando conflictivos análisis, situar amenas historias.

Ahora, que nuestro autor sabe urdir deliciosos enredos con estos mimbres de la historia española que su época. Así, el intratable capitán Veneno puede presentar un completo expediente militar, cual corresponde a su arisco y belicoso carácter:

“Apuntóle el bozo haciendo la guerra en América, entre salvajes y allí vino a tomar parte en nuestra discordia civil de los siete años”.

Prueba del carácter en el fondo noble de nuestro personaje es un detalle que Alarcón no olvida mencionar: “¡Lo que nunca ha hecho ha sido pronunciarse!”

En El capitán Veneno se ofrece una visión, como no podía ser menos, conciliadora de nuestra historia: es la condesa de Santurce, viuda de un cabecilla carlista, quien socorre y acoge en su humilde hogar al malherido capitán don Jorge de Córdoba…

Esta nobleza en el ánimo de los personajes y esta ambientación en un Madrid histórico y costumbrista parecen hacerse eco de algunas de las novelas que componían la segunda serie de los Episodios nacionales de Galdós.

Sin embargo, a diferencia de Galdós, es Alarcón narrador sin aliento épico, sin intención crítica, más apto para convertir una anécdota en relato breve y divertido enredo. Así, no es de extrañar que encontremos la verdadera medida de sus excelentes dotes narrativas en su amenísima serie de Novelas cortas. Bajo este epígrafe se agruparon sus relatos breves, subdivididos en Cuentos amatorios, Historietas nacionales y Narraciones inverosímiles.

A despecho de las valoraciones y justificaciones posteriores del autor, no cabe duda de que los Cuentos amatorios de Alarcón ofrecen las más sabrosas y picantes narraciones sobre la seducción femenina de nuestra literatura. En “El coro de ángeles” (1858) pone el autor en prosa, siempre incitante, la historia de una conquista amorosa motivada por una apuesta al estilo del Don Juan Tenorio (1844) de Zorrilla. El protagonista de esta historia, seductor de la virginal Casimira, describe en voluptuosos términos el momento del primer baile entre ambos:

“Así es que su talle, nunca acariciado, temblaba y chispeaba al contacto de mi brazo. Su corazón bramaba al acercarse al mío. Sus sensaciones vírgenes la ahogaban… La fuerza de su naturaleza, tanto tiempo comprimida, estallaba tumultuosamente… ¡Era mujer, era joven, era tierra!”

No faltan en esta colección de los Cuentos amatorios las románticas historias amorosas que desembocan en  trágicas muertes: en este sentido, “El clavo” (1853) y “Novela natural” son absolutas obras maestras de la producción alarconiana.

Otras composiciones menores de esta colección resultan, también, valiosas por otros motivos. Así, “La última calaverada” (1874) ensaya la fórmula de las idas y venidas, encuentros y desencuentros de El sombrero de tres picos y “El abrazo de Vergara” (1854) plantea de forma explosiva el recurrente tema de la misteriosa pasajera de la diligencia, por la que el narrador siente una creciente y muda atracción. Por cierto, este último relato, verdadera cumbre del relato erótico español, concluye con una traviesa aclaración sobre su engañoso nombre: “El título de la presente novelilla te hizo creer que se trataba de Espartero y de Maroto… ¡Qué lamentable equivocación!”.

Aquí y allá, mal que le hubiera de pesar al moralista Alarcón, su prosa resulta electrizante a la hora de describir la pura atracción física, la desbocada tentación sensual… Sus descripciones de la belleza femenina son, asimismo, rotundas exposiciones de los encantos sensuales de la mujer: así, por ejemplo, el narrador de “La última calaverada” describe a su amante como “rica de formas y gallarda de movimientos” y, tras otros pormenores, concluye exclamando: “¡Parecía la estatua viva del pecado!”

En la colección de cuentos de Alarcón dedicada a Narraciones inverosímiles, recogió el autor una serie de relatos fantásticos y de terror. Junto con algunas de las leyendas de Bécquer, estas primicias del género en nuestra lengua siguen la estela narrativa de Edgard Allan Poe (1809-1849).

El sorprendente cuento fantástico “El amigo de la muerte” (1852) desarrolla un enredo amoroso en el que el infortunado protagonista Gil Gil es socorrido por la misteriosa Muerte. Pese a su irregular desenlace, esta narración ofrece situaciones memorables, entre otras la audiencia del rey Felipe V a Gil Gil en el palacio real de La Granja de San Ildefonso, la presencia de nuestro protagonista ante el lecho de muerte del rey Luis I en 1724…

En otra de las narraciones de esta serie, un ingeniero de Montes destinado a la provincia de Albacete cuenta la inquietante historia de los aciagos encuentros de su amigo Telesforo con “La mujer alta” (1881).

2 de mayo de 2011

Doce poetas del 2 de mayo

El 3 de mayo de 1808 (detalle). Goya.
¡¡2 de mayo de 1808!! El levantamiento de los chisperos madrileños contra las invasoras tropas francesas y el escarmiento brutal con que fue ahogada posteriormente la revuelta popular encendieron la chispa de nuestra Guerra de la Independencia (1808-1814).

El sacrificio heroico madrileño, secundado por todo el alzamiento popular español, inició la etapa contemporánea de nuestra historia: la tortuosa andadura de un proyecto de nación moderna y liberal.

El levantamiento madrileño ha servido de tema para conocidas narraciones literarias: la “Carta duodécima” de las Letters from Spain (1822) de José María Blanco White (1775-1841), el tercer episodio nacional Del 19 de marzo al 2 de mayo (1875) de Galdós, etc. , hasta la reciente Un día de cólera (2007) de Arturo Pérez-Reverte (1951).

La carga de los mamelucos. Goya.
No son tan conocidas, sin embargo, las abundantes composiciones poéticas dedicadas a esta primera página de la Guerra de la Independencia y, por este motivo, me ha parecido interesante conmemorar esta fecha histórica presentando una antología de 12 poetas sobre el 2 de mayo de 1808.

El primer grupo de poetas representado estará compuesto por aquellos que vivieron personalmente la Guerra de la Independencia y escribieron sus versos en el fragor del combate: Juan Nicasio Gallego, Juan Bautista Arriaza, Cristóbal de Beña, Manuel José Quintana y un joven Duque de Rivas.

El segundo grupo de poetas estará formada por algunos de nuestros más eminentes poetas románticos, cuyas carreras literarias comenzaron con posterioridad a los sucesos de 1808: José Zorrilla, José de Espronceda, Juan Eugenio Hartzenbusch, Francisco Navarro Villoslada y Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Vendrá, finalmente, cerrando esta nómina de poetas del siglo XIX, un tardío bardo del 2 de mayo, Bernardo López García, que compondría en 1866 su célebre “Oda al dos de mayo”:

“Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón”.
Los fusilamientos del 3 de mayo. Goya.
No obstante, quisiera comenzar el examen de esta serie poética por el último, en orden cronológico, de los doce poetas recogidos en este florilegio, Manuel Machado (1874-1947), quien dedicó un soneto a “Los fusilamientos de la Moncloa” de Goya en su poemario Apolo (1911), obra consistente, precisamente,  en una recreación poética de pinturas célebres:

“Él lo vio...Noche negra, luz de infierno...
Hedor de sangre y pólvora, gemidos...
Unos brazos abiertos, extendidos  
en ese gesto de dolor eterno.      
       
Una farola en tierra casi alumbra,
con un halo amarillo que horripila
de los fusiles la uniforme fila,
monótona y brutal en la penumbra.

Maldiciones, quejidos...Un instante
primero que la voz de mando suene,
un fraile muestra el implacable cielo.

Y en convulso montón agonizante,
a medio rematar, por tandas viene
la eterna carne de cañón al suelo.

Juan Nicasio Gallego.
¡Qué lejos estaba de sospechar Manuel Machado, en aquel año de 1911, la crudeza con que habría de repetirse la escena de los fusilamientos en años venideros: “…por tandas viene / la eterna carne de cañón al suelo”!

Como hemos dicho, cinco son los poetas elegidos en nuestra selección que vivieron la Guerra de la independencia. Quizá la composición más conocida durante la contienda fue la extensa elegía “El dos de mayo” del presbítero zamorano Juan Nicasio Gallego (1777-1853), cuyos célebres versos iniciales dicen así: [i]

“Noche, lóbrega noche, eterno asilo
Del miserable que esquivando el sueño
Profundas penas en silencio gime…”.

Gallego fue testigo del 2 de mayo madrileño y escribió su poema en las fechas siguientes, ofreciéndonos, así, por momentos, un poético reportaje de los sucesos:

“Yo vi, yo vi su juventud florida
Correr inerme al huésped ominoso.
Mas ¿qué su generoso
Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo
En quien su honor y su defensa fía
La condenó al cuchillo.
(…)

En balde, en balde gime
De los duros satélites en torno
La triste madre, la afligida esposa
Con doliente clamor: la pavorosa
Fatal descarga suena
Que a luto y llanto eterno las condena.
(…)

Con voz turbada y anhelante lloro
De su verdugo ante los pies se humilla
Tímida virgen de amargura llena;
Mas con furor de hiena,
Alzando el corvo alfanje damasquino,
Hiende su cuello el bárbaro asesino”.

Fusilamientos del 2 de mayo en el Prado.
Tras alcanzar un clímax emocional en esta exposición de atrocidades, Gallego formula la pregunta retórica: “Y en ignominia tanta / ¿Será que rinda el español bizarro / La indómita cerviz a la cadena?”. El mismo poeta responde, seguidamente, a la cuestión con una vibrante convocatoria general al combate:

“Ya el duro peto y el arnés brillante
Visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojó su ruginoso acero:
¡Venganza y guerra! resonó en su tumba;
¡Venganza y guerra! repitió Moncayo;
Y al grito heroico que en los aires zumba
¡Venganza y guerra! claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente”.

Concluye, finalmente, Gallego su elegía asegurando a las víctimas del 2 de mayo que la nación sabría dedicarles un “solemne y noble monumento”, que habría de convertirse en “altar eterno”:

“Donde todo español al monstruo jure
Rencor de muerte que en sus venas cunda
Y a cien generaciones se difunda”.

Juan Bautista Arriaza.
En segundo lugar, en esta selección poética, resulta obligado referirse al madrileño Juan Bautista Arriaza (1770-1837). Varias fueron las poesías patrióticas que compuso Arriaza, entre las que destacan sus celebrados “Recuerdos del dos de mayo”. Forman esta canción una serie estrofas de versos endecasílabos alternados por un estribillo que repite el coro:

“¡Día terrible, lleno de gloria,
lleno de sangre, lleno de horror!
Nunca te ocultes a la memoria
de los que tengan patria y honor”.

Arriaza describe con verbo grandilocuente el desigual duelo entre el pueblo madrileño y el ejército francés:

“El hueco bronce, asolador del mundo,
Al vil decreto se escuchó tronar:
Mas el puñal, que a los tiranos turba,
Aun más tremendo comenzó a brillar.
(…)

¡Ay, cómo viste tus alegres calles,
Tus anchas plazas, infeliz Madrid!
En fuego y humo parecer volcanes,
Y hacerse campos de sangrienta lid.”

Una vez sometido el noble impulso popular, llegó la terrible noche de ejecuciones sumarias y atroz represión, que Arriaza pinta en estos emotivos términos:

“Esos que veis, que maniatados llevan
Al bello Prado, que el placer formó,
Son los primeros corazones grandes,
En que su fuego libertad prendió:
Vedlos cuán firmes a la muerte marchan
Y el noble ejemplo de morir nos dan;
Sus cuerpos yacen en sangrienta pira,
Sus almas libres al Empíreo van”.

Fusilamientos del 2 de mayo en Príncipe Pío.
Tras este clímax emocional, Arriaza apela a los sentimientos de los gaditanos para clamar por la venganza de las víctimas y la independencia del “francés feroz”.

Siguiendo el orden cronológico de las composiciones, el tercer poeta de esta selección ha de ser el madrileño Cristóbal de Beña (1777-1833), quien imprimió La lyra de la libertad, colección de poesías patrióticas, en Londres en 1813.

En este poemario, entre vibrantes y exaltadas composiciones de marcado carácter patriótico y liberal, figura su canción “Memoria del dos de mayo”, donde alaba el ardor bélico del pueblo madrileño contra el opresor, a la vez que describe el fragor del combate en muy coloridos versos decasílabos:

“Se redoblan los golpes y heridas;
más y más el estrépito crece,
y allá dejan las ínclitas vidas
los que en oro su nombre tendrán;

El tronar del cañón ensordece,
y arde el aire con rápido fuego,
y los bronces, aun cálidos, luego
nuevas muertes de sí lanzarán.

Todo es sangre y horrores y muerte,
todo es armas y bélico estruendo…”.

Muerte de Luis Daoiz.
De su evocación del 2 de mayo, Beña extrae la conclusión, finalmente, de que la victoria ha sido para los mártires, vengados por sus indignados compatriotas:

“Ni una vez encendido se apaga
el volcán de esta cólera justa,
y si a esclavos un Déspota asusta
teme a un pueblo que corre a la lid”.

Manuel José Quintana.
En cuarto lugar de la presente selección, no podíamos dejar de mencionar al madrileño Manuel José Quintana (1772-1857). La obra de Quintana siguió atentamente la evolución política española en los años previos a la Guerra de la Independencia con poemas como “A la paz entre España y Francia en 1795”, “Al combate de Trafalgar”, “A España después de la revolución de marzo”

En la última composición citada, Quintana se refería al Motín de Aranjuez de marzo de 1808 y, en sus versos, lanzaba ya, días antes de que se encendiese la mecha del 2 de mayo, el grito de guerra contra el invasor: “¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime / Único asilo y sacrosanto escudo / Al ímpetu sañudo / Del fiero Atila que a occidente oprime!”.

La Insurrección. Mayo de 1808. Corbis.
Ya en julio de 1808, escribió Quintana su oda “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”, donde, con henchido y sonoro verbo, llamaba a todas las regiones españolas a luchar contra el invasor. Tras pintarnos el ardor bélico manifestado en diversas regiones de nuestra geografía, se pregunta el poeta “¿Y tú callas, Madrid?”, a lo que la capital responde:

“No hay majestad para quien vive esclava;
Ya la espada homicida
En mí sus filos ensayó primero.
Allí cayó mi juventud sin vida:
Yo, atada al yugo bárbaro de acero,
Exánime suspiro”.

Replica a esto el poeta pidiendo a Madrid que se sienta satisfecha con su contribución en el campo de batalla ya que:

“…es fama que las víctimas de Mayo
Lívidas por el aire aparecían;
Que a su alarido horrendo
Las francesas falanges se aterraban;
Y ellas, su sangre con placer bebiendo,
El ansia de venganza al fin saciaban”.

Duque de Rivas.
En quinto y último lugar de esta primera entrega de nuestra selección poética del 2 de mayo, citaremos una composición del cordobés Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865). Con el mismo título que dio Quintana a su oda e igualmente en el primer año de la Guerra de la Independencia, escribió también un joven Duque de Rivas su poema “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”. En él, convoca el autor a los españoles al heroico enfrentamiento contra los franceses para liberar la nación “de la esclavitud y abatimiento / A fuerza de ardimiento, / Y de sangre”:

 “¡Ah! Las alevosías
De pérfidos tiranos
Despiertan y dan temple a las naciones.
Al fin los corazones
Se cansan de gemir, cobran las manos
Fuerza entre las cadenas y el despecho
Da arrojo y furia al ofendido pecho”.

Levantamiento de las provincias españolas contra Napoleón.
No falta en esta extensa oda la mención a los sucesos de Madrid, ciudad citada por el nombre latino que se le daba en la literatura de la época: “Mantua”. En la argumentación del poema, una vez que la invasión francesa ha despertado “a la opresa y triste España / Del hondo sueño”, Francia, con todo su poder militar, debe temblar ante la aguijoneada ira española:

 “(…) no importa que furiosa
En Mantua congojosa
Abras de sangre cálida un torrente,
Pues tu crueldad produce patriotismo,
Virtudes, libertad y alto heroísmo”.

Otros conocidos poetas que vivieron la guerra de la Independencia dedicaron versos al 2 de mayo. Por ejemplo, el salmantino Francisco Sánchez Barbero (1764-1819) en su extenso poema “La invasión francesa en 1808”escribió:

“¡Oh día dos de mayo,
día de horror! Jamás, jamás la lumbre
del padre de las luces te amanezca;
maldígate el mortal y se estremezca;
maldígate el que mora
del quieto empíreo la estrellada cumbre…”

Antonio Alcalá Galiano.
En las que pasan por ser las memorias más interesantes del siglo XIX español, los Recuerdos de un anciano (1862-1863) del singular político y escritor gaditano Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), se refería el autor a la abundante producción poética de tema patriótico durante la Guerra de la Independencia. En concreto, en el capítulo titulado “Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1809”, Alcalá Galiano escribía lo siguiente:

“No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. (…) Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, sólo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y sólo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del período poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego (…) se había dado a conocer sólo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. (…) Hubo, además, una inundación de versos patrióticos, o medianos o malos. (…) También se tentó hacer versos para cantarlos. (…) Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso guitarrista Zor le puso música, pero con poca fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes”.




[i] Unos años después, en 1812, Gallego escribió una “Canción para el aniversario del dos de mayo”, que fue musicada por Mariano Ledesma. Comenzaba dirigiéndose a las víctimas del 2 de mayo  con estos versos: “Miradnos, sacros Manes, / Gemir en triste coro / La faz bañada en lloro / Y el alma en odio y hiel. / Mas sangre en vez de llanto / se os debe por tributo; / Y en vez de adelfa y luto / Trofeos y laurel”. Concluía deseando a los invasores franceses lo siguiente: “En tanto a sus verdugos / Persiga en triste sueño / Del Prado madrileño / Espectro aterrador. / Sangrienta el agua beban, / Sangriento el cielo miren, / y en sangre al cabo expiren / Por hierro vengador”.