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19 de abril de 2012

Un robinsón en la isla de Juan Fernández

Presidio de Juan Fernández. Claudio Gray.
Recién leída la tetralogía juvenil de Juan Madrid (1947) dedicada a los Recuerdos de piratas (1996-2010), he dado casualmente con un libro de viajes del pamplonés Miguel Sánchez–Ostiz (1950) con sugestivos título y portada: La isla de Juan Fernández. Viaje a la Isla de Robinson Crusoe (2005).

Imposible sustraerse a lectura tan prometedora de los irresistibles ingredientes oceánicos anunciados en esta crónica viajera: exóticas islas, exploraciones marinas, leyendas de piratas y náufragos, etc.

Después de tantas ensoñaciones infantiles por la geografía de los Mares del Sur en atlas escolares y en lecturas de Stevenson, Melville, Jack London, Joseph Conrad etc., ¿cómo no abrir ávidamente las páginas de un libro con semejante título?

¿Viajar a las islas de Juan Fernández, Guam, Carolinas, Marianas, Palaos, Célebes, Pitcairn, etc? ¡¡Por supuesto!! ¿Cómo no enrolarse en tan incitante literaria singladura? El mismo Sánchez-Ostiz reconoce en su crónica que: “El viento que soplaba al principio, antes de llegar, en las velas de estas páginas y en las del viaje que las alienta es el de la literatura…”

Literatura oceánica, por cierto, escasamente cultivada en nuestra lengua, pese a las increíbles aventuras de los marinos españoles surcando el inmenso Pacífico: Elcano, Loaisa, Urdaneta, Legazpi, etc.

Valga como ejemplo de esto último que la única referencia literaria que conozco al descubridor español de los Mares del Sur,  aparezca en el soneto “On First Looking into Chapman’s Homer”de John Keats, donde compara el deslumbramiento de la lectura de Homero al primer avistamiento del Pacífico a cargo de Hernán Cortés (en realidad, el verdadero personaje histórico que realizó tal hazaña fue Vasco Núñez de Balboa): “Then felt I like some watcher of the skies / When a new planet swims into his ken; / Or like stout Cortez when with eagle eyes / He stared at the Pacific…”

Sánchez-Ostiz se encarga en su texto de aclarar la doble denominación que la isla visitada recibe en el título de su obra. El archipiélago de Juan Fernández se compone principalmente de dos islas que en 1966 cambiaron su nombre: la mayor Más a Tierra pasó a llamarse Robinson Crusoe y la menor Más Afuera se convirtió en Alejandro Selkirk. Ambos nombres aluden a la vinculación del archipiélago con la famosa obra de Daniel Defoe, ya que Selkirk fue un náufrago en la isla Más a Tierra cuya historia real inspiró la peripecia literaria de Robinson Crusoe.

La obra de Sánchez-Ostiz es un libro de viajes en el que se alternan anécdotas y descripciones de la isla actual con el repaso de sus episodios históricos, leyendas y figuraciones literarias. Ambos aspectos del libro suceden sin un preciso orden cronológico. Las anotaciones biográficas del viajero se suceden sin indicación alguna de fecha ¡ni año!, las referencias a la atropellada historia de la isla  igualmente se acumulan de forma igualmente casual, según van llegando a noticia del curioso autor, quien describe su método de redacción del siguiente modo: “Mientras termino de escribir estas cosas al ritmo de irlas descubriendo poco a poco…”

Entre noticias de la vida diaria del viajero y la erudición sobre la isla de la que va haciendo acopio, una parte sustancial del libro se dedica a sabrosas observaciones personales sobre variados asuntos: las llamadas “genealogías recreativas”, el robinsonismo, los motivos del viajar, etc.

Sánchez-Ostiz hace uso de una voz con una potente personalidad, de un lenguaje directo con un personal equilibrio entre expresiones cotidianas y léxico literario. Se muestra subyugante narrador de estirpe barojiana, ágil ensayista, franco anotador de sus introspecciones, delicado en poéticos comentarios y observaciones. Sirva como ejemplo de esto último la descripción de cómo el rescate de una nave sumergida en el fondo de la bahía frente a la isla ofrecería “la visión fantasmagórica del casco del galeón conforme iba emergiendo de la arena y saliendo a la luz cenital del agua envuelto en la nube de arena finísima y de los enseres desfigurados por el agua y las formaciones minerales”.

Sin ninguna división en capítulos, sólo con una mínima separación entre apartados de desigual extensión, a lo largo del libro se desarrollan en continuo flujo noticias sobre las andanzas del viajero, sus reflexiones a pie de obra y sus averiguaciones sobre la marcha en torno a historia y leyendas.

Todos estos ingredientes en abigarrada y caótica mezcla, a la barojiana manera del cajón de sastre, ofrecen una impresión de espontánea y palpitante vitalidad, lejos de la crónica periodística o del reportaje de viajes. La isla de Juan Fernández puede así leerse, en definitiva, como una peculiar novela con múltiples relatos interpolados, con confesiones íntimas propias de un diario, etc.

El estimulante relato de las aventuras marinas en torno a la isla constituye, sin duda, uno de los principales alicientes de esta obra de Sánchez-Ostiz: la historia del náufrago Selkirk abandonado en la isla durante el período 1704-1709, el tesoro de la corona española escondido por el vasco Juan Ubilla en 1714, los viajes del pirata Shelvocke, la expedición de lord Anson en 1741, la increíble voladura del Unicorn con su tripulación a bordo a cargo del capitán Cornelius Patrick Webb en 1761, los años de colonia penitenciaria, la visita de la aguerrida Mary Graham en 1823, etc… La isla ofrece un cofre rebosante de historias inauditas.

No menos sugerentes resultan las figuraciones y menciones literarias de la isla que Sánchez-Ostiz evoca aquí y allá: “The Rime of the Ancient Mariner” de Coleridge, el poema “Alejandro Selkirk” de Borges, la peripecia del capitán Delano Amasa en el relato Benito Cereno de Melville, la novela Más Afuera (1930) del chileno Eugenio Fernández Rojas (1903-1976), etc... ¡¡incluso un personaje de Pío Baroja recaló en la isla en La estrella del capitán Chimista (1930)!!

No se olvida tampoco Sánchez-Ostiz de mencionar otras recreaciones literarias del famoso náufrago de Crusoe en nuestras letras: la novela La isla de Robinsón (1981) de Arturo Uslar Pietri, la fantasía literaria La famosa noche de Robinsón en Pamplona (1929) de Rafael Sánchez Mazas

15 de octubre de 2011

El fusilamiento de Diego de León

Diego de León.
Pío Baroja, Galdós y Pastor Díaz nos han ofrecido tres visiones literarias de la figura del mártir liberal cordobés D. Diego de León y Navarrete (1807-1841), cuyo fusilamiento tuvo lugar el 15 de octubre de 1841, hace precisamente ahora 170 años.

A modo de conmemoración de este aniversario, reseñaremos brevemente estas tres semblanzas literarias dedicadas a evocar la caballeresca historia de tan romántico personaje.

En primer lugar, poco tiempo después del fusilamiento, el periodista, político y escritor lucense Nicomedes Pastor Díaz (1811-1863) publicó una biografía de nuestro héroe, escrita a raíz de la impresión que los sucesos produjeron en el autor.

Ya con posterioridad, los dos grandes narradores de nuestra historia decimonónica, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja, habrían de dedicar también su atención a esta víctima del liberalismo moderado español.

En primer lugar, Galdós dedicó parte de dos novelas de la tercera serie de sus Episodios nacionales, concretamente Montes de Oca (1898) y Los Ayacuchos (1900), a referir los sucesos del frustrado pronunciamiento de octubre de 1841 contra el regente Espartero. En particular, los capítulos IV al VIII de Los Ayacuchos relatan de forma epistolar toda la peripecia de los últimos días de la vida del general Diego de León.

Por su parte, Pío Baroja también se refiere en su obra, aquí y allí, a nuestro héroe. Por ejemplo, en una serie de reportajes dedicados a “La expedición de Gómez” (1935), Baroja refiere la famosa Batalla de Villarrobledo entre los carlistas del general Miguel Gómez y los liberales de Isidro Alaix en 1836.

En esta batalla resultó decisivo el empuje de los húsares de Diego de León, que cayeron con tanto ímpetu contra los escuadrones de José Miralles “el Serrador” que lograron dividir y dispersar a las tropas carlistas:

“Desde entonces se dijo que don Diego de León, hundiendo la punta de la lanza en el pecho o en la espalda de los enemigos, los levantaba en el aire, los desarzonaba y los tendía en tierra.
Los del Serrador tuvieron un momento de pánico ante aquel gigante bigotudo y vestido de gala, y comenzaron a huir, atropellando a la infantería de Cabrera”.

De forma más extensa, Baroja dedicó su atención a nuestro héroe en su artículo sobre “El fusilamiento de Don Diego León”, incluido en el tomo de estampas y semblanzas Vitrina pintoresca (1935).

En estas páginas, Baroja comienza por referirse al libro de viajes por España La Porte du Soleil (1844) del escritor romántico francés Roger de Beauvoir (1806-1866), libro consistente en una serie de cartas fechadas en distintos lugares de la Península a lo largo del año 1841.

A juicio de Baroja, reina en estas cartas el lugar común sobre España y “en toda la obra lo único que he encontrado curioso es el relato del fusilamiento de don Diego León”. Para Baroja, la novedad de la narración de Beauvoir consiste en que “da detalles vistos y cuenta sus impresiones como francés”.

Con esta premisa, Baroja extracta los detalles del relato del autor francés, traduciendo a veces párrafos completos y omitiendo los comentarios de tipo político de Beauvoir. Baroja acompaña su glosa del texto francés con observaciones y datos de su cosecha, en los que muestra su interés novelesco por personajes, diálogos y escenarios de los acontecimientos:

“La aventura de la escalera de Palacio fue de las más románticas del siglo XIX español. Todos los que intervinieron en ella eran jóvenes, atrevidos, valientes, un poco enamorados de María Cristina. Veían la posibilidad de conquistar a la reina y de convertirse en amantes y casi reyes. El jefe don Diego tenía entonces treinta y un años y era teniente general”.

Tras el fracaso de la aventura de Palacio, Baroja recuerda cómo León se entregó cerca de Colmenar Viejo a un escuadrón de su propio regimiento de Húsares de la Princesa y cómo rechazó la huida a Portugal, propuesta por el mismo comandante Laviña, encargado de detenerle.

Baroja, en este punto, especula con los motivos que llevaron a León a entregarse: “…quizá pensó que Espartero no sería tan torpe para fusilarlo; pero Espartero fue bastante torpe y le mando fusilar”.

Una vez preso nuestro héroe, Baroja señala cómo el gobierno presionó a los tribunales para que todos los jefes del alzamiento de octubre de 1841 fueran pasados por las armas. En el Tribunal Supremo de Guerra y Marina que aprobó por unanimidad la sentencia de León, se encontraba, por cierto, el otrora general carlista Rafael Maroto:

“Uno de los generales que votaron en pro fue Maroto, entonces conde de Casa Maroto. Decentemente, como ex carlista, debía haberse abstenido”.

De nada sirvieron las súplicas de la familia de León a la reina para que intercediera ante el regente Baldomero Espartero: “Toda la familia, vestida de luto, se arrojó a sus pies sollozando”

De nada sirvieron tampoco otras gestiones llevadas directamente ante Espartero como la del general Francisco Javier Castaños:

“El venerable anciano Castaños, el vencedor de Bailén, el más antiguo de los mariscales, fue a visitar a Espartero y no obtuvo nada de él. Se dice que fue recibido muy bruscamente por este soldado afortunado.
Espartero contestó con aspereza al octogenario general:
-¿Y usted no fusiló a Lacy el año 1817? – le preguntó.
-Yo cumplí con mi deber, señor - contestó Castaños - ; yo no era regente y no tenía facultad para conceder indultos”.

A partir de este punto, Baroja sigue el relato de primera mano de Beauvoir, quien por azarosas e increíbles circunstancias resultó ser testigo presencial de la ejecución de León.

Así, Beauvoir ve pasar por las calles de Madrid la carretela descubierta hacia el lugar de ejecución: “León ocupaba el asiento de atrás con su confesor, el padre Carasa; en el de adelante iba el general Roncali, su defensor”.

A Beauvoir impresiona notablemente la apuesta y elegante estampa de León, a quien compara con el mariscal Joaquín Murat (1767-1815) pintado por Antoine-Jean Gros:

“Diego León vestía el uniforme de los Húsares de la Princesa: dolmán rojo, bordado de oro; pantalón azul celeste con un ancho galón; el dolmán abierto, dejando ver sus condecoraciones. Llevaba en la cabeza el chacó de los húsares con sus anchas plumas. (…) Este rostro castellano respiraba a la vez la serenidad y el orgullo; se hubiera creído que aquel hombre iba a pasar una revista militar. (…) León era una extraña mezcla de coquetería y de bravura; amaba la batalla y el tocador”.

Baroja se detiene especialmente en recrear los diálogos de los personajes en circunstancias tan dramáticas. Así, cuando León se dispone a subir en el carruaje que le conducirá al lugar de ejecución, tiene lugar el siguiente intercambio dialéctico con su defensor Roncali:

“-¿Sabe usted, amigo mío, de qué tengo miedo? Tengo miedo de que los soldados yerren. ¡Cuántos tiros a quemarropa me han disparado en la guerra y, sin embargo, no tengo ni un arañazo!
-Es verdad, general. ¿Y cuántos caballos le han matado cuando usted los montaba?
-Ocho”.

La carretela y su escolta inician la marcha en dirección a la fatídica Puerta de Toledo y Baroja observa la actitud de la muchedumbre congregada a lo largo del camino:

“El gentío era compacto alrededor del carruaje. Cada vez que León dirigía su mirada clara y orgullosa  sobre la multitud oía yo a las mujeres que decían: “¡Matar a jun hombre tan guapo!” y escondían una lágrima furtiva bajo la mantilla. Los hombres, apretándose los puños con desesperación, exclamaban: “¡Matar a un hombre tan valiente!”…”.

Llegada la comitiva a la Puerta de Toledo, desaparece el público madrileño, al que no se permitió presenciar la ejecución, y nos quedamos con la crónica de primera mano de Beauvoir, testigo accidental del fusilamiento. Según su relato de los hechos, León, ya en su destino fatal,  pasó revista a las tropas y ocurrió lo siguiente:

“Sacó unas monedas de oro del bolsillo de su dolmán y las repartió entre los que le iban a fusilar. A los soldados que habían servido bajo sus órdenes los reconoció y les dirigió la palabra sonriendo”.

Colocado en el cuadro, León escuchó la sentencia “erguido con la mano en el chacó” y tras la lectura del fiscal, dio un paso hacia adelante y dijo elevando la voz y mirando a los soldados:

“-Compañeros: Os habrán dicho que el general León era traidor y cobarde: ambas cosas son falsas; el general León jamás ha sido cobarde ni traidor”.

 Del momento final de la ejecución, Beauvoir por boca de Baroja nos ofrece dos versiones:

“Aquella voz resonaba como una voz de mando. Se dirigió en seguida al pelotón encargado de tirar sobre él y dijo a los fusileros:
-Que la mano no os tiemble. ¡Amigos! ¡Atención a la voz de mando!
Otros aseguran que dijo:
-No tembléis, al corazón.
Hundió después su chacó en la cabeza, pasó su mano por sus espesos bigotes y gritó con la misma firmeza:
-¡Preparen…, apunten…, fuego!”

Cayó León traspasado por las balas y “expiró en una actitud teatral y sin ser desfigurado por la muerte”.

Baroja refiere, a continuación, anécdotas relacionadas con la exposición pública del cadáver y la posterior reclamación del cuerpo por parte de la familia.

¡Cuántos mártires liberales vio el siglo XIX español abatidos por la descarga del pelotón de fusilamiento y cuán escasamente nuestra literatura se ha ocupado de ellos!

24 de septiembre de 2011

El chiplichandle de Zunzunegui


Juan Antonio de Zunzunegui en 1950.
Acabo de leer, en una vieja edición de la colección Austral de Espasa-Calpe, la segunda novela del vizcaíno Juan Antonio de Zunzunegui y Loredo (1901-1982), un relato irregular y cargado de densa literatura que se presenta con el extraño título de El chiplichandle (acción picaresca) (1940).

Según se aclara en una nota preliminar, el término “chiplichandle” es derivación popular del inglés ship-chandler, proveedor de buques, y en nuestra novela designa la profesión principal del pícaro protagonista Joselín.

Ya desde la elección de su título, la novela muestra abiertamente sus luces y sus sombras: un localismo extremadamente realista, a veces ininteligible para el lector ajeno al mundo retratado, y una voluntad de estilo y creación lingüística de profundo calado literario. Ambas cualidades, no incompatibles entre sí, predominan en esta sobresaliente y poco conocida novela de Zunzunegui.

Pero comencemos por el principio. He llegado hasta este autor incitado por un comentario escasamente favorable recogido en la Historia de la literatura española de la editorial Ariel. En efecto, en el tomo de esta historia dedicado al siglo XX, el autor Gerald G. Brown califica a Zunzunegui de militante falangista y autor de relatos “de estilo muy zafio y pobre imaginación sicológica aunque de cierta fuerza realista en sus escenas”.

¡Un autor de ideología falangista, zafio estilo, escasa penetración psicológica y crudo realismo! ¡Qué tremendas descalificaciones, a cual de ellas más horrible! Desde que leí este breve comentario de la obra de Zunzunegui, no pude evitar sentir la tentación de asomarme, bien que con las debidas precauciones, a tan abominable obra literaria.

En casos de sanciones críticas tan severas, abogamos siempre en este blog por hacer caso omiso de tópicos prejuicios y acudir a la lectura de los textos sin valoraciones preconcebidas. En esta revisión personal de nuestros autores, la riqueza de nuestra literatura siempre podrá depararnos gozosos descubrimientos y nuestra valoración particular como lectores directos de una obra podrá reparar injustas descalificaciones y lamentables olvidos.

Zunzunegui, desde luego, militó en la corte literaria falangista, al igual que otros grandes prosistas de nuestras letras, hoy, a veces, injustamente preteridos: Rafael Sánchez Mazas, Gonzalo Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Eugenio Montes, Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, César González Ruano, etc.

Sin embargo, El chiplichandle no es primordialmente una novela de tesis política, ni se desarrolla en ella alegato alguno pro falangista. Conviene aclarar, a este respecto, que El chiplichandle fue escrito en el período 1932-1935, aunque la novela sería publicada en 1941 con posterioridad a la Guerra civil. Por lo tanto, la gestación de esta novela coincide cronológicamente con el nacimiento de la Falange en 1933 y es ajena al maniqueísmo de la literatura del conflicto bélico posterior.

El chiplichandle es la segunda narración extensa del autor, que ya antes de la contienda civil había publicado su primera novela, Chiripi (1931), con prólogo de Miguel de Unamuno (1864-1936). Entre ambas novelas, Zunzunegui publicó Tres en una (1935), colección de relatos cortos sobre la ría de Bilbao.

Con su característica inclinación hacia el lenguaje marinero, Zunzunegui dividía la “flota” de sus libros en tres clases de navíos: "de gran tonelaje", "de pequeño tonelaje" y "embarcaciones auxiliares". Al primero de estos grupos corresponde El chiplichandle, novela extensa dividida en cinco capítulos, llamados aquí, con la jerga marina, “singladuras”.

La obra versa, fundamentalmente, sobre un tema recurrente en el mundo narrativo de Zunzunegui: su Portugalete natal, el abra de su puerto y, por extensión, la ría bilbaína. Fueron tres las novelas portugalujas del autor: El chiplichandle (1940) y El barco de la muerte (1945) y La úlcera (1948), aunque el ambiente marino estuvo también presente en otras obras suyas.
La novela se subtitula “acción picaresca” y, en efecto, en ella se narran las andanzas del pícaro proveedor de buques Joselín desde sus comienzos como ship-chandler durante la Primera Guerra  Mundial (1914-1918) hasta su encumbramiento político como gobernador civil de Soria durante el Bienio radical-cedista (1934-1936).

La narrativa de Zunzunegui fue muy proclive a la crítica social con protagonista picaresco: así, por ejemplo, ocurre con el Cotufas en La vida como es y en otras obras también con personajes de los bajos fondos.

La prosa de Zunzunegui se nos presenta en El chiplichandle con una singular textura en la que se combinan una serie de rasgos característicos del estilo del autor.

Un aspecto visual de la página que, a veces, recuerda los experimentos vanguardistas con frecuentes cambios de tipografía y reproducciones de: tarjetas de visita, anuncios de prensa, jeroglíficos, figuras, etiquetas, letreros, listados, censos, etc.

A esta impresión plástica de collage, contribuyen, también, las numerosas y variadas citas poéticas de: Góngora, Rubén Darío, Santos Chocano, Antonio Machado, Alberti, Jorge Guillén, Shelley, Valéry, Mallarmé, Baudelaire, el romancero clásico, zorzicos en euskera,  etc.

A propósito de la cita de Shelley, ¡qué hermosos párrafos dedica Zunzunegui a narrar la incineración del cuerpo del poeta a cargo de Lord Byron y Edward Trelawny!

En el lenguaje de Zunzunegui florecen abundantes neologismos por adopción de términos coloquiales o derivación léxica: “…apura la copa de benedictino hasta las escurrimbres; “El mar y los montes devuelven, ecoicamente, al reloj de la iglesia tres campanadas”; en cuanto atracaba un barco con carbón en el puerto “era merodeado de botecillos y chanelas”; el monte Serantes “surgió a sotavento, engorguerado de niebla”; etc.

La riqueza de su lenguaje persigue la concisión, la precisión y el impacto poético. Así, por ejemplo, para señalar el umbral o la entrada, se refiere a “el lindar de las tabernas”; para indicar que llovía mansamente, observa que orvallaba mollino

Su tendencia a la frase concisa y densa de sentido fructifica en frecuentes aforismos líricos con rápidas pinceladas descriptivas en las que se asocian sugestivamente imágenes distintas: “La lluvia encarcela el paisaje entre móviles barrotes”; “Pasa una avioneta crucificando la mañana”; ”; “El sol pone ya su delantal de sombra a la plaza”; “Las gaviotas movían su torpeza palmípeda en el aire pulcro”; “El bote cortaba en acuática cirugía el cuerpo, siempre joven, del mar”; “Los cohetes colgaban del pecho del cielo fugaces gaiterías”; “El faro de punta Galea hablaba, en su giratorio idioma, a las sombras”; la mañana comienza “cuando los escritorios abren sus bocas sanas enseñando los dientes de sus máquinas de escribir”; etc.

Son fulgurantes fucilazos expresivos que, inevitablemente, recuerdan las greguerías de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), aunque, sin duda, en el caso de Zunzunegui, la raíz literaria de estas imágenes habrá que encontrarla en Francisco de Quevedo (1580-1645) y otros conceptistas del Barroco literario español.

Las descripciones de paisajes y ambientes se reducen a telegráficos apuntes líricos, en los que a Zunzunegui interesa siempre destacar los matices de la luz y el aire: “La mañana trae ya sobre su grupa finos aires”; “El horizonte devolvía alimonados temblores”; etc.

La observación de Zunzunegui es aún más delicada en la captación de los matices del mar: “El cielo era sobre el Abra de un azul tenso, y las aguas repetían este azul con una tozudez de espejo”, etc.

La descripción física de los personajes nunca es detallada al modo realista sino que se concentra, igualmente, en la rápida apreciación de un rasgo característico. Así, Zunzunegui muestra en un veloz apunte la sensualidad de la camarera Flora, mientras ésta sirve mesas en la taberna de Ramón: “Flora adelanta el cuerpo bajo un cuchillo de estupores y en él los pechos, bocinas del sexo, tiene el tamaño de las mandarinas”.

La caracterización de la “elástica arquitectura” de Flora, inevitablemente, en la prosa de Zunzunegui deriva hacia la ágil y atrevida metáfora: “Ojos furvos, frescos y densos; boca exacta, sólida y jugosa. Los besos más atrevidos, los besos más audaces, descansan en esta boca, como en una alcándara los halcones. Para robarlos se precisa una habilidad de cetrero”.

5 de abril de 2011

El fusilamiento de Torrijos

Fusilamiento de Torrijos (detalle).
Debemos al novelista, ensayista y editor alcarreño José Esteban Gonzalo (1936) sendas novelas históricas sobre los dos grandes héroes liberales del siglo XIX español. Este tándem de relatos comenzó con El himno de Riego (1984), memorias noveladas de Rafael del Riego (1785-1823) en las horas previas a su ejecución en 1823, y concluyó con La España peregrina (1988), diario de Torrijos en los días que condujeron a su fusilamiento en 1831.


Se trata de dos novelas independientes aunque con un similar planteamiento de memorias íntimas, con un mismo estilo lírico y reflexivo y, también, por supuesto, con un común designio de homenajear a ambos mártires de la libertad española.

Hace ya años que había leído la primera pero hasta hace pocas fechas no había tenido ocasión de leer la segunda de estas novelas.

José Esteban Gonzalo.
La España peregrina se presenta en un solo tomo dividido en dos partes o libros diferentes. El primero de ellos se titula “Unas páginas de Blanco-White” y consiste en una serie de apuntes puestos en la pluma de este autor acerca de la emigración liberal española en Londres durante la Ominosa década del reinado de Fernando VII (1823-1833).

Estas supuestas memorias de José María Blanco-White (1775-1841) están fechadas hacia el final de los días de su imaginario autor y parten de su necesidad de recordar a los emigrados liberales españoles que había tenido oportunidad de conocer unos años atrás. De esta forma, Blanco-White pretende dirigirse, ya en los últimos años de su existencia, por última vez a sus paisanos, reconciliándose así con la lengua española, que había dejado de cultivar desde su exilio:

José María Blanco-White.
“Durante años fue muy cierto que el escribir o hablar en mi propia lengua me fue doloroso. El eco de la hermosa y desgraciada lengua española traía a mi oído como un rumor de mazmorras en que hubiese sufrido encarcelamiento y grillos, heridas e insultos (…)

Pero al ver ahora, en el recuerdo, esta desgraciada cuan hermosa lengua, al escucharla de nuevo en boca de mis desgraciados compatriotas, volvió a parecerme hermosa. Porque supe entonces comprender que lo mismo que había sido portadora de inquisiciones sin cuento, también lo había sido, y ahora lo podía ver en mi propia alma, la que había errado por el mundo; la que había sabido expresar, también, desgracias y tragedias sin fin y la que en sus dulces poesías había sabido, también, llegar hasta el fin de la desesperación contra la injusticia”.

José María de Torrijos.
En estos deslavazados y emotivos apuntes, Blanco-White reflexiona sobre España, sobre religión, sobre su experiencia vital… a la vez que va desgranando sus evocaciones de una larga serie de liberales españoles refugiados en el barrio londinense de Somers Town durante la década de reinado absolutista: Joaquín Lorenzo Villanueva, Ángel Saavedra, Alcalá Galiano, Espronceda, Istúriz, Calatrava, Argüelles, Espoz y Mina, Torrijos, etc.

El segundo libro o segunda parte de nuestra novela se titula “El diario de Torrijos” y, de nuevo, Blanco-White se dirige brevemente al lector para presentar la transcripción de un valioso manuscrito, llegado a sus manos por misterioso conducto.

Se trata, nada más y nada menos, que del diario personal que el general  José María de Torrijos (1791-1831) llevó desde su partida de Londres en agosto de 1830 hasta las horas previas a su ejecución en diciembre de 1831.

Al igual que en la primera parte de la novela, el estilo de este diario es más reflexivo y lírico que narrativo. A lo largo de sus notas, Torrijos se nos presenta como infatigable enemigo del bárbaro absolutismo y ardoroso partidario de la libertad y prosperidad españolas. En referencia a las incursiones de Espoz y Mina y otros liberales por el norte de España a  finales de 1830, señala lo siguiente:

José María de Torrijos.
“…las crestas de los Pirineos se llenan hoy de valientes, anhelantes de pisar su tierra natal, olvidando que de ella habían sido arrojados y no culpan (nunca lo hicimos) al pueblo español, sino al fanatismo civil y religioso que lo había seducido y degradado. Nos aprestamos, pues, una vez más, a redimirlo de su abyección, haciendo resonar en sus pobres oídos las palabras hermosas de paz, prosperidad, libertad y ventura, que son los bienes que venimos a ofrecer en retribución de nuestros agravios y desgracias”.

Todo lo que acierta José Esteban en la documentación histórica de la obra y en la recreación psicológica de sus dos protagonistas, Blanco-White y Torrijos, sin embargo, todo eso mismo adolece su novela como narración de una serie de apasionantes sucesos.

Realmente, el propósito fundamental del autor no es relatar los hechos sino dar voz a sendos personajes históricos y guiar al lector por los motivos e ideales de ambos.

José María de Torrijos.
José Esteban sólo recrea diálogos y desarrolla episodios novelescos en el momento de acción más trepidante de los hechos históricos referidos, cuando Torrijos despliega una serie de ofensivas en la costa andaluza tendentes a provocar un pronunciamiento militar contra el absolutismo fernandino. Así, el diario cuenta la fugaz toma de La Línea de la Concepción por el mismo Torrijos en diciembre de 1830, la derrota de Manzanares, el fusilamiento de Jurado, etc.

En marzo de 1831, recuerda el diario el fracaso de la intentona liberal de Manzanares, la  dispersión y huída de sus hombres… La suerte del propio Manzanares es contada en los siguientes términos:

El Peñón de Gibraltar en 1810.
“Manzanares huye, pues, pensando encontrar el camino hacia Gibraltar. La noche es oscura y el fugitivo se encamina hacia la sierra de Gaucín, cuya abrupta vertiente le promete segura senda. No hay una sola estrella, ni un punto fijo en que mirar y el huido sólo piensa en la perfidia de la especie humana. Sigue ascendiendo la sierra hasta que consigue ver una luz que irradia un pequeño cortijo. Se acerca y encuentra a un pastor, rudo y taimado, que le escucha atento cuando Manzanares pide refugio donde guarecerse. El héroe, una vez más confiado, se entrega a su protección. Pero este taimado español, hijo de la perfidia inquisitorial y fernandina, le lleva hasta las tropas que esperaban a los huidos de la partida. Manzanares, al verse acorralado y perdido, mata al traidor de un disparo y después se atraviesa su valeroso pecho con la espada. Sabía que era carne de patíbulo y se negó a serlo”. [i]

De esta guisa, el final de la novela se convierte en un documentado y emocionante reportaje del precipitado desembarco de Torrijos y sus compañeros en la costa de Fuengirola, la traición de que son objeto, su persecución por la sierra de Mijas, su captura en una alquería a unos veinte kilómetros de Málaga… hasta el fusilamiento de todos ellos en las playas malagueñas de San Andrés el 11 de diciembre de 1831.

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Antonio Gisbert. 1888.
Llegamos, así, al momento final y culminante de la aventura de estos desdichados, cuyo desenlace imagina Torrijos en las últimas líneas de su diario:

“Iremos caminando por la playa, que se extiende ondulada hasta el infinito, con cierta dificultad y con fatiga. Nos acompañará la curiosa y anhelante multitud. Sonarán los tambores. Los capuchinos irán a nuestro lado dándonos sus últimos consuelos. De súbito, se parará la comitiva. Un toque destemplado y agudo de corneta, nos dejará inmóviles en el punto en que vamos a ser sacrificados. Todos, olvidan­do a los frailes, iremos a ocupar nuestro último lugar entre los vivos. Nos erguiremos frente a los fusiles. Yo volveré a reclamar mi derecho a dar la voz ejecutoria de fuego. No hay presente otro mariscal. Pero mis verdugos volverán a negarme ese honor último que me corresponde. (…) Unos nos abrazaremos emocionados; otros se aislarán en su definitivo silencio. Los soldados nos irán agrupando para fusilarnos. Yo estrecharé las manos de mis compañeros, me adelan­taré hacia el pelotón y cuando oiga el grito de ¡Fuego!, gritaré fuerte ¡VIVA LA LIBERTAD!, que es la última palabra que quiero oír en mi vida”. [ii]

Fusilamiento de Torrijos (detalle).
Previamente, Torrijos ha escrito una carta de despedida a su esposa, cuyo texto se reproduce entre las notas de su fingido diario.

En realidad, existió esta histórica misiva, que fue recogida y publicada en la “Vida del General D. José María de Torrijos y Uriarte”, biografía escrita por la viuda de nuestro héroe, Luisa Carlota Sáenz de Viniegra:

“Málaga, convento de Nuestra Señora del Carmen el día 11 de Diciembre de 1831 y último de mi existencia.

Amadísima Luisa mía: Voy á morir, pero voy á morir como mueren los valientes. Sabes mis principios, conoces cuán firme he sido en ellos, y al ir a perecer pongo mi suerte en 1a misericordia da Dios, y estimo en poco los juicios que hagan las gentes. (…)

De la vida a la muerte hay un solo paso y ese voy a darlo sereno en el cuerpo y el espíritu. He pedido mandar yo mismo el fuego a la escolta: si lo consigo tendré un placer, y si no me lo conceden me someto á todo, y hágase la volun­tad de Dios. Ten la satisfacción de que hasta mi último aliento te he amado con todo mi corazón. Considera que esta vida es mísera y pasagera y que por mucho que me sobrevivas, nos volveremos á juntar en la mansión de los justos á donde pronto es­pero ir, y donde sin duda te volverá á ver tu siempre hasta la muerte.- José María de Torrijos”.

José de Espronceda.
¡Impresionante carta por su precisión, su dignidad, su serenidad…escrita en circunstancias tan extremas!

El momento de la inmolación de nuestro héroe fue objeto, posteriormente, del conocido soneto “A la muerte de Torrijos y sus compañeros” por José de Espronceda (1808-1842):

“Helos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,

y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores”.

Las palabras de Espronceda no eran vana retórica, sino manifestaciones sinceras, vibrantes, de un expedicionario liberal en la fracasada campaña pirenaica de Espoz y Mina en 1830. Espronceda había figurado en el grupo de Joaquín de Pablo, “Chapalangarra”, y dedicó a la muerte de su jefe en una emboscada la elegía en donde dice aquellos versos:

“…Y vosotros, ¡oh nobles guerrerros!
de la patria sostén y esperanza,
abrasados en sed de venganza
odio eterno al tirano guardad…”

Enrique Gil y Carrasco.
Otro poeta romántico, Enrique Gil y Carrasco (1816-1845) ofrecería también unos delicados y melancólicos versos “A la memoria del General Torrijos”:

“…Costas del mar de Málaga encantada,
Si por vosotras algún día errante
Se extendiera mi vista desolada,
Se perdiera mi paso vacilante,

Arrodillado, con los ojos fijos,
Esa tumba sagrada adoraría,
Y la gigante sombra de Torrijos
Entre el sol del ocaso buscaría.

Paz, le dijera, a tu desierta losa;
Yo te cantara, y si laurel tuviera,
Yo dejaría su guirnalda hermosa
En la tranquila paz de esta ribera.

Mas, huésped de la bella Andalucía,
Cisne sin lago, bardo sin historia,
Mi perdido cantar empañaría
el rutilante sol de tu alta gloria”.

L'Espagne et Torrijos. Auguste Raffet. 1835.
El sacrificio de Torrijos y sus compañeros ha tenido otros innumerables ecos literarios: el capítulo que Thomas Carlyle (1795-1881) dedicó a nuestro general en The Life of John Sterling (1851), biografía del principal amigo y protector inglés de Torrijos…, la novela Los caudillos de 1830 (1918) perteneciente a la serie de las Memorias de un hombre de acción por Pío Baroja (1872-1956)… sin olvidarnos de Liberales y románticos (1954), el extraordinario ensayo de Vicente Lloréns sobre la emigración española en Inglaterra durante la Ominosa década… [iii]

¡Qué episodio tan heroico, novelesco y apasionante de nuestra historia! Merecerían ser los versos de Espronceda el verdadero himno de los patriotas y las últimas palabras de Torrijos el supremo lema de nuestra lengua. ¡Viva la libertad!



[i] A estos sucesos se refiere el absolutista Felicísimo Carnicero en el episodio “Los Apostólicos” de la segunda serie de Los Episodios Nacionales de Galdós: capítulo  XX: «¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados y el bribón de Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino! Que desembarquen más si quieren. El Gobierno se ha preparado, arma al brazo. Ahora, vengan pillos» (Capítulo XX).

[ii] La viuda de nuestro general, en la biografía de su marido, relataría así los instantes fatales del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros: “Marchó al punto preparado para el sacrificio con esa misma serenidad que había presentado en el campo de las lides. Siguió con paso firme el de su escolta, imitado en su valor por los que le seguían. Llegaron al sitio fatal… La tiranía, bajamente envidiosa y cobardemente avara de toda gloria para con su victima, no le permitió mandar el fuego y recibir la descarga sin vendarle los ojos, única gracia que mi esposo se había permitido pedir. Se manifestó urbanamente agradecido a su confesor: dio á conocer su satisfacción por la conformidad y entereza de sus compañeros, y saludando con estos el objeto de todos sus afanes y la causa que le había empeñado en este mis­mo sacrificio, con un enérgico VIVA LA LIBERTAD, cayó mi esposo, y cayeron todos sus 52 compañeros á los mortales rayos lanzados á la voz de la perfidia, por orden de la airada y sangrienta tiranía”.

[iii] En una litografía de época se dedicaban estos versos a Torrijos: “En cuerpo tan dispuesto, / en armas tan mañoso, / en ánimo tan esforzado, / en juicio tan delicado, / en condición tan bien quisto / y en edad tan mozo, / peleó y murió por la libertad / como caballero y como cristiano”.