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22 de febrero de 2014

La tumba berlinesa de Gil y Carrasco



Retrato de caballero por Jugelet, 1830.
La vida y la obra del poeta, novelista y articulista leonés Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) fueron ambas breves como ocurrió, también, en otros casos de románticos españoles que descendieron prematuramente al sepulcro: Larra, Espronceda, Piferrer, Salas y Quiroga, etc.

En las ilustraciones del presente artículo, descartamos el habitual retrato del poeta, al no estar basado en imágenes reales de nuestro protagonista,  y preferimos plantear, en su lugar, un aspecto físico más acorde con la descripción que el propio Gil y Carrasco trazó de sí mismo en un escrito autobiográfico: “Su vestido era sencillo, rubia su cabellera, azules sus apagados ojos…”. [1]

Nacido en 1815 en Villafranca del Bierzo (León), el autor berciano, al parecer, abominó de su población natal y, en cambio, recreó literariamente en numerosas ocasiones la ciudad en donde posteriormente se estableció su familia y el poeta pasó los años felices de su infancia: Ponferrada.

Portada de una obra de Gil y Carrasco.
En la Ponferrada medieval está ambientada, precisamente, su conocida novela histórica “El Señor de Bembibre” (1844), cuyo éxito quizás haya eclipsado la deslumbrante calidad y personalidad de su reducida obra poética.

Fue, además, periodista en diarios de la época, crítico de teatro, autor de artículos de viajes y costumbres, etc. Se halló entre los jóvenes románticos de “El Parnasillo” que escoltaron el féretro de Larra y asistieron al nacimiento poético de Zorrilla cuando éste recitó a pie de tumba los versos al suicida “Fígaro”. [2]

De igual manera, Gil y Carrasco recitaría sus versos en el funeral de su amigo Espronceda: “¿Qué tengo yo para adornar tu losa? / Flores de soledad, llanto del alma, / flores ¡ay! sin fragancia deleitosa, / hiedra que sube oscura y silenciosa / por el gallardo tronco de la palma”.

Son memorables sus poemas patrióticos, de corte político liberal, especialmente el dedicado al fusilamiento del general Torrijos: “Costas del mar de Málaga encantada, / Si por vosotras algún día errante / Se extendiera mi vista desolada…”.

Pero, sin duda, lo más valioso de su obra son sus extensos poemas intimistas, cargados de simbolismo y delicadas imágenes, como “La niebla” (“Todo confuso y borrado / En tu seno aparecía / Vaporoso y nacarado / Y en celajes mil velado / Como luna en noche umbría”), “La campana de la oración” (“Todo en los ecos se mece /Del misterioso metal /Pero confuso aparece / Y sin contornos se ofrece / Como vapor matinal”…), “La caída de las hojas” ( “Las músicas de la vida / El silencio del no ser / Y la amarga despedida / Y la queja dolorida / De las hojas al caer”), etc.

Alexander von Humboldt, por Stieler, 1843.
Resultan impresionantes por su modernidad las meditaciones poéticas de “El Cisne”, “El ruiseñor y la rosa”, “La Violeta”, “El ensueño”, etc. Verdaderas obras cumbres de un romanticismo español melancólico, dolorido, impalpable, frágil e intimista.

Enfermo de tuberculosis, en varios poemas anticipa su cercana muerte e, incluso, llega a imaginar su propia tumba en “La Violeta”. En esta composición, una de sus más emblemáticas y conocidas, se dirige Gil y Carrasco a una violeta, flor con la que se siente identificado, en un momento de desesperación y abatimiento:

“Vengo a buscar mi huesa solitaria
Para dormir tranquilo junto a ti,
Ya que escuchaste un día mi plegaria,
Y un ser hermano en tu corola vi”.

Pide el autor a esta flor hermana que le acompañe sobre su ansiada sepultura: “Ven mi tumba a adornar, triste viola, / Y embalsama su oscura soledad…” y concluye, a continuación, imaginando que esta única flor sobre su tumba será cortada por una joven doncella que dedicará, entonces, un último recuerdo al enmudecido poeta:

 “Quizá al pasar la virgen de los valles,
Enamorada y rica en juventud,
Por las umbrosas y desiertas calles
Do yacerá escondido mi ataúd,
Irá a cortar la humilde violeta
Y la pondrá en su seno con dolor,
Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
¡Ya está callada el arpa del amor!”

Unter den Linden, por Gaertner, 1852.
En febrero de 1844, durante el breve ejercicio de su amigo Luis González Bravo como Presidente del Consejo de Ministros (1843-1844), el poeta berciano fue nombrado secretario de la legación española en Berlín, encargándole estudiar la Zollverein (Unión Aduanera Alemana) e iniciar negociaciones para restablecer relaciones diplomáticas con la corte de Prusia, rotas desde que durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840) el reino germano hubiese apoyado al bando carlista.

Die Granitschale im Lustgarten, por Hummel, 1831.
Gil y Carrasco estudiaría alemán denodadamente antes de zarpar rumbo a su destino desde el puerto de Barcelona en mayo de 1844. Inició, entonces, un largo periplo por ciudades centroeuropeas que le habría de conducir hasta la capital prusiana en septiembre de 1844. En Berlín, entablaría amistad con el naturalista Alexander von Humboldt, para quien llevaba carta de recomendación de Francisco Martínez de la Rosa, recibiría la Gran Medalla de Oro de Prusia concedida por el rey Federico Guillermo IV, establecería relación con el príncipe Carlos de Prusia y su esposa, la princesa María de Sajonia-Weimar, etc.

En el año 2000, el ayuntamiento de Ponferrada costeó la colocación de una placa en la fachada del domicilio berlinés de Gil y Carrasco, sito en Dorotheenstraße 41 (el edificio actual data de 1871 y está integrado en  la librería Dussmann das KulturKaufhaus desde 1997).

Vista de la Neue Wache, por Brücke, 1842.
La obra alemana conservada de Gil y Carrasco se reduce a las notas tomadas durante su itinerario centroeuropeo hasta Berlín en 1844 y publicadas póstumamente con el título de “Diario de viaje”. En estas notas, Gil y Carrasco describe sucintamente el rosario de ciudades de su peculiar itinerario: Düsseldorf, Aquisgrán, Colonia, Bonn, Wiesbaden, Maguncia, Frankfurt, Hamburgo, Gotinga, Hannover, Magdeburgo, etc. Lamentablemente, el Diario no recoge las impresiones de su llegada final a Berlín.

En las anotaciones de su Diario de viaje, Gil y Carrasco da muestras de una insaciable curiosidad a la par de una exquisita sensibilidad: se interesa por  usos y costumbres, comercio e industria, pero, sobre todo, se preocupa por obras arquitectónicas, galerías de arte, ecos literarios, leyendas tradicionales, paisajes montañosos de la ribera del Rhin, etc.

Torquato Tasso und die beiden Leonoren, por Sohn, 1839.
En sus notas de viaje, particularmente, se extasía ante el arte alemán contemporáneo que va encontrando a su paso, describiendo con fascinación obras de pintores románticos alemanes como Sohn (Torquato Tasso und die beiden Leonoren, 1839), Bendemann (Die trauernden Juden im Exil, 1832), Lessing (Johann Hus auf dem Konstanzer Konzil, 1842), Achenbach, Overbeck, etc.

En especial, Gil y Carrasco da muestras de ser un atento y delicado observador del paisaje, con pinceladas, a veces, de gran plasticidad pictórica. Así, por ejemplo, surcando las aguas del Rhin de regreso a Coblenza señala:

“La noche se puso muy oscura y tempestuosa y el Rhin, sumido en las tinieblas, formaba gran contraste con las luces de los pueblos que encontrábamos en su orilla, y que se pintaban en el agua en largos rastros. Los relámpagos dejaban ver de cuando en cuando las colinas lejanas con una tinta lívida y, sobre todo, a medida que nos acercábamos, revestían de una apariencia siniestra las encastilladas rocas de Ehrenbreitstein”.

Vista de Ehrenbreitstein, por Myles Birket Foster, 1856.
Gil y Carrasco fallecería en Berlín a consecuencia de tuberculosis el 22 de febrero de 1846 a la edad de 30 años. Resulta inevitable evocar en este trance los versos de Cernuda dedicados a la muerte de Keats por similar enfermedad en tierras igualmente extrañas para el poeta inglés: “Era un poeta joven, apenas conocido, / En su salida primera al mundo / Buscaba alivio a su dolencia / Cuando muere …”. [3]

Las honras fúnebres del poeta leonés serían celebradas en la catedral católica de Santa Eduvigis, ubicada en la Bebelplatz berlinesa, junto a la avenida Unter den Linden… cabe suponer que en presencia de diplomáticos y amigos. En un texto titulado “Un ensueño-Biografía”, imaginaría Eugenio Gil y Carrasco las exequias berlinesas de su hermano Enrique en estos términos:

Federico Guillermo IV, por Franz Krüger, 1846.
“Varios coches del cuerpo diplomático y de algunas personas distinguidas siguen al convoy fúnebre, mientras en la casa mortuoria se halla el barón Humboldt, el mayordomo del príncipe Carlos de Prusia, el banquero Mendelsshon y el ministro del Brasil. Las últimas lágrimas de tus amigos Urbistondo y D. Mateo Ballenilla, oficial de la república de Venezuela, caen sobre tu rostro helado”.

Sus restos mortales recibirían sepultura en el cementerio católico adscrito a la parroquia de Santa Eduvigis: el actual “Alter Domfriedhof der St.-Hedwigs-Gemeinde”, situado en Liesenstraße.

Su amigo José de Urbistondo costeó un sencillo monumento funerario, si bien las pertenencias de Gil y Carrasco hubieron de ser subastadas para sufragar las deudas pendientes por tratamiento médico, etc. De sus enseres personales, se conservaron en la embajada de Berlín cuadernos y notas que desaparecieron en la Segunda Guerra Mundial.

Carlos de Prusia, por Krüger, 1852.
En el citado texto “Un ensueño-Biografía”, Eugenio Gil imaginaría visitar el sepulcro de su hermano, el cual describiría en estos términos:

“Heme aquí por encanto de mi ensueño en el cementerio de la parroquia católica de Berlín, llamada santa Eduvigis. Heme aquí arrodillado ante un modesto, pero elegante sepulcro, rodeado de flores, y ostentando una cruz de hierro con los extremos dorados y en su bajorrelieve un ángel en actitud llorosa”.

La tumba y el destino berlinés de Gil y Carrasco serían, a partir de este momento, motivo de sucesivas composiciones poéticas durante los años siguientes a su muerte. Para empezar, en la patria del poeta, la noticia de su fallecimiento halló escaso eco, fuera de alguna breve nota necrológica y algún poema de circunstancias. Así, por ejemplo, el 14 de junio de 1846, el “Semanario pintoresco español”, publicaba una poesía del bilbaíno Valentín de Aldana dedicada “A la memoria de Don Enrique Gil”, en la que, tras lamentar la muerte del poeta, se concluía con esta quintilla:

“Solo quiero que escondida,
Yazga la humilde violeta,
De mi jardín desprendida,
Como lágrima perdida
En la tumba de un poeta”.

María de Sajonia-Weimar, por Droege, 1843.
Ya veremos cómo posteriormente se repetirá este deseo de depositar la emblemática flor sobre la tumba del poeta. En Berlín, mientras tanto, Fernando de la Vera e Isla (¿?-1891), encargado de negocios de la Embajada española y amigo del malogrado poeta berciano, haría plantar flores en la tierra que cubría su sepultura y dedicaría a su memoria las octavas reales del poema “En la tumba de D. Enrique Gil”, publicado en 1852. En la última estrofa, Vera ofrendaba así las flores recién plantadas sobre la tumba de su amigo: [4]

“¡Ay! esas flores, que mi amor te envía,
Regadas con el llanto de  mis ojos,
Eran ayer emblema de alegría;
Hoy lo son de la muerte y los enojos.
Al esparcirlas en la tumba fría,
Que guarda para siempre tus despojos,
Imagen son a mi angustiada mente
Del bien pasado y del dolor presente”.

Joseph Mendelsshon, por Wilhelm Ternite, 1830.
En 1855, el ya mencionado Eugenio Gil y Carrasco publicaría un opúsculo con la anteriormente referida biografía-ensoñación del poeta y una serie de composiciones poéticas dedicadas a la memoria de su hermano. Destaca, entre estos poemas de añoranza familiar, el soneto “Un lirio por corona”, destinado a acompañar una ofrenda floral a su hermano a la vez que expresar gratitud a los dos amigos que habían velado por el cuidado del sepulcro berlinés del poeta: [5]

“Flores busqué para en la tumba aislada
¡Ay hermano infeliz! donde reposas
Una corona de brillantes rosas
Suspender con mis lágrimas regada.
Tu memoria en las sombras de la nada,
Las emociones tiernas, generosas,
Muertas hallé. ¡Las nieblas silenciosas
Del norte sean tu corona helada!
Sólo una cruz y rosas naturales
Ofrenda pura de amistad sincera,
En derredor de tu sepulcro veo.
¿Quién ha puesto esa cruz?¿Quién los rosales?
Urbistondo la cruz, las flores Vera.
¡Oh, perdón, amistad! Aún en ti creo”.

Catedral de Sta. Eduvigis, por Kolb, 1850
La siguiente visita poética a la tumba berlinesa de Gil y Carrasco sería protagonizada por la “Epístola a Pedro” del abulense Eulogio Florentino Sanz (1822-1881), a la sazón secretario de la legación española en Berlín y, como hartas veces se ha repetido, traductor de un selecto ramillete de lieder de Heinrich Heine que influyeron decisivamente en la lírica de Bécquer. Sanz escribió este poema en forma de epístola en verso a su amigo Pedro Calvo Asensio, director de ”La Iberia”, donde fue publicado el 26 de febrero de 1856, en fechas cercanas al décimo aniversario del fallecimiento de Gil y Carrasco. [6]

La Epístola de Sanz es uno de los poemas más singulares del siglo XIX español por su tono lírico-narrativo, que huye del estilo declamatorio de la poesía anterior y cristaliza en condensados aforismos poéticos. La extensa epístola se estructura en tres nostalgias, siendo la primera el recuerdo de la patria desde el extranjero:

“¡Allí mi juventud!...¡ay! ¿quién no ha oído,
desde cualquier región, ecos de aquella
donde niñez y juventud han sido?
Hoy mi vida de ayer, pálida y bella,
múltiple se repite en mis memorias,
como en lágrimas mil única estrella…”

La segunda melancolía se refiere a la primavera, evocada en pleno invierno berlinés al “recordar el toldo de esmeralda / que antes bordó el abril, en donde ahora / nieve septentrional tiende su falda”. En este punto de la epístola, la imaginación de Sanz vuela hasta un paseo en una tarde del pasado mes de mayo, que le condujo extramuros de la ciudad hasta un camposanto berlinés, del que se destaca su laberíntica espesura  de jardín:

“A su verdor del Norte sin segundo,
de un frondoso jardín los laberintos
atrajeron mi paso vagabundo…
En armoniosa confusión distintos,
cándidos nardos y claveles rojos,
tulipanes, violas y jacintos,
De admirar el vergel diéronme antojos;
y perdíme en sus vueltas, rebuscando,
ya que no al corazón, pasto a los ojos”.

Refuerza esta amenidad primaveral del “jardín de sepulturas” berlinés, el brutal contraste que Sanz establece con los cementerios españoles de la época: “Dentro de nuestros muros funerales / jamás brota una flor… Mal brotaría / de ese alcázar de cal y mechinales”. La tercera melancolía se deriva de tropezar casualmente, en este camposanto berlinés, con la tumba de un poeta español:

 “¡Mas sola allí… sin flores… sin verdura…
bajo su cruz de hierro se levanta
de un hispano cantor la sepultura!
¡Pobre césped marchito! ¿Quién diría
que el cantor de las flores, en tu seno
durmiera tan sin flores algún día!”

Eulogio Florentino Sanz, por Suárez Llanos, 1854.
Conmovido por esta soledad y abandono, Sanz corta una única violeta que se mecía al viento, o “favonio” como él dice, en el sepulcro cercano de una doncella y la ofrece a la tumba del poeta. Tiene presentes Sanz los versos de Gil y Carrasco premonitorios de su tumba en el poema “La violeta”, antes citados, y con esta ofrenda intenta cumplir o satisfacer, en parte, el deseo del fallecido poeta de ser acompañado en su tumba por una violeta que iría a parar al enternecido seno de una joven doncella. Sanz explica este cumplimiento de la premonición de Gil y Carrasco, citando versos originales del poeta leonés y desarrollándolos, a continuación, con delicadeza exquisita:

“¡Por las desiertas y sombrías calles
donde muere tu féretro escondido
no pasa, no, la virgen de los valles!
Una vez que ha pasado… no ha venido…
Trajéronla con rosas… A tu lado,
la virgen desde entonces ha dormido…
(…) ¡Recibe con mi adiós tu violeta!
la tumba de la virgen te la envía…
¡Y al unirse la flor con su poeta,
ya en el ocaso agonizaba el día!”

En esta última nostalgia de la Epístola, Sanz continúa con el tono íntimo y sincero de un diálogo poético, aunque prescinde, en este punto, de su corresponsal madrileño, y pasa a dirigir sus reflexiones al extinto Gil y Carrasco. La Epístola de Sanz se torna, así, en un melancólico y fraternal coloquio entre dos poetas desterrados; y sobre todo, se convierte en un diálogo entre dos visiones poéticas de la tumba y la posteridad: por un lado, el poema “La violeta”, premonitorio, y por otro la “Epístola” que constata la frustración de las ilusiones del poeta fallecido y concluye con un gesto de esperanza en el cumplimiento del deseo inicial.

Día de Difuntos (Hedwigskirchhof), por Skarbina, 1896.
No nos constan más ofrendas poéticas a la tumba berlinesa de Gil y Carrasco con posterioridad a la Epístola de 1856. En infinidad de ocasiones, biógrafos y estudiosos han referido los avatares de la sepultura de Gil y Carrasco, que en 1987 finalizaron con la repatriación de sus pretendidos restos mortales a la Iglesia de San Francisco en la localidad natal del poeta, Villafranca del Bierzo (León). [7]

Habría bastado para evitar esta inoportuna remoción de sus restos humanos con reparar, simplemente, en cuán irrelevante resulta el paradero de huesos y cenizas, al lado de la condición inmaterial de la poesía, como el propio poeta señaló respecto de “La voz del ángel”: “Que no es acento mortal / El que vibra en tu garganta; / Es de una patria ideal / Recuerdo que se levanta / Del cielo al azul cristal”.

Preferimos pensar, por nuestra parte, que el vagaroso espíritu de Enrique Gil y Carrasco continúa en su tumba berlinesa y allí esperanzado aguarda todavía la llegada de la hermosa doncella que se conmueva con su enmudecida voz y se lleve prendida en su  compasivo seno… la recién cortada violeta.

[1] En su poema en prosa “Anochecer en San Antonio de la Florida”, publicado en “El Correo Nacional” en 1838.
[2] En el Episodio nacional titulado “La Estafeta romántica”, capítulo XI, Galdós sitúa a José García de Villalta y Enrique Gil y Carrasco en el domicilio de Espronceda, a quien acaban de comunicar el suicidio de Larra, y a continuación añade que “Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de Fígaro con el mayor lucimiento posible”…
[3] Versos iniciales del poema “A propósito de flores” en “Desolación de la quimera”.
[4] Poema incluido en los “Ensayos poéticos” de Fernando de la Vera e Isla, publicados en Paris, 1852.
[5] La biografía que Eugenio Gil dedicó a su hermano, “Un ensueño – Biografía”,  y los poemas “A mi hijo”, “La primavera de 1846” y “Un lirio por corona” figuran como introducción en la edición de las “Poesías líricas” de Enrique Gil y Carrasco en 1873.
[6] Sanz permaneció en Berlín de enero de 1855 a febrero de 1857. En noviembre de 1856, recibió la visita del diplomático y escritor Juan Valera, quien menciona a Sanz en la primera de sus “Cartas desde Rusia”: “Anoche, Florentino Sanz y yo hicimos de Fausto y Mefistófeles con dos modistillas muy guapas, y nos regocijamos en grande en una taberna”…

5 de noviembre de 2011

Los cementerios de Cernuda

Luis Cernuda en 1937 por Gregorio Prieto.
A principios de noviembre, la visita a los camposantos evoca infinidad de fúnebres poemas: “En un cementerio de lugar castellano” de Unamuno, “Cementerio en Broadway” de Juan Ramón Jiménez, “Cementerio de 1800” de Agustín de Foxá, etc.

A este respecto, sin duda, uno de los poetas de nuestro siglo XX que con más profusión y hondura ha tratado el tema funerario en su obra es el sevillano Luis Cernuda (1902-1963).

Al menos cuatro poemas cernudianos versan directamente sobre camposantos: “Cementerio en la ciudad”, “Elegía anticipada”, “El cementerio” y “Otro cementerio", a los cuales cabría añadir por su proximidad temática “Dos de noviembre”.

En esta serie de poemas de cementerio, aborda Cernuda, desde luego, los motivos centrales de su mundo poético, tales como la muerte, la creación artística, la soledad, el olvido, etc.

La mayoría de estos poemas tienen un planteamiento inicialmente descriptivo y presentan al cementerio como un jardín antiguo o un jardín cerrado caracterizado con otros ingredientes temáticos frecuentes en la lírica cernudiana: los árboles, el canto de aves, muros, evocaciones históricas, etc.

Este tema del jardín cerrado como lugar paradisíaco y aislado de mundanales preocupaciones resulta, desde luego, recurrente en la creación literaria de Cernuda. Así, entre los poemas en prosa recogidos en Ocnos (1942), el autor dedica una bella estampa a un “Jardín antiguo”:

“Se atravesaba primero un largo corredor oscuro. Al fondo, a través de un arco, aparecía la luz del jardín, una luz cuyo dorado resplandor teñían de verde las hojas y el agua de un estanque. (…)
En el silencio circundante, toda aquella hermosura se animaba con un latido recóndito, como si el corazón de las gentes desaparecidas que un día gozaron del jardín palpitara al acecho tras las espesas ramas”.

Asimismo, en su narración breve El viento de la colina (1938), Cernuda nos presenta la “huerta abandonada” de un palacio:

“Un jardinero de la ciudad la cuidó años atrás, y sus viejas manos, expertas en acariciar raíces y pétalos, intentaron trazar un jardín cortesano entre aquellas tapias rudas que en primavera se adornaban de campanillas azules”.

A lo largo de su obra poética también resulta notable la presencia de este simbolismo del jardín como dichosa arcadia de sensual naturaleza, cuya quietud se ve hostigada por el paso del tiempo. Así, en sus Primeras poesías (1924-1927), la composición XXIII comienza con la siguiente estrofa:

“Escondido entre los muros
Este jardín me brinda
Sus ramas y sus aguas
De secreta delicia”.

Sin embargo, las sombras nocturnas avanzan y acaban con el gozoso instante: “Mas el tiempo ya tasa / El poder de esta hora”.

En su siguiente poemario, Égloga, elegía, oda (1927-1928), ambos temas, idílico jardín y tiempo fugaz, confluyen en la primera visita poética al cementerio. Se trata del “Homenaje” a un poeta cuyo nombre no se menciona, composición que comienza con una descripción de la tumba visitada:

“Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre…”.

Pese al tiempo y la muerte, la gloria del poeta mantiene viva su palabra: “Siempre joven su voz, late y oscila, / Al mundo de los hombres va cantando”.

Sin embargo, Cernuda no se engaña respecto de la inmortalidad artística y se pregunta por la finitud terrenal del poeta homenajeado:

“Mas el vuelo mortal tan dulce ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde”.

Concluye, así, Cernuda que la voz del poeta es tan sólo un eco pues “ya no siente / Quien le infundió tan lúcida hermosura”.

Bien, demos un salto en la evolución poética de Cernuda y situémonos en la madurez creativa de Las nubes (1934-1940). Ya en este punto de su obra, el autor franquea la frontera divisoria entre vivos y muertos, de manera que dirige sus palabras directamente a los difuntos o atribuye a éstos cualidades sensoriales y vitales.

En este poemario el tema de la muerte es recurrente y suele presentarse desde una perspectiva positiva como delicado olvido y triunfante liberación de la sórdida existencia.

Esta idea de plenitud de la muerte sobre la vida se expresa abiertamente en la conclusión de “Lázaro” o en el homenaje “A un poeta muerto”:

“La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de su vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables”.

Similar concepto esperanzado de la muerte se repite en el Epitafio de “La Adoración de los Magos”:

“La delicia, el poder, el pensamiento
Aquí descansan. (…)
Ahora la muerte acuna sus deseos,
Saciándolos al fin…”.

Cernuda se aleja de la amarga existencia y se acerca “A Larra con unas violetas” para encontrar comprensión entre los ausentes: “Quien habla ya a los muertos / Mudo le hallan los que viven”.

Otras imágenes de la muerte en este poemario son más cercanas a su experiencia vital directa y muestran una imagen menos acogedora de la muerte.

Como es sabido, Cernuda acompañó al niño José Sobrino en sus últimos instantes de vida y al pudoroso y digno fallecimiento de este muchacho vasco, exiliado en Inglaterra, dedicó “Niño muerto”.

En esta composición imagina el poeta que el niño difunto puede oír a través de la tierra que le cubre y recordar también sus días pasados en el mundo:

“Si llegara hasta ti bajo la hierba
Joven como tu cuerpo, ya cubriendo
Un destierro más vasto con la muerte,
De los amigos la voz fugaz y clara,
Con oscura nostalgia quizá pienses
Que tu vida es materia del olvido”.

Concluye el poema Cernuda mostrando su melancólica piedad hacia el difunto y su deseo de acompañarle en su solitario olvido: “Profundamente duermes. Mas escucha: / Yo quiero estar contigo; no estás solo”.

La preocupación por la soledad de los muertos y la atribución de capacidades perceptivas a éstos también está presente en “Cementerio en la ciudad”. 

Como suele ocurrir en los poemas de cementerio cernudianos, la composición comienza por una visión inicial del campo santo desde la verja de entrada:

“Tras de la reja abierta entre los muros,
La tierra negra sin árboles ni hierba…”

Tras esta presentación del recinto mortuorio, el poeta gira su vista por el barrio que rodea al cementerio:

”En torno están las casas, cerca hay tiendas,
Calles por las que juegan niños, y los trenes
Pasan al lado de las tumbas…”

Por un momento, la descripción del lugar funde en una coincidente estampa las fachadas con ropa tendida o con borrosas lápidas:

“Como remiendos de las fachadas grises,
Cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
De las losas con muertos de dos siglos…”

A continuación de este primer movimiento descriptivo del poema, Cernuda especula con el estado de ánimo de estos antiguos muertos: “Mas cuando el sol despierta, / (…) / En lo hondo algo deben sentir los huesos viejos”.

Enclavado en el seno de un sórdido barrio con humo de fábricas, tráfago de trenes, voces de taberna, etc., para estos antiguos y anónimos difuntos este cementerio no es el apacible jardín donde encontrar “el sueño silencioso de la muerte”:

“Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
Con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza”.

Se cierra el poema con una invocación directa de Cernuda a los inquilinos de este cementerio, en la que muestra su compasión hacia estos extintos y olvidados seres humanos:

“No es el juicio aún, muertos anónimos,
Sosegaos, dormid; dormid si es que podéis”.

A continuación de este poema y en acusado contraste con el yermo y sórdido lugar descrito, en el poemario que nos ocupa aparece “Jardín antiguo”, evocación del risueño jardín tantas veces recordado en su obra:

“Ir de nuevo al jardín cerrado,
Que tras los arcos de la tapia,
Entre magnolios, limoneros,
Guarda el encanto de las aguas”.

En la siguiente entrega poética de Cernuda, Como quien espera el alba (1941-1944), son tres los cementerios visitados por el poeta.

En primer lugar, nos encontramos con una nocturna visita a “Las ruinas”, bañadas en luz lunar e invadidas por la naturaleza circundante:

“Silencio y soledad nutren la hierba
Creciendo oscura y fuerte entre ruinas…”

Arcos, plazas, columnas, altares… permanecen incólumes en ausencia de sus creadores: “Todo está igual, aunque una sombra sea / De lo que fue hace siglos mas sin gente”.
Entre las ruinas se distingue una “avenida de tumba y cipreses” y en este cementerio perdura el ajuar funerario de sus ausentes muertos:

“En las tumbas vacías, las urnas sin cenizas,
Conmemoran aún relieves delicados
Muertos que ya no son sino la inmensa muerte anónima,
Aunque sus prendas leves sobrevivan:
Pomos ya sin perfume, sortijas y joyeles…”

Las ruinas muestran que los mortales somos de naturaleza frágil pero capaces de concebir lo eterno y, en consecuencia, “aptos para crear lo que resiste al tiempo”.

A continuación, se dirige el poeta a Dios para reprocharle la injusticia de habernos hecho perecederos al tiempo de infundirnos la sed de eternidad: “Para morir, ¿por qué nos infundiste / La sed de eternidad…?”

Acto seguido, se responde el autor a esta cuestión negando la existencia de Dios y sublimando la transitoria vida humana por su efímera manifestación de la belleza. Las ruinas en su abandono son, así, una clara demostración de lo que es la vida: “Delirio acaso hermoso cuando es corto y es leve”.

Se convierte así el poema, finalmente, en un melancólico canto a la débil naturaleza humana, triunfante en sus limitaciones sobre el omnímodo poder divino: “El afán de llenar lo que es efímero / De eternidad, vale tu omnipotencia”.

Desde su exilio inglés, evoca un idílico cementerio andaluz en “Elegía anticipada”. La primera estrofa del poema nos ofrece una visión panorámica del privilegiado enclave de este campo santo:

“Por la costa sur, sobre una roca
Alta junto a la mar, el cementerio
Aquel descansa en codiciable olvido
Y el agua arrulla el sueño del pasado”.

En la segunda estrofa, Cernuda nos sitúa, como de costumbre, en la verja de entrada al recinto para ofrecernos la estampa de un apacible y armonioso jardín:

“Desde el dintel, cerrado entre los muros,
Huerto parecería, si no fuese
Por las losas, posadas en la hierba
Como un poco de nieve que no oprime”.

Formula, a continuación, el autor su deseo de que “tras la muerte, / Quieres estar allá solo y tranquilo”.