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5 de octubre de 2011

Bradomín en la corte de Estella


Valle-Inclán por Zuloaga.
¡Cuanta mistificación en torno a la figura de Valle-Inclán! En lugar del dramaturgo afín a la generación del 98 que se nos había presentado, la lectura de su prosa desvela, por fin, su verdadera condición de ¡excelente, exquisito narrador modernista!

Asimismo, cuántas veces se nos ha caracterizado al marqués de Bradomín con las palabras que en la Sonata de invierno (1905) le dirige su tía la marquesa de Tor: “Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental”.

En oposición a la célebre cita, el personaje de Valle-Inclán aparece en sus aventuras justamente como todo lo contrario: seductor, aristocrático y sensual.

En la presente entrada, vamos a ocuparnos de la primera incursión de Valle-Inclán en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) de la mano de su personaje Xavier Bradomín en la cuarta y última entrega de sus sonatas, la antes citada Sonata de invierno.

En realidad, el pontevedrés Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) había vivido durante su infancia la última guerra carlista y a ella dedicó varios relatos breves y, sobre todo, la extraordinaria serie La guerra carlista, compuesta por la trilogía Los cruzados de la Causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antaño (1909).

La Sonata de invierno, al igual que las anteriores sonatas, está narrada en primera persona por el marqués de Bradomín, ya que toda la serie se presenta como unas supuestas memorias del aristócrata.

En esta última sonata, un anciano Bradomín evoca con nostalgia sus días de juventud y aventuras galantes:

“Como soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres por quienes en otro tiempo suspiré de amor: De una cerré los ojos, de otra tuve una triste carta de despedida, y las demás murieron siendo abuelas, cuando ya me tenían en olvido”.

Estos recuerdos traen a su memoria el último de sus enredos amorosos, que se dispone a contarnos en esta invernal sonata:

“Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!” 

Tras esta breve introducción, comienza el relato de la última de las seducciones de este decadente marqués, enrolado en el ejército carlista “por buscar lances de amor, de espada y de fortuna”. 

Los recuerdos invernales de Bradomín comienzan con la llegada de nuestro héroe a la corte del pretendiente al trono español Carlos María de Borbón (1848-1909): “Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte”.

Recién entrado en la capital de aquel reino embrionario, Bradomín se dirige a la iglesia de San Juan para asistir a la misa del Rey “todavía con el polvo del camino en acción de gracias por haber salvado la vida”.

Las impresiones de esta ceremonia con la que se inicia la novela sirven para caracterizar de forma precisa la militancia carlista de nuestro protagonista: ante los ojos de Bradomín ¡la corte carlista se representa como un mundo caballeresco de antigua y refinada estética!

La figura del rey, en la penumbra del templo, “se destacaba en medio de su séquito, admirable de gallardía y de nobleza, como un rey de los antiguos tiempos…”.

Más adelante, Bradomín también caracterizará a la reina doña Margarita como una princesa sacada de una leyenda medieval: “… deseé morir por aquella dama que tenía las manos como lirios, y el aroma de una leyenda en su nombre de princesa pálida, santa, lejana”.

De vuelta a la misa inicial de la novela, la predicación de la guerra santa desde el púlpito tendrá para Bradomín una especial resonancia en la lengua vasca del fraile:

“Aquellas palabras ásperas, firmes, llenas de aristas como las armas de la edad de piedra, me causaban impresión indefinible: Tenían una sonoridad antigua: Eran primitivas y augustas, como los surcos del arado en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maíz”.

Incluso, la atmósfera del interior del templo y las vestimentas eclesiásticas serán motivo de poéticas observaciones para Bradomín:

“El seminarista vistióse el roquete, y el sacristán vino a entregarle el incensario: El humo aromático llenaba el vasto recinto. Oíase el grave murmullo de las cascadas voces eclesiásticas que barboteaban quedo, mientras eran vestidas las albas de lino, los roquetes rizados por las monjas, y las áureas capas pluviales que guardan en sus oros el perfume de la mirra quemada hace cien años”.

A la salida del templo, un desfile de jinetes arrancará de Bradomín inequívocos ecos de la “Marcha triunfal” de Rubén Darío:

“Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines”.

Pero no pensemos que con estos ingredientes urde Valle-Inclán un relato pleno de trepidante acción e históricos sucesos, al estilo de los Episodios nacionales de Galdós…

Reparemos en el detalle de que la novela comienza en una corte de Estella, histórica a la vez que caballeresca, a la que llega Bradomín disfrazado con hábitos de monje. De guisa tan irreverente, se presenta el aventurero marqués en una corte rural caracterizada con el brillo de los libros de caballería.

En esta deliberada voluntad de contraste entre lo sórdido y lo poético, en esta voluntad de encontrar belleza en el fracaso y la derrota, reside la poderosa singularidad del estilo de esta Sonata invernal de Valle-Inclán.

De ese abrupto contraste entre la imaginería modernista y la ordinaria realidad saltan las deslumbrantes chispas del singular lenguaje valleinclanesco. Así, por ejemplo, son frecuentes las descripciones completadas con una asociación inusual a elementos cotidianos:  “…los ojos brillaban con fuego juvenil bajo la fosca nieve de las cejas”; “…suspiré inquietando con un beso apenas desflorado, una fresa del seno”; “… iba la luna sola, lejana y blanca como una novicia escapada de su celda”

Valle-Inclán es especialmente sensual en la descripción de la belleza femenina: “…con los senos palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las rosas encendidas de los labios...”.

Las percepciones sensoriales de nuestro autor captan observaciones que habrían pasado por alto en la narrativa realista del XIX. Así, un adjetivo nos da una pincelada cinética: “El viento de los montes nos azotó tempestuoso, helado, bravío, y nuestros ponchos volaron flameantes…”.

Con frecuencia, Valle muestra un oído especial para caracterizar los sonidos de la escena: “La tos del fraile, el rosmar de la vieja, el soliloquio del reloj, me parecía que guardaban un ritmo quimérico y grotesco, aprendido en el clavicordio de alguna bruja melómana”.

Finalmente, la prosa de Valle alcanza el máximo grado de captación sensorial en sus frecuentes sinestesias: “Un velo de niebla ondulaba en las ráfagas del aire”.

5 de marzo de 2011

El carnaval Darío

Rubén Darío.
Señoras y señores, damas y caballeros, ante todos ustedes se presenta el mayor prestidigitador de palabras en nuestra lengua, el mágico orfebre de los ritmos sonoros, el maestro pirotécnico de las exóticas rimas…

En esta época del año es inevitable acordarse de los versos que ha dedicado al Carnaval el movimiento literario que mejor ha sabido entenderlo: el Modernismo.

Así, por ejemplo, el argentino Leopoldo Lugones (1874-1938) dedicó al tema varios sorprendentes poemas como “Plegaria de Carnaval”, “La última careta”, etc., y la uruguaya Delmira Agustini (1886-1914) comienza su “Carnaval” con aquellos conocidos versos:

“Frufrúes, tintines,
Sedas, cascabeles,
Collares de risas,
Chillidos alegres !
-¿ Quién es ?... Adelante !
- Soy yo... Carnaval !
( Tintines, perfumes,
Reír de cristal)…”.

Rubén Darío
Sin embargo, será el adalid del modernismo hispánico, el colosal Rubén Darío (1867-1916), quien más atención habría de prestar al tema en su poesía.

En sus Prosas profanas y otros poemas (1896) apareció su “Canción de carnaval”, compuesta de una serie de estrofas con un ágil esquema rítmico: 8a, 8b, 8a, 5b.

En consonancia con la liviana métrica, el léxico resulta también alado y alegre: predominan adjetivos como ligero, jovial, risueño, raudo, fresco, etc., y verbos de gráciles acciones como gozar, reír, girar, danzar, volar, jugar, piruetear, etc.

Al principio del poema, Darío se dirige a la Musa para incitarla a participar en el carnaval:

“Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.
Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.
Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa...”.

Pierrot et Colombine.  Beltrán-Massés.
La canción está escrita durante una larga estancia del poeta en Buenos Aires y no faltan en los versos alusiones a personajes y lugares porteños. Por ejemplo,  menciona a un conocido payaso inglés afincado en Argentina en una inverosímil rima:

“Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown”.

Tampoco faltan en el poema la recurrente mención de Rubén Darío a los personajes de la Commedia dell'arte. Así, por ejemplo, se refiere al mimo enamorado de la Luna, Pierrot, en la siguiente estrofa:

“Que él te cuente cómo rima
sus amores con la Luna
y te haga un poema en una
pantomima”.

Pierrot et Colombine. Pablo Picasso.
Finalmente, el autor invita a la Musa a inspirar versos alegres para celebrar el carnaval y concluye deseando el triunfo de su espíritu jovial y acrobático, calificado con un adjetivo que ocupa, él sólo, en una última pirueta verbal, todo el último verso del poema:

”Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales. (…)
Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
¡la victoria de tu risa
funambulesca!”.

Carnaval. Joaquín Torres García.
También en Prosas profanas…, el poema “El faisán” se refiere al carnaval y convoca, de nuevo, la galería de personajes de la  Commedia dell'arte. Se compone de una serie de tercetos dodecasílabos, exquisitos y sensuales, donde se desarrolla la historia de un encuentro galante entre el poeta disfrazado de Pierrot y su hermosa amante:

“…La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.
La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña. (…)
Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.

La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa…”.

Con la llegada del nuevo día, el sol, travestido de “faisán cubierto de plumas de oro”, responderá a las dudas del poeta con estas palabras: “¡Pierrot!, ¡ten por cierto / que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!”. Sugiere, así, el poema, completando el juego de enmascaramientos de carnaval, que durante la noche la Luna se ha disfrazado de la amante circunstancial del poeta-Pierrot.

Rubén Darío.
En un poemario posterior, Canto a la Argentina y otros poemas (1914), encontramos también el “Pequeño poema de carnaval”, escrito en París unos años antes y dedicado a la señora de Leopoldo Lugones. La métrica de esta composición es un verdadero tour de force poético, de verso ágil y rima reiterativa: 7a, 7a, 7a, 7b, 7c, 7c, 7c, 7b.

En el poema, Darío se dirige a la esposa de su amigo para responder graciosa y delicadamente al reproche que Lugones le hacía de tener descuidado el cultivo de la poesía:

“Ha mucho que Leopoldo
me juzga bajo un toldo
de penas (…)
Juzga este ser titánico
con buen humor tiránico
que estoy lleno de pánico,
desengaño o esplín,
porque ha tiempo no mana
ni una rima galana
ni una prosa profana
de mi viejo violín…”.

Darío por Vázquez Díaz en 1912.
Dispuesto a desmentir esta acusación, el poeta protesta gentilmente ante la esposa de su amigo:

“…No hay tal, señora mía.
Y aquí vengo este día,
lleno de poesía,
pues llega el Carnaval,
a hacer sonar, en grata
hora, lira de plata,
flauta que olvidos mata,
y sistro de cristal…”.

A continuación, Darío describe el carnaval parisino y alaba la ciudad de París:

“…que es la única en el mundo
donde en sueños me hundo
con lo dulce y profundo
del gozo de vivir…”.

El carnaval vuelve a ser una ocasión para la celebración de la belleza, sin que falten en el poema ni la mención de los símbolos modernistas (musas, flauta de Pan, sistro, laurel, rosas, etc.) ni la habitual serie de dioses y figuras paganas (Orfeo, Venus, Apolo, etc.)

También en prosa escribió Rubén Darío sobre el carnaval durante su estancia en nuestro país como corresponsal de la prensa argentina. En la serie de crónicas sobre la España finisecular enviadas desde Madrid a La Nación de Buenos Aires de 1898 a 1900 y recogidas en forma de libro con el título de España contemporánea (1901), encontramos un artículo sobre el “Carnaval”.

Darío cartujo, 1913. Vázquez Díaz.
En estas crónicas, Darío traza con riquísima prosa e incisivas observaciones un impresionante cuadro de la España que acababa de perder sus últimas colonias de ultramar tras el desastre del 98. En esta línea de crítica social, observa al respecto del carnaval madrileño:

“Entretanto Madrid ha bailado como nunca. No hay recuerdo de una época en que las gentes se hayan entregado a tal ejercicio con mayor entusiasmo. (…) Los disfraces han abundado; y mientras uno materialmente no puede dar un paseo por las calles sin que le impidan el paso los mendigos, mientras la prostitución, comprendida la de la in­fancia y causada por el hambre en este buen pueblo, se instala a nuestros ojos a cada instante; mientras los atracos o robos en plena calle hacen protestar a la Prensa todos los días, se han gas­tado en los tres de carnaval trescientas mil pesetas en confetti y serpentinas”.

Parece una reflexión propia de la generación del 98, pero a renglón seguido Darío describe la escena que más le ha impresionado de este Carnaval madrileño y que resulta ser la visita a la familia real de una comparsa valenciana de dulzaineros de gira por España con fines benéficos. A los músicos acompaña una comparsa de bailarinas descrita en los siguientes términos:

“…la comparsa (…) florida de pañuelos y de ramos frescos y de mejillas finas como de seda de flor, y en los ojos de esas mujeres la sal­vaje y agresiva luz levantina; y los cuerpos eurítmicos y ricos de gracia sensual, cuellos de magnífica pureza, senos y piernas ar­moniosas”.

Darío cartujo, 1913. Pilar Muntaner.
Terminada la audiencia, la reina regente María Cristina de Austria y su hijo Alfonso XIII y sus cortesanos regresan a sus palaciegos aposentos y nuestro corresponsal apunta esta nota:

“La austriaca triste se ve como iluminada de música, el reyecito anémico debe sentir correr por sus venas un rojo estremecimiento; las princesas y los cortesanos sienten en medio de los muros antiguos y de los solitarios y maravillosos habitáculos, una invasión de aire libre, una irrupción de la vigorosa naturaleza, una momentánea aparición del alma sonora de la España popular”.

Estos son los elementos habituales del temario del poeta: la sensualidad, la música, la decadente aristocracia, etc. De estas observaciones de campo referidas en su crónica, extrae Darío la conclusión de que la España del desastre podría regenerarse gracias a este saludable y alegre espíritu popular, demostrado en los carnavales.

Hasta aquí nos ha llevado el carnaval de Darío, cosmopolita, vitalista y sensual. Un carnaval hecho con un verdadero festín de mágicos ritmos, radiantes palabras y rimas… funambulescas.