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22 de febrero de 2014

La tumba berlinesa de Gil y Carrasco



Retrato de caballero por Jugelet, 1830.
La vida y la obra del poeta, novelista y articulista leonés Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) fueron ambas breves como ocurrió, también, en otros casos de románticos españoles que descendieron prematuramente al sepulcro: Larra, Espronceda, Piferrer, Salas y Quiroga, etc.

En las ilustraciones del presente artículo, descartamos el habitual retrato del poeta, al no estar basado en imágenes reales de nuestro protagonista,  y preferimos plantear, en su lugar, un aspecto físico más acorde con la descripción que el propio Gil y Carrasco trazó de sí mismo en un escrito autobiográfico: “Su vestido era sencillo, rubia su cabellera, azules sus apagados ojos…”. [1]

Nacido en 1815 en Villafranca del Bierzo (León), el autor berciano, al parecer, abominó de su población natal y, en cambio, recreó literariamente en numerosas ocasiones la ciudad en donde posteriormente se estableció su familia y el poeta pasó los años felices de su infancia: Ponferrada.

Portada de una obra de Gil y Carrasco.
En la Ponferrada medieval está ambientada, precisamente, su conocida novela histórica “El Señor de Bembibre” (1844), cuyo éxito quizás haya eclipsado la deslumbrante calidad y personalidad de su reducida obra poética.

Fue, además, periodista en diarios de la época, crítico de teatro, autor de artículos de viajes y costumbres, etc. Se halló entre los jóvenes románticos de “El Parnasillo” que escoltaron el féretro de Larra y asistieron al nacimiento poético de Zorrilla cuando éste recitó a pie de tumba los versos al suicida “Fígaro”. [2]

De igual manera, Gil y Carrasco recitaría sus versos en el funeral de su amigo Espronceda: “¿Qué tengo yo para adornar tu losa? / Flores de soledad, llanto del alma, / flores ¡ay! sin fragancia deleitosa, / hiedra que sube oscura y silenciosa / por el gallardo tronco de la palma”.

Son memorables sus poemas patrióticos, de corte político liberal, especialmente el dedicado al fusilamiento del general Torrijos: “Costas del mar de Málaga encantada, / Si por vosotras algún día errante / Se extendiera mi vista desolada…”.

Pero, sin duda, lo más valioso de su obra son sus extensos poemas intimistas, cargados de simbolismo y delicadas imágenes, como “La niebla” (“Todo confuso y borrado / En tu seno aparecía / Vaporoso y nacarado / Y en celajes mil velado / Como luna en noche umbría”), “La campana de la oración” (“Todo en los ecos se mece /Del misterioso metal /Pero confuso aparece / Y sin contornos se ofrece / Como vapor matinal”…), “La caída de las hojas” ( “Las músicas de la vida / El silencio del no ser / Y la amarga despedida / Y la queja dolorida / De las hojas al caer”), etc.

Alexander von Humboldt, por Stieler, 1843.
Resultan impresionantes por su modernidad las meditaciones poéticas de “El Cisne”, “El ruiseñor y la rosa”, “La Violeta”, “El ensueño”, etc. Verdaderas obras cumbres de un romanticismo español melancólico, dolorido, impalpable, frágil e intimista.

Enfermo de tuberculosis, en varios poemas anticipa su cercana muerte e, incluso, llega a imaginar su propia tumba en “La Violeta”. En esta composición, una de sus más emblemáticas y conocidas, se dirige Gil y Carrasco a una violeta, flor con la que se siente identificado, en un momento de desesperación y abatimiento:

“Vengo a buscar mi huesa solitaria
Para dormir tranquilo junto a ti,
Ya que escuchaste un día mi plegaria,
Y un ser hermano en tu corola vi”.

Pide el autor a esta flor hermana que le acompañe sobre su ansiada sepultura: “Ven mi tumba a adornar, triste viola, / Y embalsama su oscura soledad…” y concluye, a continuación, imaginando que esta única flor sobre su tumba será cortada por una joven doncella que dedicará, entonces, un último recuerdo al enmudecido poeta:

 “Quizá al pasar la virgen de los valles,
Enamorada y rica en juventud,
Por las umbrosas y desiertas calles
Do yacerá escondido mi ataúd,
Irá a cortar la humilde violeta
Y la pondrá en su seno con dolor,
Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
¡Ya está callada el arpa del amor!”

Unter den Linden, por Gaertner, 1852.
En febrero de 1844, durante el breve ejercicio de su amigo Luis González Bravo como Presidente del Consejo de Ministros (1843-1844), el poeta berciano fue nombrado secretario de la legación española en Berlín, encargándole estudiar la Zollverein (Unión Aduanera Alemana) e iniciar negociaciones para restablecer relaciones diplomáticas con la corte de Prusia, rotas desde que durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840) el reino germano hubiese apoyado al bando carlista.

Die Granitschale im Lustgarten, por Hummel, 1831.
Gil y Carrasco estudiaría alemán denodadamente antes de zarpar rumbo a su destino desde el puerto de Barcelona en mayo de 1844. Inició, entonces, un largo periplo por ciudades centroeuropeas que le habría de conducir hasta la capital prusiana en septiembre de 1844. En Berlín, entablaría amistad con el naturalista Alexander von Humboldt, para quien llevaba carta de recomendación de Francisco Martínez de la Rosa, recibiría la Gran Medalla de Oro de Prusia concedida por el rey Federico Guillermo IV, establecería relación con el príncipe Carlos de Prusia y su esposa, la princesa María de Sajonia-Weimar, etc.

En el año 2000, el ayuntamiento de Ponferrada costeó la colocación de una placa en la fachada del domicilio berlinés de Gil y Carrasco, sito en Dorotheenstraße 41 (el edificio actual data de 1871 y está integrado en  la librería Dussmann das KulturKaufhaus desde 1997).

Vista de la Neue Wache, por Brücke, 1842.
La obra alemana conservada de Gil y Carrasco se reduce a las notas tomadas durante su itinerario centroeuropeo hasta Berlín en 1844 y publicadas póstumamente con el título de “Diario de viaje”. En estas notas, Gil y Carrasco describe sucintamente el rosario de ciudades de su peculiar itinerario: Düsseldorf, Aquisgrán, Colonia, Bonn, Wiesbaden, Maguncia, Frankfurt, Hamburgo, Gotinga, Hannover, Magdeburgo, etc. Lamentablemente, el Diario no recoge las impresiones de su llegada final a Berlín.

En las anotaciones de su Diario de viaje, Gil y Carrasco da muestras de una insaciable curiosidad a la par de una exquisita sensibilidad: se interesa por  usos y costumbres, comercio e industria, pero, sobre todo, se preocupa por obras arquitectónicas, galerías de arte, ecos literarios, leyendas tradicionales, paisajes montañosos de la ribera del Rhin, etc.

Torquato Tasso und die beiden Leonoren, por Sohn, 1839.
En sus notas de viaje, particularmente, se extasía ante el arte alemán contemporáneo que va encontrando a su paso, describiendo con fascinación obras de pintores románticos alemanes como Sohn (Torquato Tasso und die beiden Leonoren, 1839), Bendemann (Die trauernden Juden im Exil, 1832), Lessing (Johann Hus auf dem Konstanzer Konzil, 1842), Achenbach, Overbeck, etc.

En especial, Gil y Carrasco da muestras de ser un atento y delicado observador del paisaje, con pinceladas, a veces, de gran plasticidad pictórica. Así, por ejemplo, surcando las aguas del Rhin de regreso a Coblenza señala:

“La noche se puso muy oscura y tempestuosa y el Rhin, sumido en las tinieblas, formaba gran contraste con las luces de los pueblos que encontrábamos en su orilla, y que se pintaban en el agua en largos rastros. Los relámpagos dejaban ver de cuando en cuando las colinas lejanas con una tinta lívida y, sobre todo, a medida que nos acercábamos, revestían de una apariencia siniestra las encastilladas rocas de Ehrenbreitstein”.

Vista de Ehrenbreitstein, por Myles Birket Foster, 1856.
Gil y Carrasco fallecería en Berlín a consecuencia de tuberculosis el 22 de febrero de 1846 a la edad de 30 años. Resulta inevitable evocar en este trance los versos de Cernuda dedicados a la muerte de Keats por similar enfermedad en tierras igualmente extrañas para el poeta inglés: “Era un poeta joven, apenas conocido, / En su salida primera al mundo / Buscaba alivio a su dolencia / Cuando muere …”. [3]

Las honras fúnebres del poeta leonés serían celebradas en la catedral católica de Santa Eduvigis, ubicada en la Bebelplatz berlinesa, junto a la avenida Unter den Linden… cabe suponer que en presencia de diplomáticos y amigos. En un texto titulado “Un ensueño-Biografía”, imaginaría Eugenio Gil y Carrasco las exequias berlinesas de su hermano Enrique en estos términos:

Federico Guillermo IV, por Franz Krüger, 1846.
“Varios coches del cuerpo diplomático y de algunas personas distinguidas siguen al convoy fúnebre, mientras en la casa mortuoria se halla el barón Humboldt, el mayordomo del príncipe Carlos de Prusia, el banquero Mendelsshon y el ministro del Brasil. Las últimas lágrimas de tus amigos Urbistondo y D. Mateo Ballenilla, oficial de la república de Venezuela, caen sobre tu rostro helado”.

Sus restos mortales recibirían sepultura en el cementerio católico adscrito a la parroquia de Santa Eduvigis: el actual “Alter Domfriedhof der St.-Hedwigs-Gemeinde”, situado en Liesenstraße.

Su amigo José de Urbistondo costeó un sencillo monumento funerario, si bien las pertenencias de Gil y Carrasco hubieron de ser subastadas para sufragar las deudas pendientes por tratamiento médico, etc. De sus enseres personales, se conservaron en la embajada de Berlín cuadernos y notas que desaparecieron en la Segunda Guerra Mundial.

Carlos de Prusia, por Krüger, 1852.
En el citado texto “Un ensueño-Biografía”, Eugenio Gil imaginaría visitar el sepulcro de su hermano, el cual describiría en estos términos:

“Heme aquí por encanto de mi ensueño en el cementerio de la parroquia católica de Berlín, llamada santa Eduvigis. Heme aquí arrodillado ante un modesto, pero elegante sepulcro, rodeado de flores, y ostentando una cruz de hierro con los extremos dorados y en su bajorrelieve un ángel en actitud llorosa”.

La tumba y el destino berlinés de Gil y Carrasco serían, a partir de este momento, motivo de sucesivas composiciones poéticas durante los años siguientes a su muerte. Para empezar, en la patria del poeta, la noticia de su fallecimiento halló escaso eco, fuera de alguna breve nota necrológica y algún poema de circunstancias. Así, por ejemplo, el 14 de junio de 1846, el “Semanario pintoresco español”, publicaba una poesía del bilbaíno Valentín de Aldana dedicada “A la memoria de Don Enrique Gil”, en la que, tras lamentar la muerte del poeta, se concluía con esta quintilla:

“Solo quiero que escondida,
Yazga la humilde violeta,
De mi jardín desprendida,
Como lágrima perdida
En la tumba de un poeta”.

María de Sajonia-Weimar, por Droege, 1843.
Ya veremos cómo posteriormente se repetirá este deseo de depositar la emblemática flor sobre la tumba del poeta. En Berlín, mientras tanto, Fernando de la Vera e Isla (¿?-1891), encargado de negocios de la Embajada española y amigo del malogrado poeta berciano, haría plantar flores en la tierra que cubría su sepultura y dedicaría a su memoria las octavas reales del poema “En la tumba de D. Enrique Gil”, publicado en 1852. En la última estrofa, Vera ofrendaba así las flores recién plantadas sobre la tumba de su amigo: [4]

“¡Ay! esas flores, que mi amor te envía,
Regadas con el llanto de  mis ojos,
Eran ayer emblema de alegría;
Hoy lo son de la muerte y los enojos.
Al esparcirlas en la tumba fría,
Que guarda para siempre tus despojos,
Imagen son a mi angustiada mente
Del bien pasado y del dolor presente”.

Joseph Mendelsshon, por Wilhelm Ternite, 1830.
En 1855, el ya mencionado Eugenio Gil y Carrasco publicaría un opúsculo con la anteriormente referida biografía-ensoñación del poeta y una serie de composiciones poéticas dedicadas a la memoria de su hermano. Destaca, entre estos poemas de añoranza familiar, el soneto “Un lirio por corona”, destinado a acompañar una ofrenda floral a su hermano a la vez que expresar gratitud a los dos amigos que habían velado por el cuidado del sepulcro berlinés del poeta: [5]

“Flores busqué para en la tumba aislada
¡Ay hermano infeliz! donde reposas
Una corona de brillantes rosas
Suspender con mis lágrimas regada.
Tu memoria en las sombras de la nada,
Las emociones tiernas, generosas,
Muertas hallé. ¡Las nieblas silenciosas
Del norte sean tu corona helada!
Sólo una cruz y rosas naturales
Ofrenda pura de amistad sincera,
En derredor de tu sepulcro veo.
¿Quién ha puesto esa cruz?¿Quién los rosales?
Urbistondo la cruz, las flores Vera.
¡Oh, perdón, amistad! Aún en ti creo”.

Catedral de Sta. Eduvigis, por Kolb, 1850
La siguiente visita poética a la tumba berlinesa de Gil y Carrasco sería protagonizada por la “Epístola a Pedro” del abulense Eulogio Florentino Sanz (1822-1881), a la sazón secretario de la legación española en Berlín y, como hartas veces se ha repetido, traductor de un selecto ramillete de lieder de Heinrich Heine que influyeron decisivamente en la lírica de Bécquer. Sanz escribió este poema en forma de epístola en verso a su amigo Pedro Calvo Asensio, director de ”La Iberia”, donde fue publicado el 26 de febrero de 1856, en fechas cercanas al décimo aniversario del fallecimiento de Gil y Carrasco. [6]

La Epístola de Sanz es uno de los poemas más singulares del siglo XIX español por su tono lírico-narrativo, que huye del estilo declamatorio de la poesía anterior y cristaliza en condensados aforismos poéticos. La extensa epístola se estructura en tres nostalgias, siendo la primera el recuerdo de la patria desde el extranjero:

“¡Allí mi juventud!...¡ay! ¿quién no ha oído,
desde cualquier región, ecos de aquella
donde niñez y juventud han sido?
Hoy mi vida de ayer, pálida y bella,
múltiple se repite en mis memorias,
como en lágrimas mil única estrella…”

La segunda melancolía se refiere a la primavera, evocada en pleno invierno berlinés al “recordar el toldo de esmeralda / que antes bordó el abril, en donde ahora / nieve septentrional tiende su falda”. En este punto de la epístola, la imaginación de Sanz vuela hasta un paseo en una tarde del pasado mes de mayo, que le condujo extramuros de la ciudad hasta un camposanto berlinés, del que se destaca su laberíntica espesura  de jardín:

“A su verdor del Norte sin segundo,
de un frondoso jardín los laberintos
atrajeron mi paso vagabundo…
En armoniosa confusión distintos,
cándidos nardos y claveles rojos,
tulipanes, violas y jacintos,
De admirar el vergel diéronme antojos;
y perdíme en sus vueltas, rebuscando,
ya que no al corazón, pasto a los ojos”.

Refuerza esta amenidad primaveral del “jardín de sepulturas” berlinés, el brutal contraste que Sanz establece con los cementerios españoles de la época: “Dentro de nuestros muros funerales / jamás brota una flor… Mal brotaría / de ese alcázar de cal y mechinales”. La tercera melancolía se deriva de tropezar casualmente, en este camposanto berlinés, con la tumba de un poeta español:

 “¡Mas sola allí… sin flores… sin verdura…
bajo su cruz de hierro se levanta
de un hispano cantor la sepultura!
¡Pobre césped marchito! ¿Quién diría
que el cantor de las flores, en tu seno
durmiera tan sin flores algún día!”

Eulogio Florentino Sanz, por Suárez Llanos, 1854.
Conmovido por esta soledad y abandono, Sanz corta una única violeta que se mecía al viento, o “favonio” como él dice, en el sepulcro cercano de una doncella y la ofrece a la tumba del poeta. Tiene presentes Sanz los versos de Gil y Carrasco premonitorios de su tumba en el poema “La violeta”, antes citados, y con esta ofrenda intenta cumplir o satisfacer, en parte, el deseo del fallecido poeta de ser acompañado en su tumba por una violeta que iría a parar al enternecido seno de una joven doncella. Sanz explica este cumplimiento de la premonición de Gil y Carrasco, citando versos originales del poeta leonés y desarrollándolos, a continuación, con delicadeza exquisita:

“¡Por las desiertas y sombrías calles
donde muere tu féretro escondido
no pasa, no, la virgen de los valles!
Una vez que ha pasado… no ha venido…
Trajéronla con rosas… A tu lado,
la virgen desde entonces ha dormido…
(…) ¡Recibe con mi adiós tu violeta!
la tumba de la virgen te la envía…
¡Y al unirse la flor con su poeta,
ya en el ocaso agonizaba el día!”

En esta última nostalgia de la Epístola, Sanz continúa con el tono íntimo y sincero de un diálogo poético, aunque prescinde, en este punto, de su corresponsal madrileño, y pasa a dirigir sus reflexiones al extinto Gil y Carrasco. La Epístola de Sanz se torna, así, en un melancólico y fraternal coloquio entre dos poetas desterrados; y sobre todo, se convierte en un diálogo entre dos visiones poéticas de la tumba y la posteridad: por un lado, el poema “La violeta”, premonitorio, y por otro la “Epístola” que constata la frustración de las ilusiones del poeta fallecido y concluye con un gesto de esperanza en el cumplimiento del deseo inicial.

Día de Difuntos (Hedwigskirchhof), por Skarbina, 1896.
No nos constan más ofrendas poéticas a la tumba berlinesa de Gil y Carrasco con posterioridad a la Epístola de 1856. En infinidad de ocasiones, biógrafos y estudiosos han referido los avatares de la sepultura de Gil y Carrasco, que en 1987 finalizaron con la repatriación de sus pretendidos restos mortales a la Iglesia de San Francisco en la localidad natal del poeta, Villafranca del Bierzo (León). [7]

Habría bastado para evitar esta inoportuna remoción de sus restos humanos con reparar, simplemente, en cuán irrelevante resulta el paradero de huesos y cenizas, al lado de la condición inmaterial de la poesía, como el propio poeta señaló respecto de “La voz del ángel”: “Que no es acento mortal / El que vibra en tu garganta; / Es de una patria ideal / Recuerdo que se levanta / Del cielo al azul cristal”.

Preferimos pensar, por nuestra parte, que el vagaroso espíritu de Enrique Gil y Carrasco continúa en su tumba berlinesa y allí esperanzado aguarda todavía la llegada de la hermosa doncella que se conmueva con su enmudecida voz y se lleve prendida en su  compasivo seno… la recién cortada violeta.

[1] En su poema en prosa “Anochecer en San Antonio de la Florida”, publicado en “El Correo Nacional” en 1838.
[2] En el Episodio nacional titulado “La Estafeta romántica”, capítulo XI, Galdós sitúa a José García de Villalta y Enrique Gil y Carrasco en el domicilio de Espronceda, a quien acaban de comunicar el suicidio de Larra, y a continuación añade que “Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de Fígaro con el mayor lucimiento posible”…
[3] Versos iniciales del poema “A propósito de flores” en “Desolación de la quimera”.
[4] Poema incluido en los “Ensayos poéticos” de Fernando de la Vera e Isla, publicados en Paris, 1852.
[5] La biografía que Eugenio Gil dedicó a su hermano, “Un ensueño – Biografía”,  y los poemas “A mi hijo”, “La primavera de 1846” y “Un lirio por corona” figuran como introducción en la edición de las “Poesías líricas” de Enrique Gil y Carrasco en 1873.
[6] Sanz permaneció en Berlín de enero de 1855 a febrero de 1857. En noviembre de 1856, recibió la visita del diplomático y escritor Juan Valera, quien menciona a Sanz en la primera de sus “Cartas desde Rusia”: “Anoche, Florentino Sanz y yo hicimos de Fausto y Mefistófeles con dos modistillas muy guapas, y nos regocijamos en grande en una taberna”…

5 de abril de 2011

El fusilamiento de Torrijos

Fusilamiento de Torrijos (detalle).
Debemos al novelista, ensayista y editor alcarreño José Esteban Gonzalo (1936) sendas novelas históricas sobre los dos grandes héroes liberales del siglo XIX español. Este tándem de relatos comenzó con El himno de Riego (1984), memorias noveladas de Rafael del Riego (1785-1823) en las horas previas a su ejecución en 1823, y concluyó con La España peregrina (1988), diario de Torrijos en los días que condujeron a su fusilamiento en 1831.


Se trata de dos novelas independientes aunque con un similar planteamiento de memorias íntimas, con un mismo estilo lírico y reflexivo y, también, por supuesto, con un común designio de homenajear a ambos mártires de la libertad española.

Hace ya años que había leído la primera pero hasta hace pocas fechas no había tenido ocasión de leer la segunda de estas novelas.

José Esteban Gonzalo.
La España peregrina se presenta en un solo tomo dividido en dos partes o libros diferentes. El primero de ellos se titula “Unas páginas de Blanco-White” y consiste en una serie de apuntes puestos en la pluma de este autor acerca de la emigración liberal española en Londres durante la Ominosa década del reinado de Fernando VII (1823-1833).

Estas supuestas memorias de José María Blanco-White (1775-1841) están fechadas hacia el final de los días de su imaginario autor y parten de su necesidad de recordar a los emigrados liberales españoles que había tenido oportunidad de conocer unos años atrás. De esta forma, Blanco-White pretende dirigirse, ya en los últimos años de su existencia, por última vez a sus paisanos, reconciliándose así con la lengua española, que había dejado de cultivar desde su exilio:

José María Blanco-White.
“Durante años fue muy cierto que el escribir o hablar en mi propia lengua me fue doloroso. El eco de la hermosa y desgraciada lengua española traía a mi oído como un rumor de mazmorras en que hubiese sufrido encarcelamiento y grillos, heridas e insultos (…)

Pero al ver ahora, en el recuerdo, esta desgraciada cuan hermosa lengua, al escucharla de nuevo en boca de mis desgraciados compatriotas, volvió a parecerme hermosa. Porque supe entonces comprender que lo mismo que había sido portadora de inquisiciones sin cuento, también lo había sido, y ahora lo podía ver en mi propia alma, la que había errado por el mundo; la que había sabido expresar, también, desgracias y tragedias sin fin y la que en sus dulces poesías había sabido, también, llegar hasta el fin de la desesperación contra la injusticia”.

José María de Torrijos.
En estos deslavazados y emotivos apuntes, Blanco-White reflexiona sobre España, sobre religión, sobre su experiencia vital… a la vez que va desgranando sus evocaciones de una larga serie de liberales españoles refugiados en el barrio londinense de Somers Town durante la década de reinado absolutista: Joaquín Lorenzo Villanueva, Ángel Saavedra, Alcalá Galiano, Espronceda, Istúriz, Calatrava, Argüelles, Espoz y Mina, Torrijos, etc.

El segundo libro o segunda parte de nuestra novela se titula “El diario de Torrijos” y, de nuevo, Blanco-White se dirige brevemente al lector para presentar la transcripción de un valioso manuscrito, llegado a sus manos por misterioso conducto.

Se trata, nada más y nada menos, que del diario personal que el general  José María de Torrijos (1791-1831) llevó desde su partida de Londres en agosto de 1830 hasta las horas previas a su ejecución en diciembre de 1831.

Al igual que en la primera parte de la novela, el estilo de este diario es más reflexivo y lírico que narrativo. A lo largo de sus notas, Torrijos se nos presenta como infatigable enemigo del bárbaro absolutismo y ardoroso partidario de la libertad y prosperidad españolas. En referencia a las incursiones de Espoz y Mina y otros liberales por el norte de España a  finales de 1830, señala lo siguiente:

José María de Torrijos.
“…las crestas de los Pirineos se llenan hoy de valientes, anhelantes de pisar su tierra natal, olvidando que de ella habían sido arrojados y no culpan (nunca lo hicimos) al pueblo español, sino al fanatismo civil y religioso que lo había seducido y degradado. Nos aprestamos, pues, una vez más, a redimirlo de su abyección, haciendo resonar en sus pobres oídos las palabras hermosas de paz, prosperidad, libertad y ventura, que son los bienes que venimos a ofrecer en retribución de nuestros agravios y desgracias”.

Todo lo que acierta José Esteban en la documentación histórica de la obra y en la recreación psicológica de sus dos protagonistas, Blanco-White y Torrijos, sin embargo, todo eso mismo adolece su novela como narración de una serie de apasionantes sucesos.

Realmente, el propósito fundamental del autor no es relatar los hechos sino dar voz a sendos personajes históricos y guiar al lector por los motivos e ideales de ambos.

José María de Torrijos.
José Esteban sólo recrea diálogos y desarrolla episodios novelescos en el momento de acción más trepidante de los hechos históricos referidos, cuando Torrijos despliega una serie de ofensivas en la costa andaluza tendentes a provocar un pronunciamiento militar contra el absolutismo fernandino. Así, el diario cuenta la fugaz toma de La Línea de la Concepción por el mismo Torrijos en diciembre de 1830, la derrota de Manzanares, el fusilamiento de Jurado, etc.

En marzo de 1831, recuerda el diario el fracaso de la intentona liberal de Manzanares, la  dispersión y huída de sus hombres… La suerte del propio Manzanares es contada en los siguientes términos:

El Peñón de Gibraltar en 1810.
“Manzanares huye, pues, pensando encontrar el camino hacia Gibraltar. La noche es oscura y el fugitivo se encamina hacia la sierra de Gaucín, cuya abrupta vertiente le promete segura senda. No hay una sola estrella, ni un punto fijo en que mirar y el huido sólo piensa en la perfidia de la especie humana. Sigue ascendiendo la sierra hasta que consigue ver una luz que irradia un pequeño cortijo. Se acerca y encuentra a un pastor, rudo y taimado, que le escucha atento cuando Manzanares pide refugio donde guarecerse. El héroe, una vez más confiado, se entrega a su protección. Pero este taimado español, hijo de la perfidia inquisitorial y fernandina, le lleva hasta las tropas que esperaban a los huidos de la partida. Manzanares, al verse acorralado y perdido, mata al traidor de un disparo y después se atraviesa su valeroso pecho con la espada. Sabía que era carne de patíbulo y se negó a serlo”. [i]

De esta guisa, el final de la novela se convierte en un documentado y emocionante reportaje del precipitado desembarco de Torrijos y sus compañeros en la costa de Fuengirola, la traición de que son objeto, su persecución por la sierra de Mijas, su captura en una alquería a unos veinte kilómetros de Málaga… hasta el fusilamiento de todos ellos en las playas malagueñas de San Andrés el 11 de diciembre de 1831.

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Antonio Gisbert. 1888.
Llegamos, así, al momento final y culminante de la aventura de estos desdichados, cuyo desenlace imagina Torrijos en las últimas líneas de su diario:

“Iremos caminando por la playa, que se extiende ondulada hasta el infinito, con cierta dificultad y con fatiga. Nos acompañará la curiosa y anhelante multitud. Sonarán los tambores. Los capuchinos irán a nuestro lado dándonos sus últimos consuelos. De súbito, se parará la comitiva. Un toque destemplado y agudo de corneta, nos dejará inmóviles en el punto en que vamos a ser sacrificados. Todos, olvidan­do a los frailes, iremos a ocupar nuestro último lugar entre los vivos. Nos erguiremos frente a los fusiles. Yo volveré a reclamar mi derecho a dar la voz ejecutoria de fuego. No hay presente otro mariscal. Pero mis verdugos volverán a negarme ese honor último que me corresponde. (…) Unos nos abrazaremos emocionados; otros se aislarán en su definitivo silencio. Los soldados nos irán agrupando para fusilarnos. Yo estrecharé las manos de mis compañeros, me adelan­taré hacia el pelotón y cuando oiga el grito de ¡Fuego!, gritaré fuerte ¡VIVA LA LIBERTAD!, que es la última palabra que quiero oír en mi vida”. [ii]

Fusilamiento de Torrijos (detalle).
Previamente, Torrijos ha escrito una carta de despedida a su esposa, cuyo texto se reproduce entre las notas de su fingido diario.

En realidad, existió esta histórica misiva, que fue recogida y publicada en la “Vida del General D. José María de Torrijos y Uriarte”, biografía escrita por la viuda de nuestro héroe, Luisa Carlota Sáenz de Viniegra:

“Málaga, convento de Nuestra Señora del Carmen el día 11 de Diciembre de 1831 y último de mi existencia.

Amadísima Luisa mía: Voy á morir, pero voy á morir como mueren los valientes. Sabes mis principios, conoces cuán firme he sido en ellos, y al ir a perecer pongo mi suerte en 1a misericordia da Dios, y estimo en poco los juicios que hagan las gentes. (…)

De la vida a la muerte hay un solo paso y ese voy a darlo sereno en el cuerpo y el espíritu. He pedido mandar yo mismo el fuego a la escolta: si lo consigo tendré un placer, y si no me lo conceden me someto á todo, y hágase la volun­tad de Dios. Ten la satisfacción de que hasta mi último aliento te he amado con todo mi corazón. Considera que esta vida es mísera y pasagera y que por mucho que me sobrevivas, nos volveremos á juntar en la mansión de los justos á donde pronto es­pero ir, y donde sin duda te volverá á ver tu siempre hasta la muerte.- José María de Torrijos”.

José de Espronceda.
¡Impresionante carta por su precisión, su dignidad, su serenidad…escrita en circunstancias tan extremas!

El momento de la inmolación de nuestro héroe fue objeto, posteriormente, del conocido soneto “A la muerte de Torrijos y sus compañeros” por José de Espronceda (1808-1842):

“Helos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,

y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores”.

Las palabras de Espronceda no eran vana retórica, sino manifestaciones sinceras, vibrantes, de un expedicionario liberal en la fracasada campaña pirenaica de Espoz y Mina en 1830. Espronceda había figurado en el grupo de Joaquín de Pablo, “Chapalangarra”, y dedicó a la muerte de su jefe en una emboscada la elegía en donde dice aquellos versos:

“…Y vosotros, ¡oh nobles guerrerros!
de la patria sostén y esperanza,
abrasados en sed de venganza
odio eterno al tirano guardad…”

Enrique Gil y Carrasco.
Otro poeta romántico, Enrique Gil y Carrasco (1816-1845) ofrecería también unos delicados y melancólicos versos “A la memoria del General Torrijos”:

“…Costas del mar de Málaga encantada,
Si por vosotras algún día errante
Se extendiera mi vista desolada,
Se perdiera mi paso vacilante,

Arrodillado, con los ojos fijos,
Esa tumba sagrada adoraría,
Y la gigante sombra de Torrijos
Entre el sol del ocaso buscaría.

Paz, le dijera, a tu desierta losa;
Yo te cantara, y si laurel tuviera,
Yo dejaría su guirnalda hermosa
En la tranquila paz de esta ribera.

Mas, huésped de la bella Andalucía,
Cisne sin lago, bardo sin historia,
Mi perdido cantar empañaría
el rutilante sol de tu alta gloria”.

L'Espagne et Torrijos. Auguste Raffet. 1835.
El sacrificio de Torrijos y sus compañeros ha tenido otros innumerables ecos literarios: el capítulo que Thomas Carlyle (1795-1881) dedicó a nuestro general en The Life of John Sterling (1851), biografía del principal amigo y protector inglés de Torrijos…, la novela Los caudillos de 1830 (1918) perteneciente a la serie de las Memorias de un hombre de acción por Pío Baroja (1872-1956)… sin olvidarnos de Liberales y románticos (1954), el extraordinario ensayo de Vicente Lloréns sobre la emigración española en Inglaterra durante la Ominosa década… [iii]

¡Qué episodio tan heroico, novelesco y apasionante de nuestra historia! Merecerían ser los versos de Espronceda el verdadero himno de los patriotas y las últimas palabras de Torrijos el supremo lema de nuestra lengua. ¡Viva la libertad!



[i] A estos sucesos se refiere el absolutista Felicísimo Carnicero en el episodio “Los Apostólicos” de la segunda serie de Los Episodios Nacionales de Galdós: capítulo  XX: «¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados y el bribón de Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino! Que desembarquen más si quieren. El Gobierno se ha preparado, arma al brazo. Ahora, vengan pillos» (Capítulo XX).

[ii] La viuda de nuestro general, en la biografía de su marido, relataría así los instantes fatales del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros: “Marchó al punto preparado para el sacrificio con esa misma serenidad que había presentado en el campo de las lides. Siguió con paso firme el de su escolta, imitado en su valor por los que le seguían. Llegaron al sitio fatal… La tiranía, bajamente envidiosa y cobardemente avara de toda gloria para con su victima, no le permitió mandar el fuego y recibir la descarga sin vendarle los ojos, única gracia que mi esposo se había permitido pedir. Se manifestó urbanamente agradecido a su confesor: dio á conocer su satisfacción por la conformidad y entereza de sus compañeros, y saludando con estos el objeto de todos sus afanes y la causa que le había empeñado en este mis­mo sacrificio, con un enérgico VIVA LA LIBERTAD, cayó mi esposo, y cayeron todos sus 52 compañeros á los mortales rayos lanzados á la voz de la perfidia, por orden de la airada y sangrienta tiranía”.

[iii] En una litografía de época se dedicaban estos versos a Torrijos: “En cuerpo tan dispuesto, / en armas tan mañoso, / en ánimo tan esforzado, / en juicio tan delicado, / en condición tan bien quisto / y en edad tan mozo, / peleó y murió por la libertad / como caballero y como cristiano”.