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12 de agosto de 2011

Dos odas españolas a la Defensa de Buenos Aires

Pretendemos sumarnos a la reciente conmemoración del 205 aniversario de la Reconquista de Buenos Aires en agosto de 1806, con el recordatorio de dos odas españolas inspiradas por la heroica resistencia colonial a las invasiones inglesas de la época. Se trata de dos extensos poemas compuestos al calor de los acontecimientos históricos por el sevillano Alberto Lista (1775-1848) y el zamorano Juan Nicasio Gallego (1777-1853).

Santiago de Liniers.
Sabido es que, tras la derrota franco-española en Trafalgar en 1805, se sucedieron en las colonias españolas del Río de la Plata una serie de invasiones inglesas que tuvieron el efecto de incorporar la región a las Guerras Napoleónicas.

Inglaterra perseguía con este hostigamiento a nuestras colonias no sólo debilitar a un aliado napoleónico sino, además, ampliar su influencia americana, muy mermada después de la independencia de los Estados Unidos de América en 1783.

En la primera de las invasiones inglesas, en 1806, las tropas británicas ocuparon Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, durante 45 días y un ejército proveniente de Montevideo al comando de Santiago de Liniers consiguió la Reconquista de la ciudad.

Rafael de Sobremonte.
En la segunda de las invasiones, en 1807, los británicos tomaron inicialmente Montevideo y fueron rechazados en su intento de ocupar Buenos Aires gracias a la brava Defensa popular de la ciudad porteña.

Siguiendo la estela de las numerosas composiciones poéticas inspiradas en la batalla de Trafalgar, Alberto Lista y Juan Nicasio Gallego dedicaron sendas odas a ambas victorias españolas sobre las amenazas británicas. En relación con la Reconquista y Defensa de la ciudad, Lista  escribió su oda “A  la Restauración de Buenos Aires en 1806” (pese al titulo, el poema se refiere a hechos históricos acaecidos en 1806-1807). En relación con la segunda invasión británica, Gallego compondría su canto “A la Defensa de Buenos Aires (1807)”.

El poema de Lista “A  la Restauración de Buenos Aires…” está compuesto por una serie de sextetos de versos heptasílabos y endecasílabos, con rima en los dos versos finales de cada estrofa.

Martín de Álzaga.
La composición del poeta sevillano comienza con una pregunta retórica: “¿Quién roba de mi cítara suave / las rosas, que algún día / Venus, Cupido y Febo le ciñeron?”. Anuncia, así, nuestro autor que abandona la temática amorosa porque a su inspiración reclama “el lauro refulgente / en vez del mirto que adornó mi frente”. De esta manera, Lista sustituye el habitual mirto del amor por el lauro, símbolo de la victoria.

Lista continúa interrogándose acerca de qué hecho glorioso habrá captado de forma tan inesperada su atención y descubre, finalmente, que un grito:

 “…desde el margen apartado
del Paraguay inmenso
vuela sobre los golfos de Occidente:
victoria, clama, a la indomable España;
y el eco repetido
la playa aterra de Albión vencido”.

Cruce del Riachuelo por Beresford en 1806 (detalle).
A partir de esta introducción, el poema narra con detalle histórico los sucesos de la Reconquista de Buenos Aires en 1806, siempre en clave de enfrentamiento entre “los fieros de Albión” y “la indomable España”.

Así, dirigiéndose a Buenos Aires con el calificativo de “reina del Paraguay”, Lista recuerda los hechos de la rendición de la ciudad a los invasores ingleses el 27 de junio de 1806:

“Tú en tus murallas dominar los viste,
metrópoli opulenta,
reina del Paraguay (…)
De la traición, no del valor vencida,
su yugo padeciste;
allí cantaron himnos de victoria
los fieros de Albión; de tus tesoros
su codicia saciaron,
y el cetro de la América empuñaron”.

Whitelocke planea su ataque en 1807. Francisco Fortuny.
Tras unos meses de dominio británico, el 12 de agosto las tropas organizadas por Santiago de Liniers asaltaban Buenos Aires. Se desató así una batalla campal que acorraló a los ingleses en el Fuerte de la ciudad y concluyó con la rendición del general inglés William Carr Beresford el 20 de agosto de 1806.

A este episodio bélico de la Reconquista de Buenos Aires, nuestro poema se refiere en los siguientes términos:
“Empero ¿cuál cohorte valerosa
a tus muros se acerca?
Llega, combate, aterra; el orgulloso
que  nuevos triunfos de ambición soñaba,
humilde gime ahora
y la piedad del vencedor implora.
Ilustres vencedores, ya respira
la América angustiada;
ya el tirano del húmido tridente
huye al seno del mar…”.

Los ingleses atacan Buenos Aires y son rechazados en 1807.
Tras su derrota, la flota británica continuó, no obstante, con su bloqueo a los puertos del Plata, esperó refuerzos provenientes del Cabo de Buena Esperanza y, finalmente, el 3 de febrero de 1807 tomaba Montevideo. Ya en julio de 1807, un formidable ejército inglés dirigido por el comandante John Whitelocke ponía sitio a la ciudad de Buenos Aires.

Lista se refiere a estos acontecimientos de la segunda invasión británica en los siguientes versos de su poema:

“Ay! que ya de guerreros nuevo enjambre,
en ira y rabia ardiendo,
la tierra infesta apenas libertada.
(…)
Sí, que ya marcha en escuadrón cerrado
de innumerable gente,
no a lidiar, a rendir; viene en su furia
imágenes sombrías meditando
de robo y de matanza,
a saciar su rencor en la venganza”.

Primera invasión inglesa de Buenos Aires.
Tras la Reconquista de la ciudad, Buenos Aires, sin embargo, se había reorganizado. El virrey Rafael de Sobremonte fue destituido por el cabildo de la ciudad y, en su lugar, fue designado Santiago de Liniers.

El nuevo virrey emitió una conocida proclama instando a la población a organizarse en diversas milicias urbanas, separadas según sus distintos orígenes geográficos: [i]


“Vengan, pues, los invencibles cántabros, los intrépidos catalanes, los valientes asturianos y gallegos, los temibles castellanos, andaluces y aragoneses; en una palabra, todos los que llamándose españoles se han hecho dignos de tan glorioso nombre. Vengan, y unidos al esforzado, fiel e inmortal americano, y a los demás habitadores de este suelo, desafiaremos a esas aguerridas huestes enemigas que (…) amenazan envidiosas invadir las tranquilas y apacibles costas de nuestra feliz América”.

Ingleses apoderándose de caudales del Virreinato en 1806. Fortuny.
Esta valerosa unión de españoles, americanos y “demás habitadores de este suelo” planteó una heroica Defensa de Buenos Aires y dio al traste con los planes de ocupación inglesa. El 7 de julio de 1807, el general Whitelocke hubo de capitular, aceptando la condición de la retirada inglesa de Montevideo.

A esta Defensa de la ciudad por parte de la milicia popular, Lista dedica sus más encendidos versos:

“Volvieron, sí; mas en la lucha fiera
otra vez encontraron
hijos de España. (…)
El pueblo, sus hogares defendiendo,
al soldado se iguala,
y el soldado a los héroes; truena ardiente
el cañón, y en mil ecos alternado
su horrísono estallido
dilata hasta los Andes el sonido”.

El mayor Belgrano en acción bélica. Tomás del Villar.
La participación activa de la población porteña en la Reconquista primero y al año siguiente en la Defensa supuso, en el fondo, una demostración de la incapacidad española para defender sus colonias y, sobre todo, aumentó la influencia de los líderes criollos y alentó la causa independentista. De hecho, muy pocos años después, con la Revolución de Mayo de 1810, Argentina alcanzaría su efectiva emancipación de la metrópoli española.

En su oda, sin embargo, Lista se limita a tratar la disputa por el control de Buenos Aires como una cuestión tan sólo relativa a ingleses y españoles:

“En sus armas y número confía
el escuadrón britano,
y ardiendo en saña el animoso ibero
en su constancia y su valor…”.

Desde este punto de vista, la victoria final será exclusivamente atribuible a los españoles:

“Cayó el tirano en fin: ¡victoria a España!
¡a los ilustres hijos
del Ebro y Tajo inmarcesible gloria!”

Beresford entrega su espada a Liniers en 1806. C. Fouqueray.
Sin embargo, no alientan la pluma de Lista prejuicios coloniales sino otro tipo de propósitos. En primer lugar, el episodio bélico del Río de la Plata ha inspirado su numen como una reparación por la reciente derrota que “Albión sangriento” había infligido a España en sus mismas costas peninsulares:

“De Trafalgar los manes insepultos
las playas recorrieron,
y en la lid sus espadas dirigieron”.

El puerto de Buenos Aires en 1823.
Y en segundo lugar, Lista pretende extraer una lección política del comportamiento popular en la Reconquista y Defensa de Buenos Aires. A su juicio, si el pueblo español aplicase su probado valor a la causa de la libertad, estaría en su mano acabar con siglos de infortunio y esclavitud:

“¿Cuál tu suerte será? Si tu cadena
alguna vez rompieses,
y esa constancia indómita animase
la santa libertad, ay! aquel día
en sempiterno abismo
se hundirá el insolente despotismo”.

Plaza de la Victoria en Buenos Aires.
¡Qué lejos estaba Lista, por aquel entonces, de sospechar que el pueblo español habría de alzarse muy pronto en armas contra la invasión francesa en la Guerra de la Independencia (1808-1814)!

Y en aquellos años convulsos de coaliciones internacionales variables, ¡cuánta desorientación habría de experimentar nuestro poeta acerca de cuál era el verdadero enemigo del pueblo español! ¡Cuántos vaivenes entre su oda “A  la Restauración de Buenos Aires…”, su canto a “La victoria de Bailén”, su condición de afrancesado…!

Arco de la Recova Vieja. Leonnie Matthis.
La composición que Juan Nicasio Gallego dedicó “A la Defensa de Buenos Aires” está formada, igualmente, por una combinación irregular de versos heptasílabos y endecasílabos, en los que la rima es más frecuente que en el caso anterior. Asimismo, ofrece el poema de Gallego un aliento más lírico y apasionado que la oda de Alberto Lista.

Tras una invocación inicial a la patria, “deidad augusta”, Gallego desarrolla una emotiva y pormenorizada exposición de los sucesos históricos de la Defensa de Buenos Aires en 1807. El punto de partida poético nos presenta al pacífico americano amenazado por el ambicioso inglés:

“…no lejos las britanas proras
Viera el indio pacífico asombrado
Sus costas invadir, y furibundo
Al hijo de Albión, que fatigado
Tiene en su audacia y su soberbia al mundo”.

La Catedral de Buenos Aires en 1829. C. H. Pellegrini.
Gallego alude a la toma de Montevideo, “que ya amarrado a su cadena gime” y se refiere, a continuación, a los planes ingleses de invasión de Buenos Aires: “El anglo codicioso / La rica población domar anhela”.

Con rico lenguaje, constante adjetivación y elegante hipérbato, Gallego describe el desembarco de tropas inglesas en las proximidades de Buenos Aires:

“Ya la soberbia armada
Batiendo el viento la ondeante lona,
Vuela, se acerca y a la corva orilla
Saltan las tropas. Ostentoso brilla
El padre de la luz, y a los reflejos
Con que los altos capiteles dora,
La se de su ambición la  faz colora
Del ávido insular…”.

Cabildo desde la Recova. Essex Vidal. 1817.
Acorde con la magnitud de la amenaza, resulta el henchido tono con el que se presenta la respuesta del continente invadido:

“Álzase en tanto, cual matrona augusta,
De una alta sierra en la fragosa cumbre
La América del Sur…”.

Sin embargo, al presentar a esta simbólica América del Sur dispuesta al combate, Gallego se cuida de señalar que su atavío no es el de un pintoresco indígena, sino el de un aguerrido y bravo español:

“No ya frívolas plumas
Sino bruñido yelmo rutilante,
Ornan su rostro fiero.
Al lado luce ponderoso escudo,
Y en vez del hacha tosca o dardo rudo
Arde en su diestra refulgente acero”.

La Plaza de la Victoria (frente al sur). C. H. Pellegrini.
Resuena entonces el llamamiento bélico de la simbólica América del Sur arengando a la Defensa de Buenos Aires:

“¡Españoles!, clamó: cuando atrevido
Arrasar vuestros lares amenaza
El opresor del mar, a quien estrecho
Viene el orbe, ¿será que en blando lecho
Descuidados yazgáis o en torpe olvido?
O acaso, echando a la ignominia el sello
Daréis al yugo el indomado cuello?”

Los convocados a esta lucha son exclusivamente los españoles, “sucesión valiente / De Pizarro y Almagro”.

En esta proclama bélica que estamos glosando, la América del Sur llega hasta el extremo de exigir a los patriotas un sacrificio numantino:

“…Caigan deshechos
Y a cenizas y polvo reducidos
Templos y torres y robustos techos
Primero que rendidos
El mundo os vea al ambicioso isleño”.

La Plaza de la Victoria (frente al norte). C. H. Pellegrini.
Concluida la soflama, la ciudad se apresta diligente a su defensa y la llegada del enemigo resulta inminente:

“Ya doce mil guerreros
De mortíferos bronces precedidos
A las débiles puertas se abalanzan.
(…)
Ya sus columnas en la anchas calles
Intrépidas se lanzan”.

A este poderoso ejército inglés, se enfrenta una entusiasta fuerza de 9.000 milicianos, que el virrey Santiago de Liniers y el alcalde Martín de Álzaga habían logrado reunir. La lucha callejera fue encarnizada y con verbo grandilocuente y dramático Gallego describe así el combate:

“Trábase ya la desigual pelea
Y del fiero enemigo el paso ataja
Furioso el español; cruza silbando
El plomo; inexorable se recrea
Sus víctimas la Parca contemplando;
Crece la confusión; al cielo sube
El humo denso en pavorosa nube,
Y al bronco estruendo del cañón britano
Que muertes mil y destrucción vomita,
Impávido el esfuerzo castellano
Lluvias arroja de letal metralla”.

El desenlace de la batalla es la clara derrota de las tropas inglesas y la humillante rendición impuesta a su comandante Whitelocke por el virrey Liniers:

“Muéstrase entonces el caudillo ibero
Al britano, que atónito enmudece,
Y de la salva América las playas
Dejar le ordena: el anglo le obedece”.

En su poema, Gallego atribuye indistintamente la victoria a los “españoles”, “castellanos” o “iberos”, a quienes identifica como el pueblo americano:

“América triunfó. ¿No veis cuál brilla
Tremolado en su diestra el estandarte
De las excelsas torres de Castilla?”

Desde luego, Lista y Gallego mostraron en sendas composiciones poéticas un evidente desconocimiento de las causas de fondo que motivaron la entusiasta defensa popular de Buenos Aires. Ya no se trataba de patriotismo español, si no de aspiraciones independentistas criollas.

Para nuestros autores, el glorioso episodio bélico suponía una poética reparación de la derrota de Trafalgar acaecida unos años antes contra el mismo enemigo. De hecho, los poemas que acabamos de considerar continuaban una línea temática iniciada en la poesía española a raíz de dicha batalla naval. Quintana, Moratín, Arriaza, Sánchez Barbero, etc. ya habían dedicado, en efecto, poemas a Trafalgar, iniciando así un venero de donde manará, posteriormente, la poesía patriótica de la Guerra de la Independencia.

Los poemas aquí considerados se inscriben en esta tradición de poesía patriótica y constituyen un ejemplo notable de literatura prerromántica española. La métrica general de ambos poemas sigue un patrón claramente neoclásico, en el que el ritmo se basa en el acento del verso y la rima queda relegada a un segundo plano. En ambos casos, se recurre además a hipérbatos y paralelismos gramaticales para dar un efecto de pulimento escultural al verso.

Así, en sendos poemas, encontramos abundantes ejemplos de esta sonoridad neoclásica, como en la siguiente estrofa de Gallego:

“Mas el valiente ibero
Ni el ruido escucha ni el estrago atiende;
Que en almas grandes, que el honor enciende,
Más alto el grito de la patria suena”.


[i] Cita extraída de los partes de Liniers respecto de la creación de milicias urbanas para la defensa de Buenos Aires:

2 de mayo de 2011

Doce poetas del 2 de mayo

El 3 de mayo de 1808 (detalle). Goya.
¡¡2 de mayo de 1808!! El levantamiento de los chisperos madrileños contra las invasoras tropas francesas y el escarmiento brutal con que fue ahogada posteriormente la revuelta popular encendieron la chispa de nuestra Guerra de la Independencia (1808-1814).

El sacrificio heroico madrileño, secundado por todo el alzamiento popular español, inició la etapa contemporánea de nuestra historia: la tortuosa andadura de un proyecto de nación moderna y liberal.

El levantamiento madrileño ha servido de tema para conocidas narraciones literarias: la “Carta duodécima” de las Letters from Spain (1822) de José María Blanco White (1775-1841), el tercer episodio nacional Del 19 de marzo al 2 de mayo (1875) de Galdós, etc. , hasta la reciente Un día de cólera (2007) de Arturo Pérez-Reverte (1951).

La carga de los mamelucos. Goya.
No son tan conocidas, sin embargo, las abundantes composiciones poéticas dedicadas a esta primera página de la Guerra de la Independencia y, por este motivo, me ha parecido interesante conmemorar esta fecha histórica presentando una antología de 12 poetas sobre el 2 de mayo de 1808.

El primer grupo de poetas representado estará compuesto por aquellos que vivieron personalmente la Guerra de la Independencia y escribieron sus versos en el fragor del combate: Juan Nicasio Gallego, Juan Bautista Arriaza, Cristóbal de Beña, Manuel José Quintana y un joven Duque de Rivas.

El segundo grupo de poetas estará formada por algunos de nuestros más eminentes poetas románticos, cuyas carreras literarias comenzaron con posterioridad a los sucesos de 1808: José Zorrilla, José de Espronceda, Juan Eugenio Hartzenbusch, Francisco Navarro Villoslada y Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Vendrá, finalmente, cerrando esta nómina de poetas del siglo XIX, un tardío bardo del 2 de mayo, Bernardo López García, que compondría en 1866 su célebre “Oda al dos de mayo”:

“Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón”.
Los fusilamientos del 3 de mayo. Goya.
No obstante, quisiera comenzar el examen de esta serie poética por el último, en orden cronológico, de los doce poetas recogidos en este florilegio, Manuel Machado (1874-1947), quien dedicó un soneto a “Los fusilamientos de la Moncloa” de Goya en su poemario Apolo (1911), obra consistente, precisamente,  en una recreación poética de pinturas célebres:

“Él lo vio...Noche negra, luz de infierno...
Hedor de sangre y pólvora, gemidos...
Unos brazos abiertos, extendidos  
en ese gesto de dolor eterno.      
       
Una farola en tierra casi alumbra,
con un halo amarillo que horripila
de los fusiles la uniforme fila,
monótona y brutal en la penumbra.

Maldiciones, quejidos...Un instante
primero que la voz de mando suene,
un fraile muestra el implacable cielo.

Y en convulso montón agonizante,
a medio rematar, por tandas viene
la eterna carne de cañón al suelo.

Juan Nicasio Gallego.
¡Qué lejos estaba de sospechar Manuel Machado, en aquel año de 1911, la crudeza con que habría de repetirse la escena de los fusilamientos en años venideros: “…por tandas viene / la eterna carne de cañón al suelo”!

Como hemos dicho, cinco son los poetas elegidos en nuestra selección que vivieron la Guerra de la independencia. Quizá la composición más conocida durante la contienda fue la extensa elegía “El dos de mayo” del presbítero zamorano Juan Nicasio Gallego (1777-1853), cuyos célebres versos iniciales dicen así: [i]

“Noche, lóbrega noche, eterno asilo
Del miserable que esquivando el sueño
Profundas penas en silencio gime…”.

Gallego fue testigo del 2 de mayo madrileño y escribió su poema en las fechas siguientes, ofreciéndonos, así, por momentos, un poético reportaje de los sucesos:

“Yo vi, yo vi su juventud florida
Correr inerme al huésped ominoso.
Mas ¿qué su generoso
Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo
En quien su honor y su defensa fía
La condenó al cuchillo.
(…)

En balde, en balde gime
De los duros satélites en torno
La triste madre, la afligida esposa
Con doliente clamor: la pavorosa
Fatal descarga suena
Que a luto y llanto eterno las condena.
(…)

Con voz turbada y anhelante lloro
De su verdugo ante los pies se humilla
Tímida virgen de amargura llena;
Mas con furor de hiena,
Alzando el corvo alfanje damasquino,
Hiende su cuello el bárbaro asesino”.

Fusilamientos del 2 de mayo en el Prado.
Tras alcanzar un clímax emocional en esta exposición de atrocidades, Gallego formula la pregunta retórica: “Y en ignominia tanta / ¿Será que rinda el español bizarro / La indómita cerviz a la cadena?”. El mismo poeta responde, seguidamente, a la cuestión con una vibrante convocatoria general al combate:

“Ya el duro peto y el arnés brillante
Visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojó su ruginoso acero:
¡Venganza y guerra! resonó en su tumba;
¡Venganza y guerra! repitió Moncayo;
Y al grito heroico que en los aires zumba
¡Venganza y guerra! claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente”.

Concluye, finalmente, Gallego su elegía asegurando a las víctimas del 2 de mayo que la nación sabría dedicarles un “solemne y noble monumento”, que habría de convertirse en “altar eterno”:

“Donde todo español al monstruo jure
Rencor de muerte que en sus venas cunda
Y a cien generaciones se difunda”.

Juan Bautista Arriaza.
En segundo lugar, en esta selección poética, resulta obligado referirse al madrileño Juan Bautista Arriaza (1770-1837). Varias fueron las poesías patrióticas que compuso Arriaza, entre las que destacan sus celebrados “Recuerdos del dos de mayo”. Forman esta canción una serie estrofas de versos endecasílabos alternados por un estribillo que repite el coro:

“¡Día terrible, lleno de gloria,
lleno de sangre, lleno de horror!
Nunca te ocultes a la memoria
de los que tengan patria y honor”.

Arriaza describe con verbo grandilocuente el desigual duelo entre el pueblo madrileño y el ejército francés:

“El hueco bronce, asolador del mundo,
Al vil decreto se escuchó tronar:
Mas el puñal, que a los tiranos turba,
Aun más tremendo comenzó a brillar.
(…)

¡Ay, cómo viste tus alegres calles,
Tus anchas plazas, infeliz Madrid!
En fuego y humo parecer volcanes,
Y hacerse campos de sangrienta lid.”

Una vez sometido el noble impulso popular, llegó la terrible noche de ejecuciones sumarias y atroz represión, que Arriaza pinta en estos emotivos términos:

“Esos que veis, que maniatados llevan
Al bello Prado, que el placer formó,
Son los primeros corazones grandes,
En que su fuego libertad prendió:
Vedlos cuán firmes a la muerte marchan
Y el noble ejemplo de morir nos dan;
Sus cuerpos yacen en sangrienta pira,
Sus almas libres al Empíreo van”.

Fusilamientos del 2 de mayo en Príncipe Pío.
Tras este clímax emocional, Arriaza apela a los sentimientos de los gaditanos para clamar por la venganza de las víctimas y la independencia del “francés feroz”.

Siguiendo el orden cronológico de las composiciones, el tercer poeta de esta selección ha de ser el madrileño Cristóbal de Beña (1777-1833), quien imprimió La lyra de la libertad, colección de poesías patrióticas, en Londres en 1813.

En este poemario, entre vibrantes y exaltadas composiciones de marcado carácter patriótico y liberal, figura su canción “Memoria del dos de mayo”, donde alaba el ardor bélico del pueblo madrileño contra el opresor, a la vez que describe el fragor del combate en muy coloridos versos decasílabos:

“Se redoblan los golpes y heridas;
más y más el estrépito crece,
y allá dejan las ínclitas vidas
los que en oro su nombre tendrán;

El tronar del cañón ensordece,
y arde el aire con rápido fuego,
y los bronces, aun cálidos, luego
nuevas muertes de sí lanzarán.

Todo es sangre y horrores y muerte,
todo es armas y bélico estruendo…”.

Muerte de Luis Daoiz.
De su evocación del 2 de mayo, Beña extrae la conclusión, finalmente, de que la victoria ha sido para los mártires, vengados por sus indignados compatriotas:

“Ni una vez encendido se apaga
el volcán de esta cólera justa,
y si a esclavos un Déspota asusta
teme a un pueblo que corre a la lid”.

Manuel José Quintana.
En cuarto lugar de la presente selección, no podíamos dejar de mencionar al madrileño Manuel José Quintana (1772-1857). La obra de Quintana siguió atentamente la evolución política española en los años previos a la Guerra de la Independencia con poemas como “A la paz entre España y Francia en 1795”, “Al combate de Trafalgar”, “A España después de la revolución de marzo”

En la última composición citada, Quintana se refería al Motín de Aranjuez de marzo de 1808 y, en sus versos, lanzaba ya, días antes de que se encendiese la mecha del 2 de mayo, el grito de guerra contra el invasor: “¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime / Único asilo y sacrosanto escudo / Al ímpetu sañudo / Del fiero Atila que a occidente oprime!”.

La Insurrección. Mayo de 1808. Corbis.
Ya en julio de 1808, escribió Quintana su oda “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”, donde, con henchido y sonoro verbo, llamaba a todas las regiones españolas a luchar contra el invasor. Tras pintarnos el ardor bélico manifestado en diversas regiones de nuestra geografía, se pregunta el poeta “¿Y tú callas, Madrid?”, a lo que la capital responde:

“No hay majestad para quien vive esclava;
Ya la espada homicida
En mí sus filos ensayó primero.
Allí cayó mi juventud sin vida:
Yo, atada al yugo bárbaro de acero,
Exánime suspiro”.

Replica a esto el poeta pidiendo a Madrid que se sienta satisfecha con su contribución en el campo de batalla ya que:

“…es fama que las víctimas de Mayo
Lívidas por el aire aparecían;
Que a su alarido horrendo
Las francesas falanges se aterraban;
Y ellas, su sangre con placer bebiendo,
El ansia de venganza al fin saciaban”.

Duque de Rivas.
En quinto y último lugar de esta primera entrega de nuestra selección poética del 2 de mayo, citaremos una composición del cordobés Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865). Con el mismo título que dio Quintana a su oda e igualmente en el primer año de la Guerra de la Independencia, escribió también un joven Duque de Rivas su poema “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”. En él, convoca el autor a los españoles al heroico enfrentamiento contra los franceses para liberar la nación “de la esclavitud y abatimiento / A fuerza de ardimiento, / Y de sangre”:

 “¡Ah! Las alevosías
De pérfidos tiranos
Despiertan y dan temple a las naciones.
Al fin los corazones
Se cansan de gemir, cobran las manos
Fuerza entre las cadenas y el despecho
Da arrojo y furia al ofendido pecho”.

Levantamiento de las provincias españolas contra Napoleón.
No falta en esta extensa oda la mención a los sucesos de Madrid, ciudad citada por el nombre latino que se le daba en la literatura de la época: “Mantua”. En la argumentación del poema, una vez que la invasión francesa ha despertado “a la opresa y triste España / Del hondo sueño”, Francia, con todo su poder militar, debe temblar ante la aguijoneada ira española:

 “(…) no importa que furiosa
En Mantua congojosa
Abras de sangre cálida un torrente,
Pues tu crueldad produce patriotismo,
Virtudes, libertad y alto heroísmo”.

Otros conocidos poetas que vivieron la guerra de la Independencia dedicaron versos al 2 de mayo. Por ejemplo, el salmantino Francisco Sánchez Barbero (1764-1819) en su extenso poema “La invasión francesa en 1808”escribió:

“¡Oh día dos de mayo,
día de horror! Jamás, jamás la lumbre
del padre de las luces te amanezca;
maldígate el mortal y se estremezca;
maldígate el que mora
del quieto empíreo la estrellada cumbre…”

Antonio Alcalá Galiano.
En las que pasan por ser las memorias más interesantes del siglo XIX español, los Recuerdos de un anciano (1862-1863) del singular político y escritor gaditano Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), se refería el autor a la abundante producción poética de tema patriótico durante la Guerra de la Independencia. En concreto, en el capítulo titulado “Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1809”, Alcalá Galiano escribía lo siguiente:

“No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. (…) Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, sólo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y sólo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del período poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego (…) se había dado a conocer sólo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. (…) Hubo, además, una inundación de versos patrióticos, o medianos o malos. (…) También se tentó hacer versos para cantarlos. (…) Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso guitarrista Zor le puso música, pero con poca fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes”.




[i] Unos años después, en 1812, Gallego escribió una “Canción para el aniversario del dos de mayo”, que fue musicada por Mariano Ledesma. Comenzaba dirigiéndose a las víctimas del 2 de mayo  con estos versos: “Miradnos, sacros Manes, / Gemir en triste coro / La faz bañada en lloro / Y el alma en odio y hiel. / Mas sangre en vez de llanto / se os debe por tributo; / Y en vez de adelfa y luto / Trofeos y laurel”. Concluía deseando a los invasores franceses lo siguiente: “En tanto a sus verdugos / Persiga en triste sueño / Del Prado madrileño / Espectro aterrador. / Sangrienta el agua beban, / Sangriento el cielo miren, / y en sangre al cabo expiren / Por hierro vengador”.