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19 de abril de 2012

Un robinsón en la isla de Juan Fernández

Presidio de Juan Fernández. Claudio Gray.
Recién leída la tetralogía juvenil de Juan Madrid (1947) dedicada a los Recuerdos de piratas (1996-2010), he dado casualmente con un libro de viajes del pamplonés Miguel Sánchez–Ostiz (1950) con sugestivos título y portada: La isla de Juan Fernández. Viaje a la Isla de Robinson Crusoe (2005).

Imposible sustraerse a lectura tan prometedora de los irresistibles ingredientes oceánicos anunciados en esta crónica viajera: exóticas islas, exploraciones marinas, leyendas de piratas y náufragos, etc.

Después de tantas ensoñaciones infantiles por la geografía de los Mares del Sur en atlas escolares y en lecturas de Stevenson, Melville, Jack London, Joseph Conrad etc., ¿cómo no abrir ávidamente las páginas de un libro con semejante título?

¿Viajar a las islas de Juan Fernández, Guam, Carolinas, Marianas, Palaos, Célebes, Pitcairn, etc? ¡¡Por supuesto!! ¿Cómo no enrolarse en tan incitante literaria singladura? El mismo Sánchez-Ostiz reconoce en su crónica que: “El viento que soplaba al principio, antes de llegar, en las velas de estas páginas y en las del viaje que las alienta es el de la literatura…”

Literatura oceánica, por cierto, escasamente cultivada en nuestra lengua, pese a las increíbles aventuras de los marinos españoles surcando el inmenso Pacífico: Elcano, Loaisa, Urdaneta, Legazpi, etc.

Valga como ejemplo de esto último que la única referencia literaria que conozco al descubridor español de los Mares del Sur,  aparezca en el soneto “On First Looking into Chapman’s Homer”de John Keats, donde compara el deslumbramiento de la lectura de Homero al primer avistamiento del Pacífico a cargo de Hernán Cortés (en realidad, el verdadero personaje histórico que realizó tal hazaña fue Vasco Núñez de Balboa): “Then felt I like some watcher of the skies / When a new planet swims into his ken; / Or like stout Cortez when with eagle eyes / He stared at the Pacific…”

Sánchez-Ostiz se encarga en su texto de aclarar la doble denominación que la isla visitada recibe en el título de su obra. El archipiélago de Juan Fernández se compone principalmente de dos islas que en 1966 cambiaron su nombre: la mayor Más a Tierra pasó a llamarse Robinson Crusoe y la menor Más Afuera se convirtió en Alejandro Selkirk. Ambos nombres aluden a la vinculación del archipiélago con la famosa obra de Daniel Defoe, ya que Selkirk fue un náufrago en la isla Más a Tierra cuya historia real inspiró la peripecia literaria de Robinson Crusoe.

La obra de Sánchez-Ostiz es un libro de viajes en el que se alternan anécdotas y descripciones de la isla actual con el repaso de sus episodios históricos, leyendas y figuraciones literarias. Ambos aspectos del libro suceden sin un preciso orden cronológico. Las anotaciones biográficas del viajero se suceden sin indicación alguna de fecha ¡ni año!, las referencias a la atropellada historia de la isla  igualmente se acumulan de forma igualmente casual, según van llegando a noticia del curioso autor, quien describe su método de redacción del siguiente modo: “Mientras termino de escribir estas cosas al ritmo de irlas descubriendo poco a poco…”

Entre noticias de la vida diaria del viajero y la erudición sobre la isla de la que va haciendo acopio, una parte sustancial del libro se dedica a sabrosas observaciones personales sobre variados asuntos: las llamadas “genealogías recreativas”, el robinsonismo, los motivos del viajar, etc.

Sánchez-Ostiz hace uso de una voz con una potente personalidad, de un lenguaje directo con un personal equilibrio entre expresiones cotidianas y léxico literario. Se muestra subyugante narrador de estirpe barojiana, ágil ensayista, franco anotador de sus introspecciones, delicado en poéticos comentarios y observaciones. Sirva como ejemplo de esto último la descripción de cómo el rescate de una nave sumergida en el fondo de la bahía frente a la isla ofrecería “la visión fantasmagórica del casco del galeón conforme iba emergiendo de la arena y saliendo a la luz cenital del agua envuelto en la nube de arena finísima y de los enseres desfigurados por el agua y las formaciones minerales”.

Sin ninguna división en capítulos, sólo con una mínima separación entre apartados de desigual extensión, a lo largo del libro se desarrollan en continuo flujo noticias sobre las andanzas del viajero, sus reflexiones a pie de obra y sus averiguaciones sobre la marcha en torno a historia y leyendas.

Todos estos ingredientes en abigarrada y caótica mezcla, a la barojiana manera del cajón de sastre, ofrecen una impresión de espontánea y palpitante vitalidad, lejos de la crónica periodística o del reportaje de viajes. La isla de Juan Fernández puede así leerse, en definitiva, como una peculiar novela con múltiples relatos interpolados, con confesiones íntimas propias de un diario, etc.

El estimulante relato de las aventuras marinas en torno a la isla constituye, sin duda, uno de los principales alicientes de esta obra de Sánchez-Ostiz: la historia del náufrago Selkirk abandonado en la isla durante el período 1704-1709, el tesoro de la corona española escondido por el vasco Juan Ubilla en 1714, los viajes del pirata Shelvocke, la expedición de lord Anson en 1741, la increíble voladura del Unicorn con su tripulación a bordo a cargo del capitán Cornelius Patrick Webb en 1761, los años de colonia penitenciaria, la visita de la aguerrida Mary Graham en 1823, etc… La isla ofrece un cofre rebosante de historias inauditas.

No menos sugerentes resultan las figuraciones y menciones literarias de la isla que Sánchez-Ostiz evoca aquí y allá: “The Rime of the Ancient Mariner” de Coleridge, el poema “Alejandro Selkirk” de Borges, la peripecia del capitán Delano Amasa en el relato Benito Cereno de Melville, la novela Más Afuera (1930) del chileno Eugenio Fernández Rojas (1903-1976), etc... ¡¡incluso un personaje de Pío Baroja recaló en la isla en La estrella del capitán Chimista (1930)!!

No se olvida tampoco Sánchez-Ostiz de mencionar otras recreaciones literarias del famoso náufrago de Crusoe en nuestras letras: la novela La isla de Robinsón (1981) de Arturo Uslar Pietri, la fantasía literaria La famosa noche de Robinsón en Pamplona (1929) de Rafael Sánchez Mazas

13 de julio de 2011

Los cañones de Durango

Los cañones de Durango (1996) es una trepidante novela juvenil y de aventuras del malagueño Juan Madrid (1947). El relato, ambientado en la Revolución mexicana (1910-1917), está escrito con ritmo frenético e intrigante argumento, dos rasgos característicos de un autor curtido con éxito en la novela negra.

Pancho Villa.
No es la primera vez que la literatura española recala en el Durango revolucionario, puesto que ya anteriormente Luis Cernuda (1902-1963) había incluido en Un río, un amor (1929) su poema “Durango”, al parecer inspirado en una película sobre la toma de la ciudad por el ejército de Pancho Villa:

“En Durango, postrado,
Con hambre, miedo, frío,
Pues sus bellos guerreros sólo dieron,
Raza estéril en flor, tristeza, lágrimas”.

Más inmediata que la evocación del poema cernudiano, resulta el inevitable recuerdo de la canción de Bob Dylan “Romance in Durango” (1976), especie de corrido en que un chamaco mexicano cuenta la huida a caballo con su querida después de haber cometido un crimen por motivos pasionales.

En su cabalgada hacia el otro lado del desierto, el jinete consuela el llanto de su compañera con el conocido estribillo: “No llores, mi querida / Dios nos vigila / Soon the horse will take us to Durango…”.

Promete, a continuación, el jinete a su novia que a su inminente llegada a Durango se casarán y celebrarán una fiesta: “We'll drink tequila where our grandfathers stayed / When they rode with Villa into Torreon”.

Bueno, dejando a un lado el trágico desenlace de la escapada, el libro de Juan Madrid versa precisamente sobre estos últimos versos de la canción: cuando nuestros abuelos cabalgaron con Pancho Villa en la toma de Torreón.

El protagonista y narrador de la historia es Salvador Colomer, un joven marinero español que se presenta en el puesto fronterizo de Presidio (Texas) en marzo de 1914, en plena Revolución mexicana, dispuesto a cruzar la frontera para ir en busca de su padre.

Enseguida el protagonista se da de bruces con la guerra al otro lado de la frontera:

“Presidio era un pueblo de apenas quince o veinte casuchas desparramadas a lo largo del río Bravo. Un largo puente de madera era el cruce oficial fronterizo. Al otro lado se divisaban las destruidas edificaciones de adobe de Ojinaga, ocupadas por las tropas federales del general Mercado”.

En Presidio, nuestro protagonista entra en el bar-tienda regentado por el alemán Glosman:
“El bar estaba abarrotado de hombres, todos armados y hablando a la vez. Había gringos, mestizos, indios y mexicanos. El olor a sudor y a humo convertía la atmósfera en irrespirable”.

Con la misma agilidad empleada en la descripción del local, el narrador transcribe los diálogos:

“-¿Qué quieres?- me preguntó Glosman.
-Busco a Colomer, el artillero. Me dijeron que preguntara aquí.
Me observó con sus ojillos astutos.
-¿Colomer?
-Sí, Colomer.
-Ahora no podemos hablar. Ven esta noche, antes del toque de queda. Sobre las once”.

A pesar de las reticencias iniciales del tabernero, Salvador encuentra cobijo en casa de Glosman, a cambio de colaborar en el negocio familiar de contrabando de armas.

Tras una noche ayudando a llenar cajas de fusiles para el ejército villista, Sara, la mayor de las tres hijas de Glosman, informa a nuestro protagonista de que el hombre que está buscando es coronel artillero del ejército de Villa y está a cargo de “El Niño”, el mejor cañón de la revolución. Su paradero seguramente debía estar a bordo de alguno de los trenes de Villa camino de la toma de Torreón.

Para llegar hasta su padre, según Sara, Salvador ha de enfrentarse a un sinfín de peligros para los cuales no está equipado convenientemente:

“-De aquí a Torreón vas a tener que atravesar un desierto lleno de bandas de saqueadores, da igual que sean federales, desertores, constitucionalistas, bandidos o indios. Necesitas un caballo, ropas adecuadas y un arma”.

La hija de Glosman le proporciona estas dos últimas cosas y le encarga que entregue una misteriosa carta al general Demetrio Cáceres.

Sara cuenta, finalmente, a Salvador que el general Villa había vendido a la compañía de cine Mutual Film Corporation los derechos de grabación de las batallas con la condición de que éstas se desarrollaran a plena luz del día.