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22 de mayo de 2012

Influjo de amor en la corte indiana

Tomás de Iriarte.
Hagamos un viaje de ida y vuelta a México a bordo de dos hermanados sonetos neoclásicos, uno de ellos obra del tinerfeño Tomás de Iriarte (1750-1791) y otro a cargo del michoacano Manuel Martínez de Navarrete (1768-1809) con aquellos famosos versos que dicen: “Célebres calles de la corte indiana, / grandes plazas, soberbios edificios, / templos de milagrosos frontispicios”… 

Nos embarcaremos, primero, rumbo al México virreinal junto con el insigne conquense Alonso Núñez de Haro y Peralta (1729-1800). [i]

Ilustrado de exquisita educación y vasta cultura, Núñez de Haro desarrolló una importante carrera eclesiástica y académica, favorecido por la protección del papa Benedicto XIV y del rey Fernando VI.

Alonso Núñez de Haro.
Como culminación de esta carrera, fue designado arzobispo de México en 1772 a propuesta del rey Carlos III y, durante un breve período de escasos meses, llegó incluso a ocupar interinamente el cargo de virrey de Nueva España en 1787.

Durante su arzobispado, se distinguió por sus desvelos en educación y obras benéficas: fundó el Hospital de San Andrés, el Asilo de Niños Expósitos, el Convento de Capuchinas, el Seminario de Tepozotlán… Asimismo, dejó su huella en la arquitectura mejicana, impulsando las obras de la Catedral Metropolitana de México y la terminación de la Capilla del Pocito en Guadalupe.

Como prelado, publicó en México diversos sermones, cartas pastorales y constituciones religiosas. A su muerte, se editaron en Madrid los tres volúmenes de sus Sermones escogidos, pláticas espirituales privadas y dos pastorales (1806-1807).

Catedral de México.
Pero volvamos a la embarcación que habrá de surcar los mares hasta la Nueva España mexicana. Tras su nombramiento como arzobispo  de México, Núñez de Haro partió desde Cádiz con rumbo a Veracruz el 28 de mayo de 1772 llevando para su servicio un numeroso séquito de pajes, secretarios, tesoreros, fiscales, cocineros, ayudas de cámara, capellanes, etc. [ii]

Este momento crucial en la vida de Núñez de Haro fue glosado en unas anónimas “Liras”, dedicadas a nuestro arzobispo en un homenaje póstumo: [iii]

“Gozaba retirado
Quietos laureles en su edad temprana,
Cuando se vio ensalzado
Núñez de Haro a la Mitra Mexicana;
Y a frente de los riesgos, que preveía,
Con generoso pecho así decía:

Venid enhorabuena,
Borrascas, tempestades, monstruos crueles,
Mi paz quieta y serena
Renuncio, y mis pacíficos laureles,
Por abrazar peligros. ¿Y qué importa?
Sólo el poder ser útil me conforta”.

Zócalo de México.
Bueno, entremezclados con la comitiva de ayudantes que acompañaba al flamante arzobispo, ya hemos arribado a nuestro destino. 

Siempre he pensado que la impresión que debió causarle a Núñez de Haro su entrada en la ciudad de México podría expresarse con los cuartetos iniciales del famoso soneto “Influjo del amor” del poeta mexicano Manuel Martínez de Navarrete:

“Célebres calles de la corte indiana,
grandes plazas, soberbios edificios,
templos de milagrosos frontispicios,
elevados torreones de arte ufana,

altos palacios de la gloria humana,
fuentes de primorosos artificios,
chapiteles, pirámides, hospicios,
que arguyen la grandeza americana:

¡Oh México!, sin duda yo gozara del gusto
que me brinda tu grandeza,
si causa superior no lo estorbara.

De tu suelo me arranca con presteza
el suave influjo de la dulce cara
de una agraciada rústica belleza”.

Interior de la Catedral de México.
Martínez de Navarrete, el último gran poeta mexicano del virreinato, fue fraile franciscano que dio a conocer sus versos en la prensa mexicana de la época, firmando habitualmente con las iniciales F. M. N. = Fray Manuel Navarrete.

Años después de su muerte, se reunieron tanto sus poemas publicados de manera dispersa como sus obras inéditas en los dos volúmenes de los Entretenimientos poéticos del P. F. Manuel Navarrete (1823).

En su obra poética se mostró seguidor del estilo prerromántico de los poetas españoles contemporáneos Quintana, Cienfuegos y Meléndez Valdés.

Vista aérea de Guadalupe.
Con un rico lenguaje y hábil dominio de variados metros, Martínez de Navarrete trató diversos temas: reflexiones filosóficas, descripciones de la naturaleza y, especialmente, sensuales y emotivas cuitas amorosas.

Abordó estos asuntos siempre con un característico estilo tierno, sentimental y delicado. En especial, brilló en la descripción de las delicias de la naturaleza y resulta inolvidable, a este respecto, su cándida y sensorial pintura de cómo amanece el día en “La mañana”:

“El ámbar de las flores ya se exhala
y suaviza la atmósfera; las plantas
reviven todas en el verde valle
con el jugo sutil que les discurre
por sus secretas delicadas venas”.

Vista de la Catedral. Theubet de Beauchamp.
En este mismo poema dedicado a “La mañana”, desarrolla Navarrete el recurrente tópico en su obra  del “menosprecio de corte, alabanza de aldea”. Así, tras presentarnos su idílica vida pastoril, el poeta nos formula esta pregunta:

“¿Y he de trocar entonces mi cabaña
aunque estrecha y humilde, por el grande
y soberbio palacio donde brilla
como el sol en su esfera un señor rico,
pisando alfombras con relieves de oro?”.

Baile popular mexicano.
El soneto “Influjo del amor” expone, precisamente, esta misma reiterada predilección por la sencilla cabaña a costa de las riquezas mundanas. En este caso, sin embargo, Navarrete introduce una notable variación: en lugar de hacer menosprecio de corte, Navarrete ensalza la belleza de ésta en términos abrumadores para mostrar así, de forma más impresionante, el poderoso influjo que ejerce sobre él la agraciada belleza de una rústica zagala.  

Este soneto es el primero de la extraordinaria serie de sonetos recogidos en los Entretenimientos poéticos de Navarrete y su título original dice así: “Influjo del amor imitando el artificio del primer soneto de Don Tomás de Iriarte”.

El Sagrario de México.
Hora es pues de embarcarnos de regreso para España a la búsqueda del aludido soneto del mencionado poeta canario.

Conocido, sobre todo, por la traducción de las  fábulas de Fedro, Tomás de Iriarte fue un interesante poeta dieciochesco de registro y temática variada. Iriarte dominó magistralmente la forma del soneto y de ello dio muestras en dos composiciones dedicadas al arte de hacer sonetos (el V y X de su serie de sonetos).

La mayoría de sus sonetos son de tono satírico y quizás sea su “Soneto I” el único amoroso de su producción:

“¡Fresca arboleda del jardín sombrío,
Clara fuente, sonoras avecillas,
Verde prado que esmaltas las orillas
Del celebrado y anchuroso río!

¡Grata Aurora, que viertes ya el rocío
Por entre nubes rojas y amarillas,
Bello horizonte de lejanas villas,
Aura blanda que templas el estío!

¡Oh, soledad! quien puede te posea:
Que yo gozara en tu apacible seno
El placer que otros ánimos recrea,

Si tu silencio y tu retiro ameno
Más viva no ofrecieran a mi idea
La imagen de la ingrata por quien peno”.

Plaza de Santo Domingo en México.
El soneto de Iriarte, al igual que el de su epígono Navarrete, presenta una impecable factura. Ambos sonetos están construidos, ciertamente, con arreglo a un mismo esquema expositivo y sintáctico. En ambos casos, en el primer terceto se resume todo lo descrito detalladamente en los cuartetos iniciales por medio de una invocación: “Oh, México”, “Oh, soledad”.

A continuación, ambos poetas se dirigen en segunda persona al concepto así evocado para lamentar su imposibilidad de permanencia en México o su incapacidad de disfrutar de la soledad en el campo. Ambos poemas utilizan la expresión “yo gozara” en este punto de su argumentación.

Capilla del Pocito en Guadalupe.
Sin embargo, pese a esta arquitectura paralela, la resolución del conflicto amoroso es diferente en el último terceto de estos sonetos. Mientras que Navarrete lamenta no poder disfrutar de la belleza de la corte y se despide de ésta arrastrado por el influjo de una rústica belleza, Iriarte, en cambio, se muestra incapaz de disfrutar del ameno retiro campestre porque éste trae a su memoria más vivamente el recuerdo de un amor no correspondido.

La suerte amorosa parece distinta en cada poema: en el soneto de Navarrete la belleza femenina se califica de suave, dulce y agraciada; en cambio, en el soneto de Iriarte, la amada resulta ingrata y causa penas al poeta.

Alonso Núñez de Haro.
En cualquier caso, ambos sonetos desarrollan, en suma, distintas variaciones del amor cortés en un fingido contexto de égloga pastoril, muy del gusto de la poesía dieciochesca.

En fin, de vuelta ya a esta vertiente continental de nuestra lengua común, damos por concluida nuestra singladura oceánica. Atrás hemos dejado al arzobispo Núñez de Haro, a quien inicialmente acompañamos hasta su corte indiana.

De nuestros dos sonetos hermanados, finalmente, podríamos decir como se afirmaba poéticamente de nuestro arzobispo en un homenaje póstumo: “Ya no cabe en la España su profundo / Saber; ya queda en lazos estrechado / Si su esfera no crece a un Nuevo Mundo”. [iv] 

Quedan pues ambos sonetos, uno del mexicano Navarrete y otro del español Iriarte, definitivamente, en lazos estrechados.


[i] Núñez de Haro nació en Villagarcía del Llano (Cuenca) de madre conquense (Quintanar del Rey) y padre albaceteño (Cenizate). La respuesta de esta última población al cuestionario del geógrafo Tomás López en 1786 indicaba lo siguiente: "También los padres y ascendientes del Señor arzobispo de Méjico son de este Lugar los que viven en Villa García de Cuenca, en donde a nacido dicho Señor arzobispo actual". 
[ii] Según documentación consultada por Pedro Joaquín García Moratalla en su estudio “Villagarcía a mediados del siglo XVIII”, 1998, página 180
[iii] “Relación de la fúnebre ceremonia y exequias del ilustrísimo y excelentísimo señor doctor Don Ildefonso Núñez de Haro y Peralta Arzobispo que fue de esta santa Iglesia Metropolitana de México” (1802): liras, página 48.
[iv] “Relación de la fúnebre ceremonia y exequias del ilustrísimo y excelentísimo señor doctor Don Ildefonso Núñez de Haro y Peralta Arzobispo que fue de esta santa Iglesia Metropolitana de México” (1802): soneto “Sin envidia su luz la reluciente”, página 44.



2 de mayo de 2011

Doce poetas del 2 de mayo

El 3 de mayo de 1808 (detalle). Goya.
¡¡2 de mayo de 1808!! El levantamiento de los chisperos madrileños contra las invasoras tropas francesas y el escarmiento brutal con que fue ahogada posteriormente la revuelta popular encendieron la chispa de nuestra Guerra de la Independencia (1808-1814).

El sacrificio heroico madrileño, secundado por todo el alzamiento popular español, inició la etapa contemporánea de nuestra historia: la tortuosa andadura de un proyecto de nación moderna y liberal.

El levantamiento madrileño ha servido de tema para conocidas narraciones literarias: la “Carta duodécima” de las Letters from Spain (1822) de José María Blanco White (1775-1841), el tercer episodio nacional Del 19 de marzo al 2 de mayo (1875) de Galdós, etc. , hasta la reciente Un día de cólera (2007) de Arturo Pérez-Reverte (1951).

La carga de los mamelucos. Goya.
No son tan conocidas, sin embargo, las abundantes composiciones poéticas dedicadas a esta primera página de la Guerra de la Independencia y, por este motivo, me ha parecido interesante conmemorar esta fecha histórica presentando una antología de 12 poetas sobre el 2 de mayo de 1808.

El primer grupo de poetas representado estará compuesto por aquellos que vivieron personalmente la Guerra de la Independencia y escribieron sus versos en el fragor del combate: Juan Nicasio Gallego, Juan Bautista Arriaza, Cristóbal de Beña, Manuel José Quintana y un joven Duque de Rivas.

El segundo grupo de poetas estará formada por algunos de nuestros más eminentes poetas románticos, cuyas carreras literarias comenzaron con posterioridad a los sucesos de 1808: José Zorrilla, José de Espronceda, Juan Eugenio Hartzenbusch, Francisco Navarro Villoslada y Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Vendrá, finalmente, cerrando esta nómina de poetas del siglo XIX, un tardío bardo del 2 de mayo, Bernardo López García, que compondría en 1866 su célebre “Oda al dos de mayo”:

“Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón”.
Los fusilamientos del 3 de mayo. Goya.
No obstante, quisiera comenzar el examen de esta serie poética por el último, en orden cronológico, de los doce poetas recogidos en este florilegio, Manuel Machado (1874-1947), quien dedicó un soneto a “Los fusilamientos de la Moncloa” de Goya en su poemario Apolo (1911), obra consistente, precisamente,  en una recreación poética de pinturas célebres:

“Él lo vio...Noche negra, luz de infierno...
Hedor de sangre y pólvora, gemidos...
Unos brazos abiertos, extendidos  
en ese gesto de dolor eterno.      
       
Una farola en tierra casi alumbra,
con un halo amarillo que horripila
de los fusiles la uniforme fila,
monótona y brutal en la penumbra.

Maldiciones, quejidos...Un instante
primero que la voz de mando suene,
un fraile muestra el implacable cielo.

Y en convulso montón agonizante,
a medio rematar, por tandas viene
la eterna carne de cañón al suelo.

Juan Nicasio Gallego.
¡Qué lejos estaba de sospechar Manuel Machado, en aquel año de 1911, la crudeza con que habría de repetirse la escena de los fusilamientos en años venideros: “…por tandas viene / la eterna carne de cañón al suelo”!

Como hemos dicho, cinco son los poetas elegidos en nuestra selección que vivieron la Guerra de la independencia. Quizá la composición más conocida durante la contienda fue la extensa elegía “El dos de mayo” del presbítero zamorano Juan Nicasio Gallego (1777-1853), cuyos célebres versos iniciales dicen así: [i]

“Noche, lóbrega noche, eterno asilo
Del miserable que esquivando el sueño
Profundas penas en silencio gime…”.

Gallego fue testigo del 2 de mayo madrileño y escribió su poema en las fechas siguientes, ofreciéndonos, así, por momentos, un poético reportaje de los sucesos:

“Yo vi, yo vi su juventud florida
Correr inerme al huésped ominoso.
Mas ¿qué su generoso
Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo
En quien su honor y su defensa fía
La condenó al cuchillo.
(…)

En balde, en balde gime
De los duros satélites en torno
La triste madre, la afligida esposa
Con doliente clamor: la pavorosa
Fatal descarga suena
Que a luto y llanto eterno las condena.
(…)

Con voz turbada y anhelante lloro
De su verdugo ante los pies se humilla
Tímida virgen de amargura llena;
Mas con furor de hiena,
Alzando el corvo alfanje damasquino,
Hiende su cuello el bárbaro asesino”.

Fusilamientos del 2 de mayo en el Prado.
Tras alcanzar un clímax emocional en esta exposición de atrocidades, Gallego formula la pregunta retórica: “Y en ignominia tanta / ¿Será que rinda el español bizarro / La indómita cerviz a la cadena?”. El mismo poeta responde, seguidamente, a la cuestión con una vibrante convocatoria general al combate:

“Ya el duro peto y el arnés brillante
Visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojó su ruginoso acero:
¡Venganza y guerra! resonó en su tumba;
¡Venganza y guerra! repitió Moncayo;
Y al grito heroico que en los aires zumba
¡Venganza y guerra! claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente”.

Concluye, finalmente, Gallego su elegía asegurando a las víctimas del 2 de mayo que la nación sabría dedicarles un “solemne y noble monumento”, que habría de convertirse en “altar eterno”:

“Donde todo español al monstruo jure
Rencor de muerte que en sus venas cunda
Y a cien generaciones se difunda”.

Juan Bautista Arriaza.
En segundo lugar, en esta selección poética, resulta obligado referirse al madrileño Juan Bautista Arriaza (1770-1837). Varias fueron las poesías patrióticas que compuso Arriaza, entre las que destacan sus celebrados “Recuerdos del dos de mayo”. Forman esta canción una serie estrofas de versos endecasílabos alternados por un estribillo que repite el coro:

“¡Día terrible, lleno de gloria,
lleno de sangre, lleno de horror!
Nunca te ocultes a la memoria
de los que tengan patria y honor”.

Arriaza describe con verbo grandilocuente el desigual duelo entre el pueblo madrileño y el ejército francés:

“El hueco bronce, asolador del mundo,
Al vil decreto se escuchó tronar:
Mas el puñal, que a los tiranos turba,
Aun más tremendo comenzó a brillar.
(…)

¡Ay, cómo viste tus alegres calles,
Tus anchas plazas, infeliz Madrid!
En fuego y humo parecer volcanes,
Y hacerse campos de sangrienta lid.”

Una vez sometido el noble impulso popular, llegó la terrible noche de ejecuciones sumarias y atroz represión, que Arriaza pinta en estos emotivos términos:

“Esos que veis, que maniatados llevan
Al bello Prado, que el placer formó,
Son los primeros corazones grandes,
En que su fuego libertad prendió:
Vedlos cuán firmes a la muerte marchan
Y el noble ejemplo de morir nos dan;
Sus cuerpos yacen en sangrienta pira,
Sus almas libres al Empíreo van”.

Fusilamientos del 2 de mayo en Príncipe Pío.
Tras este clímax emocional, Arriaza apela a los sentimientos de los gaditanos para clamar por la venganza de las víctimas y la independencia del “francés feroz”.

Siguiendo el orden cronológico de las composiciones, el tercer poeta de esta selección ha de ser el madrileño Cristóbal de Beña (1777-1833), quien imprimió La lyra de la libertad, colección de poesías patrióticas, en Londres en 1813.

En este poemario, entre vibrantes y exaltadas composiciones de marcado carácter patriótico y liberal, figura su canción “Memoria del dos de mayo”, donde alaba el ardor bélico del pueblo madrileño contra el opresor, a la vez que describe el fragor del combate en muy coloridos versos decasílabos:

“Se redoblan los golpes y heridas;
más y más el estrépito crece,
y allá dejan las ínclitas vidas
los que en oro su nombre tendrán;

El tronar del cañón ensordece,
y arde el aire con rápido fuego,
y los bronces, aun cálidos, luego
nuevas muertes de sí lanzarán.

Todo es sangre y horrores y muerte,
todo es armas y bélico estruendo…”.

Muerte de Luis Daoiz.
De su evocación del 2 de mayo, Beña extrae la conclusión, finalmente, de que la victoria ha sido para los mártires, vengados por sus indignados compatriotas:

“Ni una vez encendido se apaga
el volcán de esta cólera justa,
y si a esclavos un Déspota asusta
teme a un pueblo que corre a la lid”.

Manuel José Quintana.
En cuarto lugar de la presente selección, no podíamos dejar de mencionar al madrileño Manuel José Quintana (1772-1857). La obra de Quintana siguió atentamente la evolución política española en los años previos a la Guerra de la Independencia con poemas como “A la paz entre España y Francia en 1795”, “Al combate de Trafalgar”, “A España después de la revolución de marzo”

En la última composición citada, Quintana se refería al Motín de Aranjuez de marzo de 1808 y, en sus versos, lanzaba ya, días antes de que se encendiese la mecha del 2 de mayo, el grito de guerra contra el invasor: “¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime / Único asilo y sacrosanto escudo / Al ímpetu sañudo / Del fiero Atila que a occidente oprime!”.

La Insurrección. Mayo de 1808. Corbis.
Ya en julio de 1808, escribió Quintana su oda “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”, donde, con henchido y sonoro verbo, llamaba a todas las regiones españolas a luchar contra el invasor. Tras pintarnos el ardor bélico manifestado en diversas regiones de nuestra geografía, se pregunta el poeta “¿Y tú callas, Madrid?”, a lo que la capital responde:

“No hay majestad para quien vive esclava;
Ya la espada homicida
En mí sus filos ensayó primero.
Allí cayó mi juventud sin vida:
Yo, atada al yugo bárbaro de acero,
Exánime suspiro”.

Replica a esto el poeta pidiendo a Madrid que se sienta satisfecha con su contribución en el campo de batalla ya que:

“…es fama que las víctimas de Mayo
Lívidas por el aire aparecían;
Que a su alarido horrendo
Las francesas falanges se aterraban;
Y ellas, su sangre con placer bebiendo,
El ansia de venganza al fin saciaban”.

Duque de Rivas.
En quinto y último lugar de esta primera entrega de nuestra selección poética del 2 de mayo, citaremos una composición del cordobés Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865). Con el mismo título que dio Quintana a su oda e igualmente en el primer año de la Guerra de la Independencia, escribió también un joven Duque de Rivas su poema “Al armamento de las provincias españolas contra los franceses”. En él, convoca el autor a los españoles al heroico enfrentamiento contra los franceses para liberar la nación “de la esclavitud y abatimiento / A fuerza de ardimiento, / Y de sangre”:

 “¡Ah! Las alevosías
De pérfidos tiranos
Despiertan y dan temple a las naciones.
Al fin los corazones
Se cansan de gemir, cobran las manos
Fuerza entre las cadenas y el despecho
Da arrojo y furia al ofendido pecho”.

Levantamiento de las provincias españolas contra Napoleón.
No falta en esta extensa oda la mención a los sucesos de Madrid, ciudad citada por el nombre latino que se le daba en la literatura de la época: “Mantua”. En la argumentación del poema, una vez que la invasión francesa ha despertado “a la opresa y triste España / Del hondo sueño”, Francia, con todo su poder militar, debe temblar ante la aguijoneada ira española:

 “(…) no importa que furiosa
En Mantua congojosa
Abras de sangre cálida un torrente,
Pues tu crueldad produce patriotismo,
Virtudes, libertad y alto heroísmo”.

Otros conocidos poetas que vivieron la guerra de la Independencia dedicaron versos al 2 de mayo. Por ejemplo, el salmantino Francisco Sánchez Barbero (1764-1819) en su extenso poema “La invasión francesa en 1808”escribió:

“¡Oh día dos de mayo,
día de horror! Jamás, jamás la lumbre
del padre de las luces te amanezca;
maldígate el mortal y se estremezca;
maldígate el que mora
del quieto empíreo la estrellada cumbre…”

Antonio Alcalá Galiano.
En las que pasan por ser las memorias más interesantes del siglo XIX español, los Recuerdos de un anciano (1862-1863) del singular político y escritor gaditano Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), se refería el autor a la abundante producción poética de tema patriótico durante la Guerra de la Independencia. En concreto, en el capítulo titulado “Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1809”, Alcalá Galiano escribía lo siguiente:

“No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. (…) Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, sólo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y sólo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del período poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego (…) se había dado a conocer sólo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. (…) Hubo, además, una inundación de versos patrióticos, o medianos o malos. (…) También se tentó hacer versos para cantarlos. (…) Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso guitarrista Zor le puso música, pero con poca fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes”.




[i] Unos años después, en 1812, Gallego escribió una “Canción para el aniversario del dos de mayo”, que fue musicada por Mariano Ledesma. Comenzaba dirigiéndose a las víctimas del 2 de mayo  con estos versos: “Miradnos, sacros Manes, / Gemir en triste coro / La faz bañada en lloro / Y el alma en odio y hiel. / Mas sangre en vez de llanto / se os debe por tributo; / Y en vez de adelfa y luto / Trofeos y laurel”. Concluía deseando a los invasores franceses lo siguiente: “En tanto a sus verdugos / Persiga en triste sueño / Del Prado madrileño / Espectro aterrador. / Sangrienta el agua beban, / Sangriento el cielo miren, / y en sangre al cabo expiren / Por hierro vengador”.