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20 de febrero de 2012

Miliciano con padre en checa

Manuel Chaves Nogales.
Vale, las guerras civiles son sangrientamente fratricidas pero también son, a veces, paradójicamente… parricidas. En el abundante caudal novelístico sobre la Guerra Civil española (1936-1939), encontramos numerosos ejemplos de milicianos ante la encrucijada de salvar o condenar a su propio padre, preso por su militancia en el bando enemigo.

Sin duda, estas narraciones reflejan un hecho histórico que debió ser frecuente durante la contienda bélica. No obstante, pese a referirse a sucesos reales casi cotidianos, estos relatos desarrollan también un antiguo tópico literario, cual es la rebelión contra el padre, el enfrentamiento entre generaciones, la elección entre el propio destino o las ataduras familiares, etc. 

A continuación, examinaremos tres ejemplos de este tipo de historias parricidas ambientadas en nuestra Guerra Civil. En los tres casos citados, el conflicto intergeneracional se concretará en el dilema de un miliciano con su padre encerrado en una checa republicana y a la espera, por tanto, de ser fusilado de manera inminente.

Con este común tema de partida y muy diferentes desarrollos y enfoques, destacaremos aquí tres excelentes relatos de Max Aub, Foxá y Chaves Nogales.

Max Aub.
El singular novelista Max Aub (1903-1972) dedicó su magna hexalogía El laberinto mágico a nuestra Guerra civil. Dentro de esta serie, la segunda parte titulada Campo abierto (1951) es una novela coral, compuesta de varios capítulos casi independientes, ambientados todos ellos durante el conflicto en las ciudades de Valencia y Madrid.

En Campo abierto, nuestro autor abordó por dos veces el tema del “miliciano con padre en checa”. En el capítulo “Vicente Dalmases” de la sección de este tomo ambientada en Valencia, conocemos el caso de Asunción, joven actriz aficionada de la compañía de teatro universitario “El Retablo”. Asunción se ve involucrada en la actividad de las Juventudes Comunistas por influencia de su novio, Vicente Dalmases, actor de la misma compañía.

El padre de Asunción, Alfredo Meliá, es tranviario afiliado a la UGT y viudo casado de segundas con Amparo, agraciada hija de unos vecinos que reparte sus abundantes gracias entre su marido y su amante Luis Romero.

Tras el estallido de la Guerra civil, Asunción compagina su dedicación a los ensayos con su colaboración con las milicias. Una noche la tía de Asunción aborda a la pareja de actores y tiene lugar el siguiente diálogo:

“-¡Al fin te encontré!
-¿Qué pasa, tía?
-¡Detuvieron a tu padre esta mañana!
-¿A mi padre?¿Y por qué?
-Ve tú a saber. Pero como ya no apareces por casa…”.

Acto seguido, Asunción y Vicente se movilizan, cada uno por su lado, para localizar y salvar al humilde tranviario. Así, Vicente se entera de que ha sido ejecutado por afiliación a la Falange y sus compañeros del Partido Comunista le encargan que no se fíe de su novia e intente sonsacarle información sobre las relaciones de su padre.

Vicente se debate entre la obediencia a la consigna del partido o la confianza en Asunción…

Esta combinación de historias trágicas y enredos propios de comedia barroca encuentra su desenlace en una opresiva escena entre Dalmases y el dogmático dirigente del PCE, Bonifacio Álvarez:

“Consultaba unos papeles cuando entró Vicente; no levantó la cabeza.
- Siéntate.
Pasaron unos minutos. Dejó lo que estaba revisando en una carpeta. No sabía mirar a la gente a la cara más que en los momentos embarazosos para su interlocutor.
-¿No tienes nada que decirme?
-No.
-¡Vaya! Camarada Dalmases, yerras el camino.
Como siempre, iba derecho a la meta.
-Anoche te recomendaron que no dijeses a nadie…
Levantó la cabeza y miró a su interlocutor.
-Lo hice porque no tuve más remedio.
Vicente no se podía dominar. Sentía la culpa.
-Siempre lo hay si se quiere y sobre todo si se piensa en el Partido”.

Simulacro de fusilamiento.
Un capítulo ambientado también en Valencia y con un extenso desarrollo en la novela es el dedicado a “Jorge Mustieles”, joven abogado de ideología radical socialista, cuyo padre es terrateniente y cacique local en un pueblo cercano a valencia.

Mustieles es nombrado vocal de la Comisión de Seguridad de su partido, encargada de juzgar a los derechistas detenidos por los milicianos.

De camino a una reunión del comité, conoce a en un café a Pedro Carratalá, anarquista catalán que cuenta una anécdota sobre la ejecución conjunta de un jefe de Falange y de su hijo:

“-Al coronel ese le detuvimos con su hijo, ocho días después, era el Jefe de Falange de Horta. El viejo murió muy bien. Pero ¡el hijo! Teníais que haberle visto. Dijo que comprendía perfectamente que matáramos a su padre -¡cabrito!- pero, ¡a   él! (…) Iban en dos coches distintos. Insistía el señorito: -Soy muy joven para que me matéis. Así siguió hasta la tapia del Cementerio Nuevo. El viejo estaba avergonzado. –Hijo mío –le dijo-, te perdono”.

A Mustieles se le figura una premonición de lo que ocurrirá a continuación y, efectivamente, en la reunión del Comité de Salud Pública a la que asiste como vocal debe decidir sobre el destino de varios detenidos, entre ellos su propio padre.

De carácter irresoluto y pusilánime, nuestro protagonista se muestra partidario de la misma opinión que sus compañeros de comité, favorable a condenar a don Pedro Mustieles por conspiración contra la República.

Vendrá luego el tormentoso debate interno de Jorge Mustieles entre su compromiso político y sus obligaciones filiales:

“¿Qué soy Un ser despreciable. Pero, ¿y si dejo que lo maten?, ¿por qué lo permití?, ¿por qué bajé el pulgar? Entonces fue. Debí hablar. Soy un cobarde. Siemopre hago las cosas diez minutos demasiado tarde. Se me ocurren las contestaciones oportunas cuando ya no lo son. Soy un hombre que retrasa”.

Inicia entonces Jorge Mustieles un periplo por sedes oficiales, oficinas y cafés a la búsqueda de la oportuna influencia que saque a su padre del calabozo y lo libre del inminente destino que le aguarda. Conocemos así a un personaje impresionante, el Grauero, antiguo estibador del puerto encargado ahora de ejecutar las sentencias del comité.

27 de diciembre de 2011

El asesinato de Prim según Foxá

Prim por Luis Madrazo, 1870 (detalle).
El más misterioso magnicidio de nuestra historia atentó contra la vida del general Prim el 27 de diciembre de 1870, en la calle del Turco de un Madrid mullido por la nieve y expectante ante la próxima entrada del nuevo rey Amadeo I.

El atentado contra Prim fue el primero de la trágica serie de asesinatos de jefes de gobierno español. Antonio Cánovas del Castillo (1897), José Canalejas (1912) y Eduardo Dato (1921) continuarían esta desdichada serie en años posteriores.

A diferencia de estos otros magnicidios, en el caso de Prim nunca se supo quiénes fueron los responsables e instigadores del asesinato, cuyas circunstancias han quedado así envueltas en un aura de premoniciones y sospechas.  

El conocido romance popular sobre el crimen se hacía eco de esta misteriosa  impunidad con que se habría de archivar la causa judicial:

“En la calle del Turco / ya mataron a Prim
sentadito en su coche / con la Guardia Civil.
Seis tiros le tiraron / a boca de cañón.
¿Quién sería el infame? / ¿Quién sería el traidor?”

Pocos episodios de nuestra historia tan novelescos han tenido, sin embargo, tan escaso eco en nuestra literatura, a excepción de Galdós y Foxá. El primero de estos autores relató el acontecimiento en los últimos capítulos de su episodio nacional España trágica (1909).

Años después, Agustín de Foxá (1906-1959) publicaría en ABC una preciosista miniatura literaria sobre el asesinato de Prim, “En la calle del Turco / le mataron a Prim” (1934), artículo titulado como el romance sobre este suceso histórico.

El mismo episodio, naturalmente, es referido por extenso en la novelesca biografía de Prim que publicó el barcelonés José María  Miquel y Vergés (1903-1964) en su exilio mexicano, con el título de El General Prim en España y en México (1949).

Ya en la actualidad, el cordobés José Calvo Poyato (1951) ha publicado Sangre en la Calle del Turco (2011), novela de intriga y aventuras sobre la época del general Prim.

A lo largo de su dilatada carrera política y militar, el general Juan Prim y Prats (1814-1870) fue uno de los principales conspiradores y espadones del reinado de Isabel II.

Encumbrado a temprana edad como militar valeroso en la Primera Guerra Carlista, se significó a partir de 1840 como destacado diputado progresista con un creciente protagonismo en las complejas intrigas políticas de la época. 

Momentos estelares de su carrera política fueron su nombramiento como Capitán General de Puerto Rico (1847-1848), su triunfal participación en la Primera Guerra de Marruecos  (1859-1860) y su clarividente actuación militar y diplomática en México en 1862.

Tras derrocar a Isabel II en la Revolución de 1868, la Gloriosa, Prim ocupó el cargo de Presidente del Consejo de Ministros y se convirtió en árbitro de la política nacional y supremo hacedor de reyes. Se mostró partidario de la monarquía constitucional al tiempo que se opuso a la restauración de la dinastía de los Borbones.

En noviembre de 1870, al final de un arduo proceso de selección del candidato idóneo, Prim logró imponer en las Cortes a Amadeo de Saboya como nuevo rey de España, granjeándose, así, la enemistad tanto de sus antiguos aliados republicanos como de los partidarios de la restauración borbónica en la persona del duque de Montpensier.

El atentado contra Prim se produjo en vísperas de la llegada del nuevo rey a Madrid y, a la postre, habría de cambiar el curso de la historia, al eliminar al gran valedor de Amadeo I y convertir en inviable la solución dinástica de los Saboya.

Fueron numerosos y poderosos los interesados en acabar con el omnímodo poder de Prim en la época: republicanos, partidarios de Montpensier, partidarios de la reina depuesta Isabel II, el regente general Francisco Serrano, etc. Estas circunstancias hacen compleja la atribución de la responsabilidad del magnicidio, a la vez que abonan interpretaciones de complots urdidos desde altas esferas para acabar con su vida.

No faltan en las circunstancias del atentado, tampoco, las advertencias de rivales y premoniciones de amigos. Un diputado republicano que, al abandonar Prim las Cortes en la tarde del 27 de diciembre, le recomienda: “Vuelva a casa por otro camino”; otro diputado también republicano que responde a una broma de Prim con una enigmática amenaza: “Mi general, a cada uno le llega su San Martín”…

Otro ingrediente novelesco del atentado fue el fantasioso “telégrafo fosfórico”, una cadena de conspiradores situados en las esquinas que encendían cerillas para avisar del paso de la berlina de Prim.

En la calle del Turco encontró el vehículo de Prim su camino obstruído por otro carruaje, seis asaltantes dispararon sus trabucos sobre Prim y sus acompañantes Moya y Nandín al grito de “¡Fuego, puñeta, fuego!” El cochero consiguió, finalmente, reemprender la marcha y un acribillado y tambaleante Prim pudo subir por su propio pie las escaleras de su casa.

Ninguna de sus heridas, sin embargo, resultaba mortal y, sin embargo, la incompetencia de los médicos que le atendieron dio lugar a que falleciese el día 30 a consecuencia de una infección galopante. Hasta el cuarto día, inexplicablemente, no se avisó al eminente cirujano Sánchez Toca, quien dictaminó tras su consulta: “Me traen ustedes a ver un cadáver”. 

5 de noviembre de 2011

Los cementerios de Cernuda

Luis Cernuda en 1937 por Gregorio Prieto.
A principios de noviembre, la visita a los camposantos evoca infinidad de fúnebres poemas: “En un cementerio de lugar castellano” de Unamuno, “Cementerio en Broadway” de Juan Ramón Jiménez, “Cementerio de 1800” de Agustín de Foxá, etc.

A este respecto, sin duda, uno de los poetas de nuestro siglo XX que con más profusión y hondura ha tratado el tema funerario en su obra es el sevillano Luis Cernuda (1902-1963).

Al menos cuatro poemas cernudianos versan directamente sobre camposantos: “Cementerio en la ciudad”, “Elegía anticipada”, “El cementerio” y “Otro cementerio", a los cuales cabría añadir por su proximidad temática “Dos de noviembre”.

En esta serie de poemas de cementerio, aborda Cernuda, desde luego, los motivos centrales de su mundo poético, tales como la muerte, la creación artística, la soledad, el olvido, etc.

La mayoría de estos poemas tienen un planteamiento inicialmente descriptivo y presentan al cementerio como un jardín antiguo o un jardín cerrado caracterizado con otros ingredientes temáticos frecuentes en la lírica cernudiana: los árboles, el canto de aves, muros, evocaciones históricas, etc.

Este tema del jardín cerrado como lugar paradisíaco y aislado de mundanales preocupaciones resulta, desde luego, recurrente en la creación literaria de Cernuda. Así, entre los poemas en prosa recogidos en Ocnos (1942), el autor dedica una bella estampa a un “Jardín antiguo”:

“Se atravesaba primero un largo corredor oscuro. Al fondo, a través de un arco, aparecía la luz del jardín, una luz cuyo dorado resplandor teñían de verde las hojas y el agua de un estanque. (…)
En el silencio circundante, toda aquella hermosura se animaba con un latido recóndito, como si el corazón de las gentes desaparecidas que un día gozaron del jardín palpitara al acecho tras las espesas ramas”.

Asimismo, en su narración breve El viento de la colina (1938), Cernuda nos presenta la “huerta abandonada” de un palacio:

“Un jardinero de la ciudad la cuidó años atrás, y sus viejas manos, expertas en acariciar raíces y pétalos, intentaron trazar un jardín cortesano entre aquellas tapias rudas que en primavera se adornaban de campanillas azules”.

A lo largo de su obra poética también resulta notable la presencia de este simbolismo del jardín como dichosa arcadia de sensual naturaleza, cuya quietud se ve hostigada por el paso del tiempo. Así, en sus Primeras poesías (1924-1927), la composición XXIII comienza con la siguiente estrofa:

“Escondido entre los muros
Este jardín me brinda
Sus ramas y sus aguas
De secreta delicia”.

Sin embargo, las sombras nocturnas avanzan y acaban con el gozoso instante: “Mas el tiempo ya tasa / El poder de esta hora”.

En su siguiente poemario, Égloga, elegía, oda (1927-1928), ambos temas, idílico jardín y tiempo fugaz, confluyen en la primera visita poética al cementerio. Se trata del “Homenaje” a un poeta cuyo nombre no se menciona, composición que comienza con una descripción de la tumba visitada:

“Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre…”.

Pese al tiempo y la muerte, la gloria del poeta mantiene viva su palabra: “Siempre joven su voz, late y oscila, / Al mundo de los hombres va cantando”.

Sin embargo, Cernuda no se engaña respecto de la inmortalidad artística y se pregunta por la finitud terrenal del poeta homenajeado:

“Mas el vuelo mortal tan dulce ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde”.

Concluye, así, Cernuda que la voz del poeta es tan sólo un eco pues “ya no siente / Quien le infundió tan lúcida hermosura”.

Bien, demos un salto en la evolución poética de Cernuda y situémonos en la madurez creativa de Las nubes (1934-1940). Ya en este punto de su obra, el autor franquea la frontera divisoria entre vivos y muertos, de manera que dirige sus palabras directamente a los difuntos o atribuye a éstos cualidades sensoriales y vitales.

En este poemario el tema de la muerte es recurrente y suele presentarse desde una perspectiva positiva como delicado olvido y triunfante liberación de la sórdida existencia.

Esta idea de plenitud de la muerte sobre la vida se expresa abiertamente en la conclusión de “Lázaro” o en el homenaje “A un poeta muerto”:

“La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de su vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables”.

Similar concepto esperanzado de la muerte se repite en el Epitafio de “La Adoración de los Magos”:

“La delicia, el poder, el pensamiento
Aquí descansan. (…)
Ahora la muerte acuna sus deseos,
Saciándolos al fin…”.

Cernuda se aleja de la amarga existencia y se acerca “A Larra con unas violetas” para encontrar comprensión entre los ausentes: “Quien habla ya a los muertos / Mudo le hallan los que viven”.

Otras imágenes de la muerte en este poemario son más cercanas a su experiencia vital directa y muestran una imagen menos acogedora de la muerte.

Como es sabido, Cernuda acompañó al niño José Sobrino en sus últimos instantes de vida y al pudoroso y digno fallecimiento de este muchacho vasco, exiliado en Inglaterra, dedicó “Niño muerto”.

En esta composición imagina el poeta que el niño difunto puede oír a través de la tierra que le cubre y recordar también sus días pasados en el mundo:

“Si llegara hasta ti bajo la hierba
Joven como tu cuerpo, ya cubriendo
Un destierro más vasto con la muerte,
De los amigos la voz fugaz y clara,
Con oscura nostalgia quizá pienses
Que tu vida es materia del olvido”.

Concluye el poema Cernuda mostrando su melancólica piedad hacia el difunto y su deseo de acompañarle en su solitario olvido: “Profundamente duermes. Mas escucha: / Yo quiero estar contigo; no estás solo”.

La preocupación por la soledad de los muertos y la atribución de capacidades perceptivas a éstos también está presente en “Cementerio en la ciudad”. 

Como suele ocurrir en los poemas de cementerio cernudianos, la composición comienza por una visión inicial del campo santo desde la verja de entrada:

“Tras de la reja abierta entre los muros,
La tierra negra sin árboles ni hierba…”

Tras esta presentación del recinto mortuorio, el poeta gira su vista por el barrio que rodea al cementerio:

”En torno están las casas, cerca hay tiendas,
Calles por las que juegan niños, y los trenes
Pasan al lado de las tumbas…”

Por un momento, la descripción del lugar funde en una coincidente estampa las fachadas con ropa tendida o con borrosas lápidas:

“Como remiendos de las fachadas grises,
Cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
De las losas con muertos de dos siglos…”

A continuación de este primer movimiento descriptivo del poema, Cernuda especula con el estado de ánimo de estos antiguos muertos: “Mas cuando el sol despierta, / (…) / En lo hondo algo deben sentir los huesos viejos”.

Enclavado en el seno de un sórdido barrio con humo de fábricas, tráfago de trenes, voces de taberna, etc., para estos antiguos y anónimos difuntos este cementerio no es el apacible jardín donde encontrar “el sueño silencioso de la muerte”:

“Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
Con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza”.

Se cierra el poema con una invocación directa de Cernuda a los inquilinos de este cementerio, en la que muestra su compasión hacia estos extintos y olvidados seres humanos:

“No es el juicio aún, muertos anónimos,
Sosegaos, dormid; dormid si es que podéis”.

A continuación de este poema y en acusado contraste con el yermo y sórdido lugar descrito, en el poemario que nos ocupa aparece “Jardín antiguo”, evocación del risueño jardín tantas veces recordado en su obra:

“Ir de nuevo al jardín cerrado,
Que tras los arcos de la tapia,
Entre magnolios, limoneros,
Guarda el encanto de las aguas”.

En la siguiente entrega poética de Cernuda, Como quien espera el alba (1941-1944), son tres los cementerios visitados por el poeta.

En primer lugar, nos encontramos con una nocturna visita a “Las ruinas”, bañadas en luz lunar e invadidas por la naturaleza circundante:

“Silencio y soledad nutren la hierba
Creciendo oscura y fuerte entre ruinas…”

Arcos, plazas, columnas, altares… permanecen incólumes en ausencia de sus creadores: “Todo está igual, aunque una sombra sea / De lo que fue hace siglos mas sin gente”.
Entre las ruinas se distingue una “avenida de tumba y cipreses” y en este cementerio perdura el ajuar funerario de sus ausentes muertos:

“En las tumbas vacías, las urnas sin cenizas,
Conmemoran aún relieves delicados
Muertos que ya no son sino la inmensa muerte anónima,
Aunque sus prendas leves sobrevivan:
Pomos ya sin perfume, sortijas y joyeles…”

Las ruinas muestran que los mortales somos de naturaleza frágil pero capaces de concebir lo eterno y, en consecuencia, “aptos para crear lo que resiste al tiempo”.

A continuación, se dirige el poeta a Dios para reprocharle la injusticia de habernos hecho perecederos al tiempo de infundirnos la sed de eternidad: “Para morir, ¿por qué nos infundiste / La sed de eternidad…?”

Acto seguido, se responde el autor a esta cuestión negando la existencia de Dios y sublimando la transitoria vida humana por su efímera manifestación de la belleza. Las ruinas en su abandono son, así, una clara demostración de lo que es la vida: “Delirio acaso hermoso cuando es corto y es leve”.

Se convierte así el poema, finalmente, en un melancólico canto a la débil naturaleza humana, triunfante en sus limitaciones sobre el omnímodo poder divino: “El afán de llenar lo que es efímero / De eternidad, vale tu omnipotencia”.

Desde su exilio inglés, evoca un idílico cementerio andaluz en “Elegía anticipada”. La primera estrofa del poema nos ofrece una visión panorámica del privilegiado enclave de este campo santo:

“Por la costa sur, sobre una roca
Alta junto a la mar, el cementerio
Aquel descansa en codiciable olvido
Y el agua arrulla el sueño del pasado”.

En la segunda estrofa, Cernuda nos sitúa, como de costumbre, en la verja de entrada al recinto para ofrecernos la estampa de un apacible y armonioso jardín:

“Desde el dintel, cerrado entre los muros,
Huerto parecería, si no fuese
Por las losas, posadas en la hierba
Como un poco de nieve que no oprime”.

Formula, a continuación, el autor su deseo de que “tras la muerte, / Quieres estar allá solo y tranquilo”.

24 de septiembre de 2011

El chiplichandle de Zunzunegui


Juan Antonio de Zunzunegui en 1950.
Acabo de leer, en una vieja edición de la colección Austral de Espasa-Calpe, la segunda novela del vizcaíno Juan Antonio de Zunzunegui y Loredo (1901-1982), un relato irregular y cargado de densa literatura que se presenta con el extraño título de El chiplichandle (acción picaresca) (1940).

Según se aclara en una nota preliminar, el término “chiplichandle” es derivación popular del inglés ship-chandler, proveedor de buques, y en nuestra novela designa la profesión principal del pícaro protagonista Joselín.

Ya desde la elección de su título, la novela muestra abiertamente sus luces y sus sombras: un localismo extremadamente realista, a veces ininteligible para el lector ajeno al mundo retratado, y una voluntad de estilo y creación lingüística de profundo calado literario. Ambas cualidades, no incompatibles entre sí, predominan en esta sobresaliente y poco conocida novela de Zunzunegui.

Pero comencemos por el principio. He llegado hasta este autor incitado por un comentario escasamente favorable recogido en la Historia de la literatura española de la editorial Ariel. En efecto, en el tomo de esta historia dedicado al siglo XX, el autor Gerald G. Brown califica a Zunzunegui de militante falangista y autor de relatos “de estilo muy zafio y pobre imaginación sicológica aunque de cierta fuerza realista en sus escenas”.

¡Un autor de ideología falangista, zafio estilo, escasa penetración psicológica y crudo realismo! ¡Qué tremendas descalificaciones, a cual de ellas más horrible! Desde que leí este breve comentario de la obra de Zunzunegui, no pude evitar sentir la tentación de asomarme, bien que con las debidas precauciones, a tan abominable obra literaria.

En casos de sanciones críticas tan severas, abogamos siempre en este blog por hacer caso omiso de tópicos prejuicios y acudir a la lectura de los textos sin valoraciones preconcebidas. En esta revisión personal de nuestros autores, la riqueza de nuestra literatura siempre podrá depararnos gozosos descubrimientos y nuestra valoración particular como lectores directos de una obra podrá reparar injustas descalificaciones y lamentables olvidos.

Zunzunegui, desde luego, militó en la corte literaria falangista, al igual que otros grandes prosistas de nuestras letras, hoy, a veces, injustamente preteridos: Rafael Sánchez Mazas, Gonzalo Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Eugenio Montes, Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, César González Ruano, etc.

Sin embargo, El chiplichandle no es primordialmente una novela de tesis política, ni se desarrolla en ella alegato alguno pro falangista. Conviene aclarar, a este respecto, que El chiplichandle fue escrito en el período 1932-1935, aunque la novela sería publicada en 1941 con posterioridad a la Guerra civil. Por lo tanto, la gestación de esta novela coincide cronológicamente con el nacimiento de la Falange en 1933 y es ajena al maniqueísmo de la literatura del conflicto bélico posterior.

El chiplichandle es la segunda narración extensa del autor, que ya antes de la contienda civil había publicado su primera novela, Chiripi (1931), con prólogo de Miguel de Unamuno (1864-1936). Entre ambas novelas, Zunzunegui publicó Tres en una (1935), colección de relatos cortos sobre la ría de Bilbao.

Con su característica inclinación hacia el lenguaje marinero, Zunzunegui dividía la “flota” de sus libros en tres clases de navíos: "de gran tonelaje", "de pequeño tonelaje" y "embarcaciones auxiliares". Al primero de estos grupos corresponde El chiplichandle, novela extensa dividida en cinco capítulos, llamados aquí, con la jerga marina, “singladuras”.

La obra versa, fundamentalmente, sobre un tema recurrente en el mundo narrativo de Zunzunegui: su Portugalete natal, el abra de su puerto y, por extensión, la ría bilbaína. Fueron tres las novelas portugalujas del autor: El chiplichandle (1940) y El barco de la muerte (1945) y La úlcera (1948), aunque el ambiente marino estuvo también presente en otras obras suyas.
La novela se subtitula “acción picaresca” y, en efecto, en ella se narran las andanzas del pícaro proveedor de buques Joselín desde sus comienzos como ship-chandler durante la Primera Guerra  Mundial (1914-1918) hasta su encumbramiento político como gobernador civil de Soria durante el Bienio radical-cedista (1934-1936).

La narrativa de Zunzunegui fue muy proclive a la crítica social con protagonista picaresco: así, por ejemplo, ocurre con el Cotufas en La vida como es y en otras obras también con personajes de los bajos fondos.

La prosa de Zunzunegui se nos presenta en El chiplichandle con una singular textura en la que se combinan una serie de rasgos característicos del estilo del autor.

Un aspecto visual de la página que, a veces, recuerda los experimentos vanguardistas con frecuentes cambios de tipografía y reproducciones de: tarjetas de visita, anuncios de prensa, jeroglíficos, figuras, etiquetas, letreros, listados, censos, etc.

A esta impresión plástica de collage, contribuyen, también, las numerosas y variadas citas poéticas de: Góngora, Rubén Darío, Santos Chocano, Antonio Machado, Alberti, Jorge Guillén, Shelley, Valéry, Mallarmé, Baudelaire, el romancero clásico, zorzicos en euskera,  etc.

A propósito de la cita de Shelley, ¡qué hermosos párrafos dedica Zunzunegui a narrar la incineración del cuerpo del poeta a cargo de Lord Byron y Edward Trelawny!

En el lenguaje de Zunzunegui florecen abundantes neologismos por adopción de términos coloquiales o derivación léxica: “…apura la copa de benedictino hasta las escurrimbres; “El mar y los montes devuelven, ecoicamente, al reloj de la iglesia tres campanadas”; en cuanto atracaba un barco con carbón en el puerto “era merodeado de botecillos y chanelas”; el monte Serantes “surgió a sotavento, engorguerado de niebla”; etc.

La riqueza de su lenguaje persigue la concisión, la precisión y el impacto poético. Así, por ejemplo, para señalar el umbral o la entrada, se refiere a “el lindar de las tabernas”; para indicar que llovía mansamente, observa que orvallaba mollino

Su tendencia a la frase concisa y densa de sentido fructifica en frecuentes aforismos líricos con rápidas pinceladas descriptivas en las que se asocian sugestivamente imágenes distintas: “La lluvia encarcela el paisaje entre móviles barrotes”; “Pasa una avioneta crucificando la mañana”; ”; “El sol pone ya su delantal de sombra a la plaza”; “Las gaviotas movían su torpeza palmípeda en el aire pulcro”; “El bote cortaba en acuática cirugía el cuerpo, siempre joven, del mar”; “Los cohetes colgaban del pecho del cielo fugaces gaiterías”; “El faro de punta Galea hablaba, en su giratorio idioma, a las sombras”; la mañana comienza “cuando los escritorios abren sus bocas sanas enseñando los dientes de sus máquinas de escribir”; etc.

Son fulgurantes fucilazos expresivos que, inevitablemente, recuerdan las greguerías de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), aunque, sin duda, en el caso de Zunzunegui, la raíz literaria de estas imágenes habrá que encontrarla en Francisco de Quevedo (1580-1645) y otros conceptistas del Barroco literario español.

Las descripciones de paisajes y ambientes se reducen a telegráficos apuntes líricos, en los que a Zunzunegui interesa siempre destacar los matices de la luz y el aire: “La mañana trae ya sobre su grupa finos aires”; “El horizonte devolvía alimonados temblores”; etc.

La observación de Zunzunegui es aún más delicada en la captación de los matices del mar: “El cielo era sobre el Abra de un azul tenso, y las aguas repetían este azul con una tozudez de espejo”, etc.

La descripción física de los personajes nunca es detallada al modo realista sino que se concentra, igualmente, en la rápida apreciación de un rasgo característico. Así, Zunzunegui muestra en un veloz apunte la sensualidad de la camarera Flora, mientras ésta sirve mesas en la taberna de Ramón: “Flora adelanta el cuerpo bajo un cuchillo de estupores y en él los pechos, bocinas del sexo, tiene el tamaño de las mandarinas”.

La caracterización de la “elástica arquitectura” de Flora, inevitablemente, en la prosa de Zunzunegui deriva hacia la ágil y atrevida metáfora: “Ojos furvos, frescos y densos; boca exacta, sólida y jugosa. Los besos más atrevidos, los besos más audaces, descansan en esta boca, como en una alcándara los halcones. Para robarlos se precisa una habilidad de cetrero”.

13 de febrero de 2011

Lecturas de Zorrilla, versos para Larra


Larra por Gutiérrez de la Vega, 1835.
José Félix Carrillo, el protagonista de la novela de Agustín de Foxá (1906-1959) sobre la guerra civil, Madrid de corte a checa (1937), temiéndose un inminente registro de su domicilio por parte de los milicianos, distrae su tensa espera con una lectura singular:

“Se sentó a la mesa del despacho de su padre y empezó a leer las Memorias del tiempo viejo, de Zorrilla, que había comprado hacía unos días en los puestos de viejo del Botánico. Había un tiroteo feroz hacia la calle de Santa Isabel”.

En realidad, las Memorias de José Zorrilla (1817-1893) se publicaron con el título de Recuerdos del tiempo viejo (1880) y no con el que apresuradamente anota Foxá en su novela.

Una lectura lleva, por caminos insospechados, a la siguiente y he aquí que ya me encuentro impaciente por dar comienzo a estas prometedoras memorias de Zorrilla.

José Zorrilla.
Mientras tanto, no puedo evitar traer a la mía aquel viejo episodio que de un salto encumbró a la fama literaria a un desconocido muchacho de 20 años, que acababa de llegar a Madrid huyendo de su domicilio familiar en Valladolid.

Era el día de San Valentín de 1837 y una fúnebre comitiva de jóvenes poetas, artistas y periodistas acompañaba el féretro donde yacía Mariano José de Larra (1809-1837) hasta el cementerio de Fuencarral en Madrid.

Pero dejemos que sea uno de los asistentes, el poeta lucense Nicomedes Pastor Díaz (1811-1863), quien nos cuente con sus propias palabras la extravagante aparición de aquel nuevo astro de nuestra literatura romántica:

“Era una tarde de febrero. Un carro fúnebre caminaba por la calles de Madrid. Seguíanle en silenciosa procesión centenares de jóvenes con semblante melancólico, con ojos aterrados. (...) Entonces, de en medio de nosotros, y como si saliera de bajo aquel sepulcro, vimos brotar y aparecer un joven, casi un niño, para todos desconocido. Alzó su pálido semblante, clavó en aquella tumba y en el cielo una mirada sublime, y dejando oír una voz que por primera vez sonaba en nuestros oídos, leyó en cortados y trémulos acentos los versos (...) que el señor Roca tuvo que arrancar de su mano, porque desfallecido a la fuerza de su emoción, el mismo autor no pudo concluirlos. Nuestro asombro fue igual a nuestro entusiasmo (...) bendijimos a la Providencia que tan ostensiblemente hacía aparecer un genio sobre la tumba de otro, y los mismos que en fúnebre pompa habíamos conducido al ilustre Larra a la mansión de los muertos, salimos de aquel recinto llevando en triunfo a otro poeta al mundo de los vivos y proclamando con entusiasmo el nombre de Zorrilla”. [1]

Mariano Roca de Togores.
Aquel asistente que hubo de proseguir la lectura de tan arrebatados versos no era otro que el albaceteño Mariano Roca de Togores, Marqués de Molíns (1812-1889) y también, a la sazón, poeta romántico del momento. El mismo poeta y aristócrata Roca de Togores, íntimo amigo del ilustre suicida, habría de referir estos sucesos en su conocido artículo necrológico sobre el “Último paseo de Fígaro”, prestando, no obstante, principal atención a su propio discurso panegírico y relegando la irrupción poética de Zorrilla a un segundo plano:

“…Lo cierto es que jamás se vio en Madrid más lucido entierro; literatos y artistas rodea­ban su carro fúnebre; encima, como por trofeo, iban unos cuantos libros, que si no nos infor­maron mal, eran: No más mostrador, Macías, dramas originales, El doncel de D. Enrique el Doliente, novela, El pobrecito hablador y El Fí­garo, colección de artículos.

Una corona de laurel los cubría, y (…) llegados á la mansión de los muertos, un poeta se levantó sobre su tum­ba y nació de aquellas cenizas; este poeta era Zorrilla. Una voz también se alzó y dijo: «este hombre que a todos ha hecho reír muere víctima de su melancolía; este escritor que parecía tan festivo, tan indiferente a todo, muere suicida y quizá de amor; pues que nos hemos engañado mientras vivía, procuremos conocerlo mejor después de su muerte; celebremos sus escritos y compadezcamos sus obras, y que esos dos nombres que en la lápida se ven grabados, se expliquen y se disculpen mutuamente: Fígaro, D. Mariano José de Larra.»

Quien de este modo hablaba, era el mismo que había acompañado al infeliz la víspera de su muerte; el propio que ahora, recordando aquella postrera conversación, escribe este ar­tículo”. [2]

Una lectura en el Café de Levante de Madrid por Alenza.
En el episodio titulado La estafeta romántica, perteneciente a la tercera serie de sus Episodios nacionales, habría de narrar también Benito Pérez Galdós (1843-1920) estos mismos acontecimientos con algunas diferencias respecto de los relatos de primera mano antes citados.

El inspirado poema de Zorrilla, por cierto, se titulaba “A la memoria desgraciada del joven literato D. Mariano José de Larra” y comenzaba con estos vibrantes versos:

“Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana…”

Un café romántico de Madrid en 1836.
Supongo que en sus Recuerdos… Zorrilla dará su personal versión de la anécdota y confío en que se disculpará también por aquellos ingratos versos suyos, en los que se desdecía de sus comienzos literarios:

“Nací como una planta corrompida
al borde de la tumba de un malvado
y mi primer cantar fue a un suicida.
¡Augurio fue, por Dios, bien desdichado!...”

Pero volvamos, para terminar, a las exequias de Larra y a rendir un homenaje a su memoria para conmemorar la efeméride de su romántico fallecimiento.

Recordemos, al efecto, el conocido poema que Luis Cernuda (1902-1963), con ocasión del primer centenario del más célebre suicidio de nuestras letras, dedicó “A Larra con unas violetas” (1937). 

Mariano José de Larra.
Escrito en plena Guerra civil, Cernuda corregía en impresionantes versos la conocida frase de Larra “Escribir en Madrid es llorar…” (en su artículo “Horas de invierno”, de 1836):

“…Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha,
Miserable aún bella entre las tumbas grises
De los que como tú, nacidos en su estepa,
Vieron mientras vivían morirse la esperanza,
Y gritaron entonces, sumidos por tinieblas,
A hermanos irrisorios que jamás escucharon.
Escribir en España no es llorar, es morir,
Porque muere la inspiración envuelta en humo,
Cuando no va su llama libre en pos del aire…”

Volvemos así al principio: Cernuda se dirige a Larra para mostrarle un país deshecho por la guerra, José Félix lee a Zorrilla mientras oye el tiroteo en la calle… Vieron mientras vivían morirse la esperanza.


[1] Prólogo de Nicomedes Pastor Díaz a la edición de las Obras de José Zorrilla, París, 1847.
[2] Artículo recogido en el tomo III de las Obras completas del Marqués de Molíns, 1882.